¡Cuánto se desvaloriza el significado de un término en el uso que de él se hace en forma cotidiana, sobre todo porque, olvidado su origen, es la dimensión social la que le asigna otro valor en el ideario colectivo! Nos sucede con muchos vocablos, pero hoy quiero centrarme en tres que definen no únicamente un trabajo y una carrera sino algo mucho más valioso: una actitud frente a la vida.
Estos tres términos son 'docente', 'maestro' y 'profesor', que gran cantidad de personas utilizan como sinónimos, sin conocer de dónde provienen y qué designan en la realidad.
La palabra 'docente', hoy sustantivo y adjetivo, proviene del verbo latino "docere", equivalente a "enseñar". Era el participio presente de este verbo y, como tal, su traducción al español nos da "que enseña". Podemos hundir mucho más lejos la raíz de esta voz, hasta el indoeuropeo "dek-", que conllevaba la idea de pensamiento o aceptación.
Ser docente, de acuerdo con su etimología y con su proyección al mundo contemporáneo, significa mucho más que dar clases: es asumir una actitud de vida frente a los que van a recibir las enseñanzas. Esta actitud no reconoce horarios, no tiene limitaciones temporales ni de lugar, trasciende los contenidos de una clase: el verdadero docente reconoce sus falencias, no tiene arrogancia ni soberbia, se entrega por completo a la hora de transmitir su cuota de saber. Busca permanentemente porque jamás se cansa de aprender; se sorprende, junto a sus alumnos, ante los avances de las artes y de las ciencias; tiene humor oportuno, es cómplice de los más débiles y adversario de los que no saben respetar los derechos de los que están aprendiendo; puede, por igual, reír o llorar, consolar y persuadir, convocar o rechazar, según los contextos. No nos sorprendemos al hundirnos en la historia de la palabra: esa raíz original “doc-“ vincula, a través de sus étimos, a un ‘docente’ con una ‘doctrina’ (“ciencia, sabiduría, lo que se enseña”), con un ‘doctor’ (“el maestro”) y con el ‘docto’ (“sabio, que ha sido enseñado”), con un ‘documento’ (“enseñanza, ejemplo”), pero también con la ‘docilidad’ (“cualidad de poder ser enseñado, adiestrado”). Entonces, un verdadero docente es quien ejecuta cada una de esas acepciones encerradas en los componentes de su familia léxica: lleva consigo la ciencia, porque tiene en sí la sabiduría proveniente de haber sido enseñado, a través de ejemplos, pero, sobre todo, reúne en sí mismo la cualidad de transmitir y de ser receptor, como en un eterno retorno, de nuevos saberes, de nuevos contenidos, de nuevos horizontes y perspectivas…
Al indagar sobre los orígenes de los términos, también nos sorprendemos al ver encerrado en el vocablo ‘maestro’ o ‘maestra’ el adverbio latino “magis”. ¿Qué significado tenía ese término? Su valor semántico era “más”; por eso nos explicamos que apareciera formando parte del vocablo “magister”, que se traduce como “el que conduce, dirige, manda o guía”; también, “el consejero, el instigador, el que impulsa, el que persuade”. En todos los casos, las diferentes acepciones nos llevan a inferir que aquel que desempeña el rol de maestro ayuda o encauza al que se encuentra bajo su guía a ser “más”, a progresar, a mejorar, a andar por una vía ascendente. De allí, entonces, que el vocablo ‘maestro’ no solamente designa al que enseña y tiene título para hacerlo, sino también al que posee mérito relevante entre los de su clase y al que es práctico en una materia y la maneja con desenvoltura: Es un maestro en el arte de hablar bien. Por ello, asociamos a ‘maestro’ dos sustantivos: ‘maestría’ y ‘magisterio’. El primero se relaciona con el arte y destreza en enseñar o ejecutar algo: Nadie como ella para hacerte vivenciar con maestría esos temas. El segundo tiene un significado más material, pues se refiere al cargo o profesión de maestro: Consagró treinta años de su vida al magisterio. No necesariamente quien ejerce el magisterio lo hace con maestría.
Finalmente, la palabra ‘profesor’ existía en latín como “professor” y poseía, en principio, un significado más amplio que el actual, pues nombraba a todo el que “hace profesión de, el que se dedica a, el que cultiva, por ejemplo, un arte”. Más específicamente significaba, además, “profesor, maestro”. Este sustantivo se vinculaba al verbo “profiteri”, que encerraba entre sus valores significativos los de “hacer profesión de, practicar, ejercer un arte o ciencia”, pero también “declarar abiertamente, reconocer públicamente” y “prometer, ofrecer libremente, proponer”. Si desmenuzamos aún más la palabra, nos encontramos con el comienzo ‘pro-’, preposición latina que encerraba el significado de “ante, a la vista de, por en favor de”. Este rastreo etimológico nos explica, entonces, los valores actuales del término ‘profesor’: “Persona que se dedica como actividad laboral a la enseñanza de una materia o un curso en los niveles secundario, terciario o universitario”. Vemos, pues, que un ‘profesor’ será alguien que ha cultivado un arte o una ciencia, que se ha dedicado a ellos, que los ofrece públicamente a la vista de destinatarios o alumnos.
Los tres vocablos aparecen vinculados por un común denominador: la enseñanza ante y en favor de un público receptor, para guiarlo a ser más y mejor. ¿Qué acciones caracterizan el desempeño de un docente, de un maestro, de un profesor? Los primeros verbos que acuden a nuestra memoria léxica son, por supuesto, ‘enseñar’, ‘educar’ e ‘instruir’; sin embargo, hay otros asociados al accionar de ellos: un maestro o profesor, que siempre es un docente, ‘transmite’, ‘comunica’, ‘imparte’, ‘lega’, ‘despierta’, ‘alecciona’, por decir solamente algunas acciones representativas de su quehacer. En efecto, si verdaderamente se apasiona por su tarea, el docente ‘transmite’ porque sabe cumplir con la principal acepción de este término: “transfiere conocimientos”; ‘comunica’ puesto que “hace a las demás personas partícipes de lo que él tiene”; además, ‘imparte’ porque distribuye entre los educandos algo de carácter no material; también ‘lega’ pues deja como herencia sus enseñanzas; ‘despierta’ pues puede “hacer que sus discípulos reflexionen o recapaciten” o, en otros casos, “hacer que nazca un deseo o un sentimiento”; finalmente, ‘alecciona’ porque despierta las mentes al aprendizaje y al conocimiento.
Docente, maestro, profesor: tarea compleja, no meramente un trabajo, sino un verdadero compromiso.