8 de septiembre de 2018 - 00:00

Prosa política - Por Luciana Sabina

Avellaneda fue el primer presidente argentino que no sabía disparar un arma. Era muy culto y bajo ningún motivo cultivaba la agresión.

"Todavía estoy llegando para reír y llorar, 
para temer y esperar,
pues el ritmo de mi corazón es el nacimiento y la muerte
de todo lo que vive.
 
Soy el efímero insecto en metamorfosis
sobre la superficie del río,
y soy el pájaro que cuando llega la primavera
llega a tiempo para devorar este insecto.
 
Soy una rana que nada feliz
en el agua clara de un estanque,
y soy la culebra que se acerca
sigilosa para alimentarse de la rana" 

 
Así, a través de la lectura de este sofisticado poema -del que reflejamos sólo un pequeño fragmento- decidió despedirse Mario Quintana de su cargo.

El ahora ex vice jefe de Gabinete, dedicó la obra budista a todos los presentes, no faltó la nostalgia a aquella cita. "No digas que partiré mañana / porque todavía estoy llegando",  dice también "Thich Nhat Hanh" pieza elegida por el funcionario, perteneciente a un reconocido pacifista vietnamita.  
La acción causó estupor en varios, emoción en otros y rechazo en algunos. Fue noticia durante un par de jornadas y muchos pudimos devorar con escabrosa sorpresa cada estrofa, envidiando por momentos la suerte de aquella rana devorada. Superado el trance, la originalidad del hecho no conmueve a los historiadores, esto ya sucedió hace más de un siglo.

En agosto de 1874  Nicolás Avellaneda fue electo presidente en reemplazo de su mentor: Domingo Faustino Sarmiento. Inmediatamente la oposición encabezada por Bartolomé Mitre se sublevó. Sarmiento declaró el estado de sitio. Fue clausurada parte de la prensa por incitar de modo directo a los ciudadanos a salir con armas a la calle. Mientras tanto Adolfo Alsina -vicepresidente en funciones y futuro ministro del presidente electo- se encargó del ejército.

En medio de la revuelta Avellaneda ocupó el poder. Domingo Faustino le cedió el país con orgullo, un abrazo y estas palabras: "Sois el primer presidente que no sabe disparar una pistola, y entonces habéis debido incurrir en el desprecio soberano de los que han manejado armas para elevarse con ellas y hacerse los árbitros del destino de su Patria.... Este bastón y esta banda os inspirarán luego lo que debéis hacer. Es la autoridad y el mando. Mandad y seréis obedecido". Los revolucionarios terminaron siendo vencidos tres meses más tarde.

Como intuimos en las palabras del prócer sanjuanino, Don Nicolás era un distinto, un hombre bastante exclusivo. Sus intereses distaban del combate y bajo ningún motivo cultivaba la agresión. Enormemente culto y dueño de una prosa casi poética, podía convertir reuniones de gabinete en charlas literarias. Manuel Zorrilla -su secretario personal- comentó que al comienzo de una de las primeras reuniones con todos los ministros, Avellaneda "echó mano al bolsillo y sacó un legajo de papeles que los presentes tomaron por algún proyecto de mensaje al Congreso o algo parecido. Pero... era un estudio sobre Jorge Isaacs, que el autor se puso a leer inmediatamente, sin introducción ni aviso de ninguna clase". Alsina fue el primero en retirarse y expresó: "Creo que este será el primer caso de un novelista ensalzado y de un poeta condenado en acuerdo de ministros".

Como estamos empeñados en demostrar, la historia se repite, aunque a veces con muchas menos gracia.

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