Para algunas personas, un abrazo es la forma más natural de saludar, consolar o mostrar afecto. Para otras puede sentirse invasivo, incómodo o simplemente innecesario. La psicología estudia estas diferencias bajo conceptos como “evitación del contacto”. Los estudios muestran que la comodidad con el contacto cambia según quién toca, qué relación existe, la situación, el género, la cultura y las características personales.
Por eso, una persona puede disfrutar los abrazos de su pareja y detestar recibirlos de conocidos, o sentirse cómoda dando afecto sin querer recibirlo del mismo modo.
Una posibilidad es simplemente necesitar más espacio físico
La denominada touch avoidance, o evitación del contacto, describe diferencias individuales en la disposición a tocar o ser tocado por otras personas. Existen incluso cuestionarios psicológicos validados para medirla según si el contacto proviene de familiares, amigos, parejas o desconocidos.
Eso significa que evitar abrazos puede ser un rasgo relativamente estable y no necesariamente un problema. Algunas personas necesitan una distancia interpersonal mayor para sentirse cómodas y expresan cariño mediante conversación, ayuda práctica, tiempo compartido o palabras, en lugar de contacto físico.
También importa el consentimiento. Que un abrazo sea socialmente considerado afectuoso no obliga a que resulte agradable para quien lo recibe, y respetar un límite corporal no debería interpretarse automáticamente como rechazo emocional.
El estilo de apego puede influir, pero no explica todos los casos
La investigación encontró asociaciones entre mayor evitación en el apego adulto y actitudes menos positivas hacia el contacto físico. Las personas que tienden a sentirse incómodas con la dependencia o la cercanía emocional pueden mostrar también una menor preferencia por algunas formas de contacto afectivo.
Un estudio con más de 23.000 participantes observó que las características del apego, las experiencias positivas de contacto durante la infancia y la persona imaginada como origen del abrazo modificaban ampliamente las emociones asociadas con ser tocado.
Eso no permite hacer la inferencia inversa. Que alguien no quiera abrazar no demuestra que tenga “apego evitativo”. Es una asociación poblacional y no una herramienta para etiquetar a una persona observando un único comportamiento.
La historia personal y la sensibilidad también importan
Otra investigación encontró que las experiencias de contacto durante la infancia y adolescencia están relacionadas con las experiencias táctiles posteriores en la adultez, aunque esa relación es compleja y está mediada en parte por características del apego.
Además, existen personas con mayor sensibilidad sensorial, para quienes determinadas presiones, texturas, olores o contactos inesperados resultan particularmente intensos. La literatura científica también estudia respuestas atípicas al tacto en algunos trastornos del neurodesarrollo, pero nuevamente: no disfrutar los abrazos por sí solo no permite inferir autismo ni ninguna otra condición.
La ansiedad social puede jugar un papel en ciertos casos. Un estudio con parejas adultas encontró relaciones entre síntomas de ansiedad social y mayor incomodidad o evitación de determinados tipos de contacto, aunque el efecto varió según sexo y relación.
No querer abrazar tampoco significa no necesitar afecto
Los abrazos pueden asociarse con bienestar y regulación emocional cuando son deseados. Un estudio con 404 adultos encontró que recibir un abrazo durante días con conflictos interpersonales estuvo relacionado con una menor caída del estado de ánimo positivo y menor aumento del negativo.
Pero esos beneficios no significan que todo el mundo deba abrazarse. El contacto afectivo funciona precisamente dentro de un contexto de confianza, comodidad y consentimiento; forzarlo puede producir el efecto contrario.