Caminar despacio podría ser más que una simple señal de cansancio o edad. Investigaciones recientes revelan que la velocidad al andar puede reflejar el estado del cerebro, anticipar enfermedades y servir como un marcador clave del bienestar general, desde la función cognitiva hasta el riesgo cardiovascular.
Aunque caminar es una acción automática para la mayoría, la ciencia sostiene que puede convertirse en una valiosa herramienta de diagnóstico. Investigaciones recientes encontraron que las personas que caminan más despacio, haciendo ejercicio o no, especialmente a edades medias o tempranas, suelen presentar signos de deterioro cerebral, menor tamaño de ciertas regiones del encéfalo y pérdida de capacidades cognitivas, como la memoria y la percepción espacial.
Científicos de la Mayo Clinic y otras instituciones médicas han observado que variables como la longitud del paso, el ritmo y la estabilidad al andar están estrechamente vinculadas con la salud mental y física. En adultos mayores sin deterioro cognitivo diagnosticado, se ha comprobado que una marcha más lenta se asocia a una reducción progresiva del lenguaje y la atención.
Caminar
La forma de caminar revela el estado del cerebro.
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La importancia de tu cerebro al caminar
El descenso en la velocidad de la caminata también puede ser indicio de debilidad muscular, problemas articulares o enfermedades crónicas que comprometen el sistema nervioso, la función pulmonar o el corazón. Por eso, expertos de Harvard subrayan que esta medida simple no solo revela autonomía funcional, sino que puede anticipar la necesidad de tratamiento o prevención.
Medir la velocidad al caminar es fácil: basta con cronometrar el tiempo que lleva recorrer 10 metros y dividir la distancia por los segundos registrados. También hay apps como Google Fit, Strava o Walkmeter que permiten hacerlo con mayor precisión usando GPS.
Los valores promedio varían con la edad y el sexo, pero cuando hay un descenso notorio sin causa aparente, puede tratarse de una advertencia del cuerpo. Un estudio con 34.000 adultos mostró que quienes caminaban más rápido a los 75 años tenían más chances de vivir hasta los 85, en comparación con quienes lo hacían lentamente.
Los especialistas recomiendan incorporar caminatas frecuentes, aumentar gradualmente su duración y aprovechar cada oportunidad para moverse, como estacionar más lejos, pasear a la mascota o hacer pausas activas en el trabajo. Caminar más —y hacerlo un poco más rápido— puede ser una de las formas más simples de mantener joven al cerebro.