Juzgar a los demás suele considerarse un defecto que deberíamos corregir. Sin embargo, décadas de investigación en psicología sugieren que las primeras impresiones aparecen antes de que tengamos la posibilidad de detenerlas. Quizás alguien entra a una habitación y pensás inmediatamente que parece arrogante.
Después puede llegar una segunda pregunta: "¿Por qué pensé eso? ¿Soy una persona más prejuiciosa de lo que creía?".
La psicología establece una diferencia fundamental entre ambos momentos. Una cosa es el pensamiento automático que aparece sin que lo hayas elegido y otra muy distinta es lo que decidís hacer con él.
Confundir ambas instancias puede generar una culpa innecesaria.
El cerebro forma impresiones antes de que la otra persona hable
Tu cerebro recibe constantemente una enorme cantidad de información social. Para procesarla con rapidez, utiliza atajos que permiten clasificar lo que ocurre sin analizar cada detalle desde cero.
Frente a una persona nueva, la mente puede establecer rápidamente categorías generales: conocida o desconocida, accesible o distante, alguien a quien prestar atención o alguien que podemos ignorar.
Los investigadores de Princeton Janine Willis y Alexander Todorov estudiaron la velocidad con la que se forman estas primeras impresiones. En uno de sus experimentos, los participantes observaron fotografías de rostros desconocidos durante apenas una décima de segundo y debieron calificarlos en aspectos como confiabilidad y competencia.
Las evaluaciones realizadas en ese brevísimo intervalo fueron similares a las de otro grupo que pudo observar las mismas fotografías durante más tiempo. Contar con más tiempo no modificó demasiado las primeras impresiones; en buena medida, hizo que los participantes se sintieran más seguros de los juicios que ya habían formado.
En la vida cotidiana ocurre algo parecido. Alguien entra a una reunión y, antes de decir una palabra, ya podemos tener una sensación sobre esa persona.
El problema no es que el cerebro genere rápidamente una impresión. El problema aparece cuando confundimos esa primera interpretación con un conocimiento real sobre alguien.
Una décima de segundo no alcanza para conocer a una persona
Que una impresión se forme rápidamente no significa que sea correcta.
Las investigaciones posteriores de Todorov mostraron que incluso diferentes fotografías de una misma persona pueden producir primeras impresiones muy distintas. La expresión, el ángulo de la cara, la iluminación y otros factores pueden modificar significativamente la percepción.
La persona que parece arrogante puede simplemente estar nerviosa o ser reservada. El compañero de trabajo que parece poco confiable puede despertar una asociación con alguien que conociste en el pasado. Incluso puede ocurrir que alguien te genere rechazo porque su aspecto o comportamiento recuerda, sin que lo adviertas, a una experiencia anterior.