15 de agosto de 2019 - 00:00

“Raro, nunca lo escuché llegar” - Por Javier Hernández

Le pregunté si tenía algún problema pero demoró la respuesta, parecía confundido.

Fue por acá, anunció Omar con recelo, casi recostado sobre el volante del auto y mirando, alternativamente, entre el parabrisas y la ventanilla, tratando de identificar algo en la vieja ruta 50 por la que viajábamos.

Volvíamos de cubrir una vendimia en La Paz y con la idea de espantar el sueño que acecha a los que viajan de madrugada, retomamos la charla sobre una extraña anécdota que, me aseguró, le ocurrió en ese tramo del camino solitario por el que hacía años no pasaba.

Acá no hay señal del teléfono, ni casas, ni nada me dijo como si no fuese evidencia suficiente la negrura que envolvía al auto más allá de los faros; pero sí hay una rueda grande de tractor que dice ‘Gomería’, me aclaró, debe estar por acá, ahí fue que se me quedó el auto.

Omar tiene un viejo Renault Fuego, decente de chapas pero con los achaques de una máquina de 30 años. Lo ha llevado por toda la provincia y aunque también lo dejó a pie cantidad de veces, él le perdona sus desplantes, no solo por algún cariño particular sino porque aprendió las mañas de su mecánica y casi siempre sale del apuro. Por eso, mucho no se extrañó cuando aquella noche, esa de la que me hablaba, el auto comenzó a fallar, luego a toser y finalmente a zapatear hasta que el motor se detuvo y con el último envión logró orillarse.

Sin señal en su teléfono bajó del auto y buscó dar con la gomería que anunciaba la rueda. Caminó más acá y más allá pero no tuvo suerte, solo la banquina y después el campo oscuro. Levantó el capó y con el teléfono alumbró el motor.

Estaba yo en eso cuando se me apareció este muchacho, me dijo Omar y pegó una calada de su cigarrillo que alumbró su rostro: Raro, nunca lo escuché llegar, completó.
El extraño se paró junto al auto y Omar supuso que sería el gomero.

Lo saludé pero no contestó y solo siguió mirando el motor. Le pregunté si tenía algún problema pero demoró la respuesta, parecía confundido; finalmente dijo que era Mario Salazar y que necesitaba llegar a Santa Rosa. Se disculpó por no saber de motores y antes de alejarse me recomendó no hacer dedo allí porque era una ruta traicionera. Después se fue caminando.

Omar no dio con la falla y resignado volvió al auto, al rato se durmió en medio de la helada; con el amanecer descubrió la gomería, siempre estuvo allí, alejada de la ruta 40 metros. Se arrimó por ayuda y mientras hablaba con el dueño comentó que lo había confundido con un muchacho de apellido Salazar.

¿Mario Salazar?, quiso averiguar el otro y ante la afirmativa le contó que hacía 40 años Salazar había fallecido ahí mismo, en esa ruta; le habló de un desperfecto en el auto que Salazar no supo arreglar y que haciendo dedo lo arrastró un camión. Con la naturalidad de quien comenta el frío de la mañana le aseguró: Usted ha visto un fantasma mi amigo, pero no se asuste, Marito Salazar nunca ha hecho daño y solo se arrima a la gente por curiosidad.

Omar me miró detrás del rojo de su cigarrillo buscando mi reacción y cuando volvió la vista a la ruta exclamó: ¡Ahí está la rueda!...

Quién no ha vivido alguna vez, la extraña sensación de asomarse fugazmente a un mundo desconocido: la rueda de tractor estaba allí y a 20 metros, un muchacho solitario hacía dedo. Omar pisó el acelerador y aquella rueda junto con Salazar o quien fuese quedaron atrás, tragados por la oscuridad.

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