La crianza en los años setenta, caracterizada por la ausencia de agendas y supervisión constante, no fue un acto de negligencia sino una etapa crucial de desarrollo. Durante esos veranos sin fin, los niños construyeron herramientas emocionales que la estructura moderna está eliminando, impactando directamente en los niveles actuales de ansiedad, según la psicología.
La desaparición del juego autodirigido coincide con el aumento de la psicopatología infantil. Según el psicólogo Peter Gray, desde la década de 1960 ha caído la oportunidad de realizar actividades sin supervisión, lo que se correlaciona con un incremento en la depresión y los sentimientos de impotencia. No se trata de un sentimiento de nostalgia, sino de una función biológica esencial.
El desarrollo del control interno a través del aburrimiento y el conflicto
El juego libre permite a los niños regular sus propias emociones y negociar con sus pares sin mediación adulta. Al gestionar sus propios conflictos y encontrar formas de salir del aburrimiento, desarrollan un "locus de control interno", que es la creencia fundamental de que las propias acciones tienen un efecto real en el mundo. Esta capacidad no se puede enseñar en una clase estructurada; requiere la libertad de cometer errores.
Investigaciones realizadas en la Universidad Estatal de San Diego muestran un cambio alarmante entre 1960 y 2002. Los jóvenes se han vuelto mayoritariamente "externos", creyendo que sus vidas están moldeadas por fuerzas ajenas a su control. Para el año 2002, el joven promedio estaba más orientado externamente que el ochenta por ciento de sus pares de principios de los sesenta. Esta mentalidad está directamente relacionada con la indefensión aprendida, uno de los caminos más seguros hacia la depresión.
El costo psicológico de las infancias excesivamente programadas
El cambio hacia agendas cargadas no ocurrió por falta de cuidado parental, sino por un exceso de ansiedad sobre la seguridad y el rendimiento. Al llenar cada hora con actividades organizadas, la propiedad de la infancia se transfirió del niño al adulto. El niño dejó de ser el arquitecto de sus días para ser un mero participante en un diseño ajeno.
Aunque la libertad de los setenta pudo asustar a algunos, permitió que una generación se sintiera capaz de manejar cualquier imprevisto. El niño que debe sentarse con su aburrimiento hasta encontrar una salida está practicando una conciencia autosuficiente necesaria para la vida adulta. Sin esa navegación autónoma, los músculos emocionales de la recuperación y la toma de decisiones simplemente no se desarrollan.