9 de diciembre de 2017 - 00:00

Sarmiento y las empanadas - Por Luciana Sabina

La política podría definirse, burdamente, como el arte de "llevar agua para su molino". Estas semanas los dirigentes de Mendoza dieron muestra clara de tal cualidad reviviendo la, casi mitológica, lucha entre "gansos" (demócratas) y "pericotes" (radicales).

Lamentablemente dicha naturaleza, aguerrida y poco conciliadora, es un karma constante de nuestra esencia como país, convirtiéndonos en una nación que intenta construirse sobre grietas.

La historia nos alecciona constantemente de esta característica. Alcanza con revisar el anecdotario compilado por Augusto Belín, nieto de Sarmiento, para descubrirnos intactos en el pasado.

En 1869, relata Belín, el Presidente Sarmiento se trasladó a Tucumán para inaugurar el ferrocarril. Dentro de las actividades se realizó un almuerzo para agasajarlo. El plato fuerte eran las empanadas.

Observándolas el prócer se puso de pie y solemnemente vociferó: "La verdad es que ninguna empanada en el mundo vale lo que la empanada sanjuanina".

Inmediatamente, un jujeño lo interrumpió diciendo que no estaba de acuerdo dando fe de que la mejor era la proveniente de Jujuy. Un correntino tomó la palabra y abogó por las propias.

Siguieron, pronto con similar arenga, los mendocinos, santiagueños, puntanos, catamarqueños, salteños, etc. Defender lo propio no bastó en absoluto y a la defensa del terruño culinario sumaron la defenestración a todas las empanadas de las demás provincias, a las que declararon detestables e insufribles.

El escándalo de ímpetus encontrados fue en aumento, entonces Sarmiento impuso el silencio y dio uno de sus discursos más impactantes: 
"Señores: esta discusión es un trozo de historia argentina, pues mucha de la sangre que hemos derramado ha sido para defender cada uno su empanada. El ferrocarril que inauguramos servirá a la unión de la República como conductor de sus progresos y agente para la realización de sus instituciones y servirá a la unión, disipando la deplorable fascinación de la mezquindad de aldea que nos hace creer detestable la empanada del vecino (… ) La tonada es el localismo, como la empanada. El localismo es nuestra historia: en detrimento del poder, de la dignidad y de la gloria del todo, cada rincón empezó a pugnar por zafarse de toda sujeción; y a título de amor a la independencia los unos, a nombre de un patriotismo local los otros, ambiciones pigmeas trataron de achicar a su talla el campo de la acción y de alejar hombres para que la sombra que deje tras sí el mérito real no los eclipsara y oscureciera. Merced a estos amaños, hemos visto durante medio siglo sucederse en la escena política notabilidades singulares, que, al desaparecer, han dejado Estados que hoy piden limosna para subsistir. (...). He aquí la historia de las empanadas y sería bueno que alguna vez, al lado del sacrosanto amor a la empanada de nuestro terruño, tengamos indulgencia para las demás empanadas. Amemos, señores, la empanada nacional, sin perjuicio de saborear todas las empanadas… ".

Estamos llegando al final de 2017 y seguimos intentando construir sobre divisiones, intentando imponernos caprichosamente mientras defenestramos al otro.

Tal parece que las puertas del nuevo siglo siguen abriéndonos camino hacia las divisiones que conoció Sarmiento, las mismas que en su juventud alimentó pero que en su vejez buscó combatir.

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