22 de abril de 2026 - 18:00

Los estudios muestran que los niños que podían expresar tristeza o frustración sin ser castigados desarrollaron una fortaleza para toda la vida

Varias investigaciones sugieren que, cuando un chico podía sentir tristeza o frustración sin ser humillado o minimizado, construía una base más sólida.

Existe una escena muy común que cambia más de lo que parece según los estudios en psicología. Un chico llora porque perdió, porque algo no le salió o porque se sintió desplazado. En una casa escucha “no es para tanto”, “dejá de llorar” o “si seguís así, te vas castigado”.

En otra, el límite puede existir igual, pero la emoción no se castiga: “sí, te frustraste”, “entiendo que te dolió”, “respirá y vemos qué hacemos”. La diferencia entre esas dos respuestas no queda solo en ese momento.

La señal que muchos padres confunden

Castigar una emoción no siempre significa gritar. A veces también pasa cuando se la ridiculiza, se la apura o se la barre rápido para que no incomode.

Decir “no llores”, “ya fue” o “no te pongas así” puede parecer algo menor, pero entra dentro de lo que la literatura llama respuestas poco apoyadoras o desestimantes.

En cambio, los estilos de “acompañamiento emocional” tienden a reconocer, validar y poner en palabras lo que el chico siente.

Y esa diferencia importa: un estudio longitudinal con 869 familias encontró que, frente a un estilo de acompañamiento, los perfiles parentales más desestimantes o desconectados se asociaron con más problemas emocionales y de conducta, además de menor competencia emocional en los hijos.

La fortaleza que se forma no es “ser fuerte”: es sentirse seguro con lo que uno siente

La fortaleza de fondo no es volverse duro ni no llorar nunca. Es desarrollar seguridad emocional: la capacidad de sentir tristeza, bronca o frustración sin vivir esas emociones como algo prohibido, vergonzoso o peligroso.

En la revisión clásica de Nancy Eisenberg y colegas, las prácticas parentales frente a las emociones aparecen como una vía central para la competencia emocional y social infantil.

Los estudios demuestran que los niños que podían expresar tristeza o frustración sin ser castigados desarrollaron una fortaleza para toda la vida (3)

Y el estudio longitudinal más reciente va en la misma dirección: cuando predomina el acompañamiento emocional, los chicos muestran mejores niveles de regulación y menos afecto negativo que cuando crecen en climas más desestimantes.

El chico que puede decir “estoy triste”, “me dio bronca” o “me salió mal” sin miedo a ser castigado empieza a aprender algo finísimo.

Aprende que lo que siente se puede nombrar, atravesar y ordenar. No necesita esconderlo ni explotarlo. Y eso, más adelante, vale muchísimo.

Esta última lectura es una inferencia razonable a partir de la evidencia que vincula el acompañamiento emocional con mayor competencia emocional y menos problemas de salud mental.

La parte útil aparece acá: cómo se ve hoy en un hijo

Si querés saber si esa fortaleza se está construyendo, no mires si tu hijo “no llora”. Mirá otra cosa. Fijate si, después de frustrarse, puede ponerle nombre a lo que le pasa.

Si acepta mejor un límite después del enojo. Si necesita ayuda, pero no queda totalmente arrasado por una molestia chica. Y también mirá tu reacción: corregir una conducta no obliga a castigar una emoción.

Se puede marcar un límite y al mismo tiempo validar lo que siente. Esa es, justamente, una de las bases del acompañamiento emocional que describen estos trabajos.

Años después, esto no se nota en teorías: se nota en vínculos

De grande, esa base suele aparecer en personas que pueden decir “esto me dolió”, “estoy frustrado” o “necesito un rato” sin sentir que por eso valen menos.

También se nota en quienes discuten sin romperse, toleran mejor la incomodidad y no necesitan esconder todo lo que sienten para parecer fuertes.

Los estudios demuestran que los niños que podían expresar tristeza o frustración sin ser castigados desarrollaron una fortaleza para toda la vida (2)

No porque la infancia determine el destino de manera absoluta, sino porque aprender desde chico que la tristeza y la frustración tienen lugar ayuda a construir una relación más sana con el mundo emocional.

Esa conexión a largo plazo está respaldada por la asociación que muestran los estudios entre acompañamiento emocional, mayor competencia emocional y menor riesgo de problemas internalizantes y externalizantes.

LAS MAS LEIDAS