Las personas nacidas entre 1960 y 1970 poseen una fortaleza mental que intriga a la psicología actual. Según el experto Peter Gray, esta generación fue la última en experimentar una infancia marcada por la autonomía total. Aquellos años sin pantallas ni vigilancia constante forjaron una resiliencia que les permite enfrentar crisis sin desmoronarse.
La solidez emocional de los llamados "baby boomers" no es una cuestión de suerte, sino el resultado de un entrenamiento invisible. En las décadas de los 50, 60 y 70, la norma era dejar que los niños salieran solos, trabajaran temprano y, sobre todo, se aburrieran. Estas vivencias, que hoy parecerían impensables para muchos padres, fueron el combustible para desarrollar un "locus de control interno".
El valor del riesgo y el aburrimiento sin pantallas
A diferencia de la infancia actual, saturada de estímulos digitales y agendas programadas, los niños de aquel entonces gestionaban su propio tiempo. Jugar afuera sin supervisión obligaba a evaluar riesgos, resolver disputas cara a cara y encontrar soluciones creativas a problemas cotidianos. El aburrimiento no se combatía con un video, sino con la imaginación, lo que fortalecía la capacidad de estar a solas con los propios pensamientos.
Este entorno fomentaba una alta tolerancia a la frustración. Escuchar un "no" rotundo de los padres, sin negociaciones eternas, enseñaba a los niños a procesar la falta de gratificación inmediata. Además, las responsabilidades domésticas reales (como cuidar hermanos o hacer las compras) otorgaban un sentido de utilidad y eficacia personal desde edades muy tempranas.
La pérdida del juego libre y sus consecuencias
Hoy, los expertos observan con preocupación cómo la disminución del juego libre coincide con el aumento de patologías mentales en jóvenes. Las interacciones digitales han reemplazado el cara a cara, donde se aprendía a leer el lenguaje corporal y a negociar tensiones reales. La capacidad de caminar kilómetros o andar en bicicleta para ver a un amigo entrenaba una resistencia física y mental que hoy es poco frecuente.
En definitiva, la infancia de los nacidos antes de 1970 funcionó como un laboratorio de autonomía. La falta de dispositivos y la libertad de movimiento no solo crearon recuerdos nostálgicos, sino que estructuraron cerebros capaces de relativizar los contratiempos actuales. Analizar estas micro-experiencias de desafío constante es vital para entender qué herramientas faltan hoy para fortalecer la salud mental de las nuevas generaciones.