Durante décadas se creyó que la falta de afecto en la crianza de los años 70 endurecía el carácter de los niños. Sin embargo, psicólogos expertos en desarrollo demuestran que la resiliencia de la generación nacida entre 1967 y 1978 no provino de la soledad, sino de figuras externas que ofrecieron apoyo.
Para los niños criados en ambientes emocionalmente distantes, la escuela o el hogar de un vecino funcionaban como refugios. Investigaciones iniciadas en los años 70 por estudiosos como Emmy Werner, quien siguió a niños en situación de riesgo durante cuatro décadas, confirmaron que el factor protector clave es siempre relacional. Siempre existió al menos un adulto que se importaba genuinamente por ese niño.
¿Qué papel cumplieron los hermanos y la escuela en la resiliencia de esta generación?
En las familias de la época, los hermanos mayores jugaban un papel crucial como figuras de apego subsidiarias. Eran ellos quienes explicaban la realidad, daban consuelo tras una sanción severa o simplemente acompañaban en el silencio. Este vínculo proporcionaba la seguridad física y el reconocimiento de identidad que los adultos responsables no ofrecían en el ambiente principal.
La escuela representaba, para muchos, el único lugar donde un adulto los llamaba por su nombre con gentileza. Un profesor atento podía activar circuitos de regulación emocional que el hogar no estimulaba. El interés genuino, demostrar confianza en la capacidad del alumno y notar cambios de conducta eran actos concretos de protección que separaban a un niño que desarrollaba recursos internos sólidos de uno que quedaba fragilizado.
¿Cómo influyeron los amigos y la familia extendida en la salud emocional?
Las relaciones horizontales con amigos también servían como una forma de práctica para la regulación emocional. En esos vínculos, a diferencia de los hogares fríos, la expresión de sentimientos no era vista como una debilidad o inconveniencia. Llorar o tener miedo frente a un par permitía al sistema nervioso aprender a tolerar emociones difíciles sin desorganizarse.
Esta red informal incluía a tíos, abuelos o vecinos que recalibraban la percepción del mundo del niño. El mensaje implícito de estos cuidadores era que los adultos podían ser seguros y que el cuidado existía. No obstante, los expertos advierten que la adaptación funcional de estos adultos hoy tiene costos internos en la intimidad y la expresión emocional. La resiliencia no fue el resultado de soportar la dureza sola, sino de no haber quedado completamente solo dentro de ella.