El 19 de julio de 1961 marcó un antes y un después para la conservación ambiental en Mendoza. Ese día, mediante la Ley Provincial 2821, nació la Reserva Forestal Ñacuñán, convirtiéndose en la primera área natural protegida de la provincia y sentando las bases de una política de preservación que décadas más tarde se extendería a otros ecosistemas mendocinos. Al cumplirse 65 años de aquella decisión, la reserva continúa siendo un laboratorio natural único y uno de los espacios de mayor valor ecológico del país.
Ubicada en el departamento de Santa Rosa, a unos 160 kilómetros al sudeste de la ciudad de Mendoza, Ñacuñán protege un ambiente representativo del Monte, una ecorregión árida donde sobreviven extensos bosques de algarrobo dulce (Prosopis flexuosa), jarillales, pastizales y una rica biodiversidad adaptada a condiciones extremas de temperatura y escasas precipitaciones.
A 65 años de su creación: Ñacuñán, el monte que enseñó a Mendoza a proteger su naturaleza. (Gentileza Biósfera de Ñacuñán)
Un bosque que estuvo al borde de desaparecer
Cuando fue creada, la situación ambiental era preocupante. Décadas de tala indiscriminada para obtener leña, postes y carbón vegetal habían degradado severamente el bosque nativo del este mendocino.
La creación de la reserva respondió al impulso de investigadores pioneros, entre ellos Virgilio Roig, quienes advirtieron la necesidad de conservar uno de los últimos relictos del bosque original del Monte. Gracias a esa decisión, miles de hectáreas comenzaron un proceso de recuperación que hoy es reconocido internacionalmente como un caso exitoso de restauración ecológica.
Actualmente, el área protegida original comprende 12.880 hectáreas, mientras que la Reserva de Biosfera alcanza una superficie cercana a las 31.700 hectáreas al incorporar zonas de amortiguamiento y transición destinadas a compatibilizar la conservación con las actividades humanas.
A 65 años de su creación: Ñacuñán, el monte que enseñó a Mendoza a proteger su naturaleza. (Gentileza Biósfera de Ñacuñán)
Reconocimiento internacional
El segundo gran hito llegó el 16 de junio de 1986, cuando Ñacuñán fue incorporada al Programa sobre el Hombre y la Biosfera (MAB) de la Unesco.
Desde entonces forma parte de la Red Mundial de Reservas de Biosfera, integrada actualmente por casi 800 sitios distribuidos en 145 países, espacios que buscan demostrar que la conservación de la naturaleza puede convivir con el desarrollo sostenible de las comunidades locales.
Más que un reconocimiento honorífico, esta designación implica compromisos internacionales de monitoreo, investigación y gestión ambiental, además de revisiones periódicas que garantizan el cumplimiento de los objetivos de conservación.
A 65 años de su creación: Ñacuñán, el monte que enseñó a Mendoza a proteger su naturaleza. (Gentileza Biósfera de Ñacuñán)
Un laboratorio a cielo abierto
Pocas áreas protegidas argentinas han sido tan estudiadas como Ñacuñán.
Desde hace décadas, investigadores del Instituto Argentino de Investigaciones de las Zonas Áridas (IADIZA), del CONICET y de universidades nacionales desarrollan allí trabajos sobre ecología, desertificación, cambio climático, restauración de bosques, fauna silvestre y manejo sustentable de ecosistemas áridos.
La reserva cuenta con una estación biológica que recibe científicos argentinos y extranjeros durante todo el año, convirtiéndose en uno de los principales centros de investigación sobre ambientes áridos de Sudamérica.
Los estudios permitieron documentar la recuperación de especies animales que décadas atrás eran poco frecuentes, como zorros, maras, pumas y aves emblemáticas del Monte, además de proteger especies vulnerables como el águila coronada y la tortuga terrestre argentina.
A 65 años de su creación: Ñacuñán, el monte que enseñó a Mendoza a proteger su naturaleza. (Gentileza Biósfera de Ñacuñán)
Un paraíso para observar aves
Además de su importancia científica, Ñacuñán se transformó en uno de los destinos preferidos por quienes practican turismo de naturaleza.
El área alberga más de 150 especies de aves, entre residentes y migratorias, lo que la convierte en un sitio privilegiado para el avistamiento. Carpinteros, águilas, halcones, lechuzas, calandrias, cardenales y numerosas especies típicas del Monte forman parte del paisaje cotidiano.
A ello se suma la escasa contaminación lumínica del lugar, que favorece el astroturismo y la observación del cielo nocturno.
Los visitantes también pueden recorrer senderos interpretativos para conocer la flora nativa, las adaptaciones de las especies al ambiente desértico y la historia de conservación del lugar.
A 65 años de su creación: Ñacuñán, el monte que enseñó a Mendoza a proteger su naturaleza. (Gentileza Biósfera de Ñacuñán)
Visitas gratuitas
La Reserva de Biosfera Ñacuñán permanece abierta al público durante gran parte del año.
El ingreso es libre y gratuito, sin necesidad de realizar reservas previas. Los visitantes únicamente deben registrarse en el puesto de guardaparques antes de ingresar.
Desde allí pueden acceder a senderos de interpretación ambiental, realizar caminatas, observación de aves y disfrutar del paisaje característico del bosque de algarrobos.
Las autoridades recomiendan consultar previamente el estado de los caminos y las condiciones climáticas antes de emprender el viaje.
A 65 años de su creación: Ñacuñán, el monte que enseñó a Mendoza a proteger su naturaleza. (Gentileza Biósfera de Ñacuñán)
El origen de su nombre
El nombre Ñacuñán proviene del pehuenche Neyku-ñan, cuyo significado suele traducirse como "águila blanca". La tradición también lo vincula al último cacique de Malargüe, aliado del general José de San Martín durante la campaña libertadora.
Ese legado indígena permanece presente en un territorio que, además de conservar su patrimonio natural, resguarda una importante riqueza histórica y cultural.
Un ejemplo que trascendió Mendoza
Sesenta y cinco años después de su creación, Ñacuñán continúa siendo mucho más que una reserva natural.
Fue el punto de partida de la política de áreas protegidas de Mendoza, un modelo de investigación científica sobre ecosistemas áridos y una demostración de que los ambientes degradados pueden recuperarse cuando existen decisiones sostenidas de conservación.
Mientras el avance del cambio climático y la pérdida de biodiversidad ocupan cada vez más espacio en la agenda mundial, el viejo bosque de algarrobos de Santa Rosa sigue ofreciendo una enseñanza vigente: proteger la naturaleza también significa preservar conocimiento, identidad y oportunidades para las generaciones futuras.