La idea de que los niños de las décadas de 1960 y 1970 “se hicieron fuertes” no debe tomarse como una verdad absoluta ni como una defensa de crianzas duras. Lo que sí muestra la psicología es que la autorregulación emocional aprendida en la infancia puede tener efectos importantes durante la vida adulta.
En muchos hogares de esas décadas había menos intervención adulta inmediata, menos dispositivos de distracción y más tiempo de juego sin supervisión constante. Eso pudo empujar a muchos chicos a resolver conflictos, esperar, tolerar frustraciones y calmarse con menos ayuda externa. Pero no significa que todo haya sido mejor ni más saludable.
No fue solo educación: fue entrenamiento cotidiano de autocontrol
La educación formal influye, pero el control emocional se aprende también en escenas pequeñas: esperar el turno, perder en un juego, aburrirse, resolver una pelea, volver solo de una actividad o aceptar que un adulto no iba a intervenir al instante.
Un estudio longitudinal publicado en PNAS siguió a más de 1.000 personas desde la infancia y encontró que el autocontrol infantil predijo resultados posteriores en salud, economía y seguridad pública, incluso al considerar inteligencia y origen social.
Qué significa controlar emociones sin ayuda externa
No significa tragarse todo ni negar el malestar. En psicología, la autorregulación implica manejar emociones, impulsos y conductas para responder de forma más adaptativa. Puede incluir respirar, esperar, pedir ayuda, pensar antes de actuar o reinterpretar una situación.
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La investigadora Nancy Eisenberg y otros autores han explicado que la regulación emocional está relacionada con múltiples áreas del desarrollo infantil, desde la conducta social hasta el ajuste psicológico.
El riesgo de romantizar una infancia con menos apoyo
Hay un matiz importante: crecer con más autonomía no siempre fue positivo. En algunos casos implicó soledad, falta de contención, castigos duros o ausencia emocional. Eso no fortalece necesariamente; también puede dejar marcas.
Por eso, la lectura más precisa no es “antes se criaba mejor”. La conclusión más útil es que la autonomía progresiva, los límites claros y la posibilidad de resolver problemas sí pueden ayudar a formar una mayor tolerancia a la frustración.
Por qué esta diferencia se nota frente a generaciones posteriores
Las generaciones más jóvenes crecieron en un entorno con más respuestas inmediatas: pantallas, mensajes instantáneos, entretenimiento a demanda y adultos más atentos a prevenir cualquier incomodidad. Eso puede dar más protección, pero también menos práctica frente al aburrimiento o la frustración.
La fortaleza emocional no surge de sufrir, sino de atravesar desafíos proporcionados. Si todo obstáculo se elimina antes de que el niño lo enfrente, se reducen oportunidades para construir autocontrol.
Qué se puede aprender hoy de esa generación
El aprendizaje útil no es volver a una crianza sin diálogo, sino recuperar espacios de autonomía. Los chicos necesitan acompañamiento, pero también oportunidades reales para esperar, equivocarse, reparar y resolver.
- Dar tiempo antes de intervenir: no resolver todo de inmediato.
- Permitir aburrimiento: favorece imaginación y tolerancia.
- Enseñar a nombrar emociones: controlarlas no es esconderlas.
- Poner límites consistentes: ayudan a organizar la conducta.
- Dejar que reparen errores: la responsabilidad también se entrena.