La psicología confirma que las personas nacidas en los años 1950 y 1960 no se incorporaron al mercado laboral por motivación vocacional, sino por una necesidad económica imperativa. En aquel periodo histórico, trabajar desde la infancia era la respuesta directa a las carencias de la estructura familiar.
En las zonas rurales, los hijos ayudaban en el campo, en la ganadería o en pequeños negocios familiares desde edades muy tempranas. El acceso a estudios secundarios era un privilegio reservado a pocos, y la idea de «vocación» profesional apenas existía en aquel entonces. La mayoría se incorporaba al mercado laboral en cuanto alcanzaba la edad legal mínima o incluso antes.
¿Por qué la resiliencia del junco supera al privilegio del estudio?
Este fenómeno generó una cultura de esfuerzo, resiliencia y adaptación. La psicología utiliza la metáfora del junco y el roble para explicarlo: «la resiliencia se parece más a la flexibilidad del junco que a la rigidez del roble». Mientras que la dureza del roble puede hacer que se quiebre ante el vendaval, el junco se dobla y recupera su verticalidad.
La falta de supervisión constante fue una característica central de su infancia. Los niños pasaban horas jugando en la calle y resolviendo conflictos sin mediación adulta. Esta «soledad como escuela» permitió desarrollar una tolerancia a la frustración que hoy escasea. Según la Fundación Orienta, esta capacidad se aprende cuando las figuras de los progenitores permiten vivir experiencias y contienen el malestar.
¿Cómo influyó la desigualdad de género en esa generación?
La desigualdad de género también marcó la época. Muchas mujeres no pudieron elegir su profesión debido a normas sociales rígidas orientadas al cuidado del hogar. El acceso al mercado laboral estaba condicionado por la economía y roles definidos desde la infancia que limitaban las opciones laborales femeninas de forma sistemática según las normas sociales de la época.
La psicología actual sugiere que la fortaleza emocional de los nacidos en los 50 no vino de una crianza especialmente buena. En muchos casos, derivó de una ausencia de sobreprotección que rozaba el abandono real. Los niños se las apañaban solos por pura necesidad, lo que los hizo más capaces de gestionar la incertidumbre en su vida adulta.
Hoy, los menores tienen más recursos y atención, pero menos oportunidades de equivocarse solos. Un estudio en The Journal of Pediatrics vincula la falta de actividades independientes con un deterioro del bienestar psicológico en las nuevas generaciones. La escasez del pasado dio a esas generaciones la convicción de que podían valerse por sus propios medios.