El que esto escribe, tuvo la oportunidad de conocer y tratar, a políticos de fuste, de esos que ahora no los hay, por lo menos en nuestro país, aunque algunos quedan, en nuestras repúblicas hermanas de Chile y el Uruguay.
El que esto escribe, tuvo la oportunidad de conocer y tratar, a políticos de fuste, de esos que ahora no los hay, por lo menos en nuestro país, aunque algunos quedan, en nuestras repúblicas hermanas de Chile y el Uruguay.
Personalidades decentes, con vocación de servicio público, estudiosos, talentosos, cultos, algo que, hace un tiempo, parece reñido con la actuación en los partidos donde, además de la corrupción impera la ignorancia y la mediocridad.
Entre esas personalidades, dos han ejercido una gran influencia sobre el autor de estas líneas, el mendocino Carlos Aguinaga y Emilio Hardoy. Los textos de historia hacen hincapié en los presidentes de la Nación y en las provincias, a veces, en los gobernadores, relegando a figuras que, en muchos casos, son más relevantes que los que tuvieron al frente de los ejecutivos.
Por ejemplo Federico Pinedo, protagonista de varias décadas de nuestra historia, fue un hombre más importante por sus ideas, sus propuestas, su visión, su labor legislativa o al frente del ministerio de Hacienda que muchos presidentes.
Carlos Aguinaga, un personaje clave en la vigencia del partido Demócrata, en la lucha por la democracia luego de 1943 y en los intentos de recuperar gravitación para las fuerzas de centro, era más que los que ocuparon el sillón de San Martín
La repulsión al caudillaje, la calidad institucional superior de Mendoza, ahora, en riesgo con los intentos reeleccionistas, la austeridad de los gobernantes, fueron valores en los que influyó la trayectoria de Aguinaga y que trascendieron los límites de su partido. Incluso este verdadero repúblico dejó de ejercer su profesión de abogado, para evitar la confusión de intereses entre lo privado y lo público y poder sin ataduras con grupos económicos privilegiar el interés general.
Legislador provincial, ministro de Hacienda en Mendoza, director del banco Nación fue elegido tres veces diputado nacional y una vez senador nacional, de esos 21 años de mandato sólo ejerció cuatro por los golpes militares de 1943, 1962 y 1966, en los tiempos del predominio de los centuriones.
Emilio Hardoy, diputados nacional antes de los 25 años, senador provincial, constituyente en 1957, nuevamente diputado nacional en 1965, figura representativa del conservadorismo de la provincia de Buenos Aires, en sus últimos 20 años de vida fue el jefe de editoriales del diario La Prensa, todavía en manos de los descendientes de José Clemente Paz. Hombre de vastísima cultura, que dominaba los asuntos más importantes de la agenda pública, capaz de emprender extenuantes campañas por los pueblos de las llanuras de Buenos Aires, para difundir sus postulados políticos y que a su vez, se daba tiempo, para sus lecturas de los clásicos o los grandes ensayistas a los que leía en sus idiomas natales, fueran el alemán, el inglés o el francés, que traducía a los grandes poetas y se deleitaba con Beethoven o gozaba de la buena mesa, en tertulias, que eran memorables por la profundidad de la conversación, un arte que hoy parece en desuso. Con todo eso tuvo la experiencia de la política práctica cuando condujo los destinos del municipio de San Martín, lindero a la ciudad de Buenos Aires, por varios años.
Al escribidor, le ha parecido interesante hacer llegar, a los lectores, algunas reflexiones, extraídas del libro de memorias de Hardoy "No He Vivido En Vano", en el que, relata, los episodios de la historia de la que fuera protagonista o testigo privilegiado. Los párrafos que se publican en esta nota se refieren al tema del poder, tema importante en este tiempo en que todo se cuestiona y aparecen, incluso en países con una sólida historia institucional, personajes ignorantes, demagogos y con vocación de autócratas.
Permita el lector decir, que el que esto escribe, ha sentido como un don privilegiado haber podido tener amistad con estos hombres y la oportunidad de aprender algunas lecciones.
Decía Hardoy sobre el poder:
"Ante todo declaro que el poder es en sí mismo maldito, ¿Por qué un hombre investido de un inmenso poder puede imponer a otros su voluntad? ¿Porqué el Estado puede encarnarse en un hombre e impulsar a un pueblo entero hacia la guerra o la paz, la prosperidad o la miseria, el progreso o el fracaso? ¿Porqué un hombre puede mandarme a mí, que soy también un hombre libre por la voluntad de Dios? ¿Porqué un hombre provisto de autoridad, boato, riqueza, privilegios y honores puede obligarnos? Únicamente los vicios y debilidades de la naturaleza humana permiten esbozar una justificación moralmente insuficiente, pues su fundamento sería en todo caso la conveniencia y no la virtud. Recuérdese la lógica de hierro del Gran Inquisidor de Dostoievski , en la que funda la aplicación de la violencia y la muerte a los hombres, siempre dominados por el pecado. De allí que el hombre que conquista el poder de los hombres debe pagarlo cuando los disfruta con una vida signada, como dice Chateaubriand, por "la pobreza, la independencia y el combate". Quien quiere ascender a las altas cumbres del poder debe demostrar que el amor al pueblo y a la justicia lo impulsan y hacerse perdonar en consecuencia el goce del poder. Pero para obtener este perdón no basta que no se haya enriquecido sino que además, se requiere que se haya empobrecido y aún que la injusticia y la soledad ensombrezcan sus últimos días, así como la santidad requiere, además de la devoción y la virtud, la prueba suprema del sacrificio".
"Un político que legó el progreso material a sus contemporáneos, elevando el prestigio de su país en el concierto internacional, que haya aplicado la ley con equidad y logrado corregir las injusticias de la sociedad en favor de los menos dotados para la lucha por la vida, no habrá cumplido plenamente con su deber si además, no ha dejado el ejemplo de su sacrificio. Porque el que ha mandado debe hacerse perdonar el poder, que de un modo u otro, siempre ha usurpado porque su origen nunca es del todo legítimo y porque el ejercerlo ha debido, inexorablemente, en mayor o menor medida, apartarse de la ley y la justicia".
"Además los partidos y sus hombres, y esto vale también desde luego para el partido militar, han contraído en todos los casos, sin excepción, una ingente deuda moral con la Nación, porque no han sabido resignarse a perder a tiempo el poder. Saber perder, sabe callar y saber perdonar es algo que conviene a un estadista para el bien de su pueblo y de sí mismo".
"La locura suele castigar a los que aman el poder con exceso, a Stalin y a Hitler les costó la vida y también al pobre Lord Castlereagh, el estadista inglés de los cien años, que se degüella frente al espejo. Y como prueba suprema de lo que digo, está el entierro de la propia pierna por el mariscal Santa Ana de México, que había debido cortársela y organizó una procesión de dignatarios para enterrarla".
Las opiniones vertidas en este espacio no necesariamente coinciden con la línea editorial de Diario Los Andes.