Una historia viral publicada en Bolde.com, el popular sitio dedicado a relatos personales y experiencias de vida, generó identificación entre quienes suelen encargarse de registrar cada encuentro familiar. La protagonista tiene 61 años y, mientras ordenaba fotografías acumuladas durante tres décadas, descubrió un patrón que nunca había advertido.
Durante años había postergado la tarea. En su casa se acumulaban cajas con copias impresas, álbumes incompletos y miles de imágenes digitales. Cuando finalmente comenzó a revisarlas, volvió a encontrarse con cumpleaños, graduaciones, vacaciones y celebraciones familiares.
Sin embargo, después de observar cientos de fotografías, notó algo difícil de ignorar: ella casi nunca aparecía.
Había estado presente en cada uno de esos momentos. Era quien organizaba las reuniones, preparaba los festejos y reunía a todos antes de sacar la foto. Pero cuando llegaba el momento de registrar la escena, permanecía del otro lado de la cámara.
“Estuve ahí, pero no quedé en la historia”
La mujer recordó que durante décadas fue quien pedía a sus hijos, a su familia, que se acercaran, esperaba que todos miraran hacia el mismo lugar y repetía la imagen cuando alguien cerraba los ojos. Si ella no tomaba la iniciativa, muchas veces la fotografía simplemente no existía.
En algunas ocasiones, alguien se ofrecía a sostener la cámara para que pudiera sumarse. Sin embargo, ella solía rechazar la propuesta porque no se sentía arreglada, porque todos estaban apurados o porque le parecía más sencillo continuar detrás del lente.
Las únicas excepciones eran los casamientos, las graduaciones y las sesiones familiares contratadas. En todos esos casos, otra persona había sido responsable de tomar las fotografías.
La revelación la llevó a preguntarse de qué otras partes de su vida se había excluido sin darse cuenta.
En las reuniones familiares, por ejemplo, era quien preparaba la comida, recordaba los gustos de cada invitado y se levantaba para buscar lo que faltaba. En los cumpleaños hacía la torta, pero muchas veces apenas podía verse su mano apoyándola sobre la mesa.
En las vacaciones reservaba los alojamientos, organizaba los horarios y cuidaba los documentos. Sin embargo, conservaba pocas imágenes propias de esos viajes.
Con el paso de los años, había asumido el trabajo silencioso de hacer que cada momento ocurriera. El problema era que, mientras registraba la vida de los demás, ella iba desapareciendo del recuerdo visible de su propia familia.
El descubrimiento que se repitió entre generaciones
Mientras revisaba las cajas, la protagonista encontró otra ausencia: su propia madre tampoco aparecía en casi ninguna fotografía familiar.
Había imágenes de su juventud y de su casamiento, pero después su presencia se volvía cada vez menos frecuente. La mujer comprendió que había repetido un modelo que durante años le había parecido normal.
La historia adquirió una dimensión todavía mayor cuando observó las fotografías de su hija, de 34 años y madre de dos niños. Ella también estaba empezando a quedar fuera de las escenas familiares. Desde entonces, decidió cambiar esa costumbre.
Ahora le entrega el teléfono a su hijo y le pide que la fotografíe junto a sus nietos. En las reuniones se sienta con el resto y permite que otra persona se encargue de registrar el momento. También comenzó a tomar imágenes espontáneas de su hija mientras juega, abraza o comparte situaciones cotidianas con sus hijos.
Su deseo es que, cuando sus hijos y sus nietos revisen esas imágenes dentro de varios años, no encuentren solamente las fiestas, los viajes y las mesas que ella organizó. Quiere que también puedan verla allí: como madre, como abuela y como parte de la vida que ayudó a construir.