9 de abril de 2018 - 00:00

Salvador Di Prima, maestro injertador - Por Esteban Onofri

Esta historia tuvo su inicio en un parte de prensa de la Cámara de Diputados de la Provincia. Contenía un listado de resoluciones aprobadas hacia el final de periodo de sesiones.

Una ellas, referida al pueblo en que me crié, Santa María de Oro, me interesó. Efectivamente dicha resolución,  iniciativa de la diputada Liliana Pérez, disponía designar al citado distrito del departamento de Rivadavia como "Capital de los injertadores".

De inmediato pensé que esa iniciativa tendría relación con la vida de don Salvador Di Prima. En la Cámara, amablemente, me dieron copia de los fundamentos de la resolución, que justamente arrancaba con esa persona.

Habiendo sido mi familia vecina, apenas separada por una calle, por varias décadas, de don Salvador, me propuse la no siempre sencilla tarea de evocarlo, para lo cual conté con la colaboración de mis hermanos y de Alberto Sánchez, hijo adoptivo del personaje que nos ocupa.

Mientras iba armando la evocación, el 13 de enero Los Andes publicó una excelente nota de Javier Hernández sobre los injertadores de Santa María de Oro.
 
Mejorar las plantas

La antigua técnica de injertar vegetales, está muy bien descripta en la nota de referencia por los entrevistados. El propósito de realizar un injerto es mejorar una planta, hacerla más resistente, cambiar las variedades cuando ello es conveniente, renovar un planta envejecida. Preparar plantas en los viveros que luego serán llevadas al terreno de cultivo.

En el caso de nuestra provincia la vid y los frutales han sido los grandes demandantes de injertadores.

Como toda tarea ligada a las plantas los que mejor lo ejercen son los que aman las plantas y el resultado de su trabajo. 
 
El hombre

Que en Santa María de Oro uno de cada diez personas sea injertador -hay unos 200, las mayor concentración de la provincia y del país- es una consecuencia de la vida y el trabajo de don Salvador Di Prima.

Italiano nacido en Catania (Sicilia), en la última década del siglo XIX, llegó, con otros familiares como inmigrante hacia 1928, radicándose directamente en ese distrito, mientras sus familiares los hacían en Maipú.

Vivió bastante tiempo en la calle Liniers (Sur), en la herrería de la familia Casas. Don Salvador traía su oficio desde su tierra natal y los ejerció hasta su muerte en 1973.

Hacia 1949/50 compró una pequeña propiedad de cuatro hectáreas sobre la calle Avellaneda, esquinando con Pringles, donde vivía mi familia, mi padre contratista de viñas de una también pequeña propiedad de 7 hectáreas.

Don Salvador era separado y constituyó una familia con Rosa Romano, que tenía dos hijos pequeños, Alberto y Elena, a quienes adoptó y crió devotamente. Ambos de la edad de mi hermano menor pasaron buena parte de la niñez y la adolescencia juntos.

Di Prima era un típico siciliano, bajo, retacón, fuerte. Nunca anduvo en bicicleta y la mayor parte de su vida fue a los lugares de trabajo caminando, hacía decenas de kilómetros a pie. Caminaba con paso cortito pero sumamente rápido, llevando un cajoncito de madera (similar a los lustradores) con sus elementos de trabajo, en la parte de arriba de la agarradera tenía una poderosa suela para asentar su navaja de injertar.

Don Salvador caminaba tantos kilómetros que doña Rosa lo esperaba por la noche con un fuentón de agua tibia con sal gruesa, para aliviarle el cansancio y "curtirle la piel". Vestía siempre con ropa de marca Graffa y usaba alpargatas.

Don Salvador nunca fue a la escuela, era analfabeto, no sabía leer ni escribir, pero manejaba con sorprenden habilidad los números y el dinero.

Era un hombre bueno, generoso, honesto, recto como se decía entonces. De gusto y vida sencilla, no lo interesaba el fútbol, ni las bochas, dos deportes emblemáticos de entonces. Sí le gustaba jugar a las cartas, tute especialmente, pero también al truco y con lenguaje cocoliche típico, al rechazar un envite decía algo así como "non chií quiere". Como buen italiano del sur le gustaba mucho el queso duro, las aceitunas, la cebolla.

Di Prima no fue sólo injertador, oficio con altibajos, sobre todo por aquellos años. Era muy hábil para tejer canastos de mimbre y caña que usaban para la cosecha de frutas.

En la pequeña propiedad construyó hornos de ladrillos, que cortaban y cocían dos o tres ayudantes, entre los cuales recuerdo un personaje inolvidable, el "gallito" Rojas.
 
Escuela de formación

Resulta notable cómo a partir del oficio de una persona se fue formando un escuela que perdura 70 años. A lado de él aprendieron el oficio que se fue transmitiendo de generación en generación como relata la nota de  Hernández, hoy ya están los nietos de aquellos primeros. Esto sólo ha sido posible por la generosidad de don Salvador y la nobleza del oficio, preservada por sus discípulos. Apellidos que suceden, los González, Olivera, Santarelli, Villanueva, Peña, Chiroli, Suárez, Perafán, Nieto.

Por último, uno de los entrevistados reclama con razón una arteria que recuerde a Salvador Di Prima, iniciativa legítima. Propongo para ello reemplazar el nombre de la calle Liniers (sur), nuestro hombre  vivió muchos años en ella y luego en Avellaneda entre Liniers (norte) y Pringles.

Si bien no me gustan los cambios de denominaciones, en este caso el héroe de la defensa de Buenos Aires tiene una calle que los recuerda en la ciudad de Rivadavia. Sería justicia que esa arteria que tanto caminó lleve el nombre del maestro injertador.
 
El ambiente de la Avellaneda

Cómo no recordar algunos nombres de ese lugar en que nos criamos, no más de un kilómetro a la redonda.

Sobre la calle mencionada los Olguín, el "Chingolo" Díaz y su cancha de bochas, el almacén y cancha de  bochas de Martinillo, mi tío Antonio Onofri y los Dromi, única casa que estaba dentro de la finca que no daba a la calle. La antigua familia Villegas- Alberoni, don Rogelio Guevara, los Nicodoro, los Fernández, la bicicletería de Panella. Sobre Pringles los Lucero, nosotros, los Sánchez, los Baldo.

Un tiempo, un modo de vida y trabajo que ya no existen más.

LAS MAS LEIDAS