La comunidad internacional parecía dispuesta a trabajar con las nuevas autoridades de Egipto y, a pesar de que numerosos países pidieron un rápido regreso al orden constitucional, ninguna potencial occidental calificó el derrocamiento de Mohamed Mursi como golpe de Estado militar.
Una de las más fuertes reacciones fue la de Alemania, cuyo ministro de Relaciones Exteriores, Guido Westerwelle, consideró la intervención de los militares como "un fracaso mayor para la democracia en Egipto".
Unas horas después de que los militares destituyeran al primer presidente egipcio elegido democráticamente, el presidente estadounidense Barack Obama se declaró "profundamente preocupado" por la evolución de la situación en el país árabe más poblado, al que Estados Unidos aporta una ayuda militar sustancial.
Estados Unidos también ordenó la evacuación de su embajada en El Cairo. Gran Bretaña, en cambio, anunció que cooperaría con las nuevas autoridades.
El secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, pidió por su parte que se restablezca rápidamente un gobierno civil.
En tanto, China declaró que respetaba "la elección del pueblo egipcio" y llamó también al diálogo y la reconciliación.
Rusia pidió por su lado a todas las fuerzas política de Egipto "contención" y que se permanezca en el marco "democrático".
La Unión Europea también llamó a todas las partes a "regresar rápidamente al proceso democrático", en especial con nuevos comicios presidenciales, como prometieron los militares al suspender la Constitución.