Habla con personas que hoy tengan alrededor de sesenta años y pregunta qué les dijo su mamá el día que terminaron la secundaria o recibieron el título universitario. Lo más probable es que no recuerden una frase. Recordaran una escena. Si insistís para que recuerden las palabras exactas, suele aparecer un silencio. La psicología tiene una respuesta a este fenómeno.
No se trata de una historia sobre padres poco afectuosos. De hecho, la mayoría defenderá inmediatamente a los suyos y asegurará que nunca les faltó amor. Y probablemente tengan razón.
Era una forma de criar que había sido aprendida
El psicólogo conductista John B. Watson vendió más de cien mil ejemplares de su manual de crianza publicado en 1928. Sus consejos eran contundentes: recomendaba no abrazar ni besar a los hijos, tratarlos casi como adultos y limitar el contacto afectivo incluso a un apretón de manos por la mañana. Los padres que criaban chicos a fines de los años sesenta habían sido educados por adultos que todavía creían que demostrar demasiado afecto era malcriarlos.
Los investigadores Mark Morman y Kory Floyd estudiaron 139 parejas de padres e hijos y encontraron que los hombres afirmaban expresar más cariño a sus propios hijos del que habían recibido de sus padres. Lo llamativo fue que los hijos coincidían con esa percepción.
Es decir, quienes crecieron en hogares donde casi no se hablaba de los sentimientos decidieron romper parcialmente ese modelo. Sin embargo, nunca terminaron de incorporar las palabras. En cambio, perfeccionaron otro idioma: el de los gestos.
Nadie decía "te quiero": el cariño llegaba en forma de favores
La frase existía. Se escuchaba en las novelas, en las películas y en las canciones. Pero rara vez aparecía en la mesa de una casa donde todos llegaban cansados después de trabajar. En su lugar aparecía otra cosa. "¿Ya comiste?" "Llevate un buzo que refresca."
"Estoy orgulloso de vos" casi nunca se decía de frente
Llegaba el boletín. El padre lo miraba unos segundos. Capaz hacía un comentario sobre ese ocho que podría haber sido un diez. Después dejaba el boletín sobre la mesa y seguía con otra cosa. Semanas más tarde, el hijo escuchaba sin querer una conversación. La madre hablaba con una hermana, una vecina o una compañera del trabajo.
- "Salió abanderada".
- "Terminó la facultad trabajando".
- "Es muy responsable".
Lo decía con una admiración que el hijo jamás había escuchado dirigida hacia él. Ese era el mecanismo.
"Sos muy bueno para esto" se transformó en más responsabilidades
Si eras bueno con los números, terminabas haciendo las cuentas de la casa. Si sabías arreglar cosas, eras el encargado de cambiar una canilla o revisar los fusibles. Si te llevabas bien con los más chicos, cada reunión familiar te encontraba entreteniendo a todos los primos.
Nunca aparecía la frase:
- "Tenés un talento para esto".
Lo que llegaba era otra tarea. Era una promoción sin reconocimiento explícito.
"Perdón" casi nunca existía: el desayuno del día siguiente hacía ese trabajo
Había una discusión. Una frase dicha con bronca. Después llegaba el silencio. A la mañana siguiente aparecían los mates, las tostadas y la radio prendida. Alguien preguntaba, como si nada hubiera pasado: "¿A qué hora volvés hoy?". Esa era la reconciliación. Nunca más se hablaba de lo ocurrido.
Los investigadores Craig Smith, Diyu Chen y Paul Harris estudiaron cómo entienden las disculpas los chicos entre cuatro y nueve años. Descubrieron que incluso los más pequeños esperan que un pedido de perdón ayude a reparar el daño emocional.