En 1928, Henry Ford puso en marcha uno de los proyectos más extraordinarios de la historia empresarial. Su objetivo era levantar una ciudad estadounidense en medio de la Amazonia brasileña, equipada con viviendas, hospital, escuela, cine, piscina, campo de golf y todos los servicios necesarios para una comunidad moderna.
Aquella ciudad recibió el nombre de Fordlandia y fue construida a orillas del río Tapajós, a cientos de kilómetros de cualquier gran centro urbano. Sin embargo, detrás de la aparente utopía no había un experimento social, sino una estrategia industrial: producir el caucho que necesitaban los millones de vehículos fabricados por Ford Motor Company.
El verdadero motivo: controlar el negocio del caucho
A comienzos del siglo XX, el caucho era un recurso indispensable para la industria automotriz. Neumáticos, correas, mangueras, juntas y sellos dependían de este material, cuya producción mundial estaba dominada por plantaciones británicas y holandesas en el sudeste asiático.
Paradójicamente, esas plantaciones existían gracias a semillas extraídas de Brasil en 1876 por el explorador Henry Wickham, quien trasladó miles de ejemplares de Hevea brasiliensis hacia Asia. Con el paso de las décadas, Brasil perdió el liderazgo del mercado que había originado.
Cuando el Reino Unido impulsó el Plan Stevenson en 1922 para regular la oferta y sostener los precios del caucho, Henry Ford decidió independizarse de esos proveedores. Su respuesta fue crear su propia plantación en la Amazonia.
Un millón de hectáreas y una ciudad prefabricada
El gobierno brasileño concedió a Ford un millón de hectáreas de tierras en julio de 1927. A cambio, la empresa debía compartir un porcentaje de sus futuras ganancias con el Estado y los municipios de la región una vez que la explotación comenzara a ser rentable.
Un año después, enormes embarcaciones llegaron a la selva transportando una ciudad prácticamente desmontada: edificios prefabricados, tractores, maquinaria industrial, un aserradero, una central eléctrica, equipos médicos e incluso instalaciones para fabricar hielo.
La dirección del proyecto quedó en manos del capitán danés Einar Oxholm, un hombre con experiencia marítima pero sin conocimientos agrícolas. Ford confió en que sus ingenieros y administradores industriales podrían aplicar la lógica de la producción en serie también al cultivo del caucho.
Los trabajadores recibían salarios superiores a los de las plantaciones asiáticas, además de vivienda, alimentación y atención médica gratuitas, lo que convirtió inicialmente a Fordlandia en un destino laboral atractivo.
El error que condenó a Fordlandia
El mayor enemigo nunca fueron los trabajadores ni el aislamiento, sino la propia naturaleza amazónica.
En estado silvestre, el árbol del caucho crece disperso entre numerosas especies vegetales. Esa separación natural limita la propagación del tizón foliar sudamericano, un hongo con el que la especie evolucionó durante miles de años.
Ford hizo exactamente lo contrario.
Las plantaciones fueron organizadas en largas hileras de árboles muy próximos entre sí, sobre terrenos montañosos y de suelo poco profundo. Las lluvias provocaron erosión, mientras que el hongo encontró las condiciones ideales para expandirse rápidamente.
A la enfermedad se sumaron hormigas saúva, chinches de encaje, arañas rojas y orugas defoliadoras, reduciendo drásticamente la productividad de los cultivos.
Belterra: el segundo intento que tampoco alcanzó
En 1933, Ford incorporó finalmente a un especialista en fitopatología: James Weir, quien seleccionó un nuevo emplazamiento unos 130 kilómetros río abajo. Así nació Belterra.
El nuevo proyecto introdujo árboles injertados de alto rendimiento procedentes de Asia, creó un vivero de investigación y adoptó un enfoque más respetuoso con las costumbres locales. Las estrictas normas de alimentación y ocio impuestas inicialmente fueron relajadas, y la comunidad sumó iglesias, biblioteca, escuelas, estaciones de radio y un campo de golf.