Sucedió como en muchas otras cumbre anteriores. La 48 reunión de presidentes del Mercosur tuvo que dejar de lado las cuestiones de integración económica y comerciales ante urgencias políticas que esta vez tuvieron que ver con su relacionamiento con el resto del mundo.
No cabía otro comportamiento frente al inédito y gravísimo atentado a la soberanía que sufrió la semana pasada en su avión presidencial Evo Morales por parte de cuatro países europeos.
España, Portugal, Francia e Italia pensaron que la agresión había sido olvidada por la región cuando después de la menguada cumbre de emergencia de la Unasur del viernes de la semana pasada pidieron disculpas por lo sucedido.
Las disculpas fueron insuficientes. De ahí el firme plantón que el Mercosur le hizo al cuarteto europeo con la exigencia de explicaciones y disculpas públicas. El bloque demostró así una mayor homogeneidad política que la de la Unasur con su composición más heterogénea y también disímil en su relacionamiento con Estados Unidos y Europa.
También Estados Unidos tuvo lo suyo, aunque por las operaciones de espionaje, con Brasil como principal espiado, pero no el único, pese a que los gobiernos mercosurianos coinciden, sin decirlo abiertamente, que Washington estuvo detrás del bloqueo europeo a Evo Morales. De paso le recordó, ante la eventualidad de una operación que busque impedir que el espía arrepentido estadounidense Edward Snowden logre refugió latinoamericano, que el asilo es un derecho inalienable de los Estados.
Las urgencias políticas desplazaron la economía y el comercio, aunque en ese sentido el Mercosur tiene a partir de esta cumbre acuerdos de asociación estratégica con toda Suramérica, con la firma de Guyana y Surinam.
Pero a nivel bilateral no puede decirse lo mismo, ante la suspensión de la reunión entre Cristina y Dilma Rousseff.
El acuerdo para el comercio automotriz que venció el 30 de junio no es el problema central: podrá esperar hasta 2014 porque el intercambio está lejos de romper con los números del acuerdo de 2008 por el cual Brasil podía exportar 1,95 dólares por cada dólar que importaba de Argentina (en 2012 fue de 1,3 dólares). Sí lo son, en cambio, las declaraciones juradas de importaciones que traban las ventas de Brasil y sobre las cuales Argentina no está dispuesta a ceder: de ese instrumento depende el logro del superávit comercial previsto para 2013 de unos 13 mil millones de dólares, puesto en duda por los menos de 5 mil millones logrados en el primer semestre.