Existen en español términos muy semejantes en su significante, pero con distinta aplicación en cuanto a su significado. Esto sucede, por ejemplo, con 'alimentario' y 'alimenticio'; si bien los dos son adjetivos, el primero señala algo "perteneciente o relativo a la alimentación", como en "Se han planteado conflictos en la industria alimentaria". En cambio, 'alimenticio' indica "que alimenta o sirve para alimentar": "Es muy escaso el valor alimenticio de esa comida rápida". Otra pareja conflictiva la conforman los términos 'banquero' y 'bancario'; 'banquero' señala al dueño o alto directivo de una entidad bancaria y, también, en algunos juegos, especialmente de naipes, a la persona que representa la banca o que dirige el juego:
"En esa familia, tradicionalmente, los hombres fueron banqueros importantes". En cambio, 'bancario' designa lo perteneciente o relativo a los bancos, como entidades dedicadas a operaciones financieras; también, 'bancario' nombra al empleado de aquellas entidades: "El paro de los bancarios tuvo gran repercusión".
Otras parejas de términos se diferencian por el artículo que llevan. Eso sucede con 'el editorial' y 'la editorial', 'el orden' y 'la orden'. 'El editorial' nombra el artículo no firmado que expresa la opinión de la dirección de un periódico: "El editorial de hoy no fue muy convincente". En cambio, 'la editorial' es la casa editora: "Varias editoriales han debido reajustar sus precios".
También 'orden' posee un significado cuando es masculino y otro, si es femenino. Como masculino, es "colocación o disposición apropiada": "El orden de los libros se debe a su criterio". Además, es masculino como "serie o sucesión" y como "categoría o nivel": "Sugerí que lo más democrático es respetar el orden alfabético" y "Los ascensos se harán según el orden categorial". Cuando 'orden' se refiere a un estilo arquitectónico, a un grupo taxonómico y al sacramento del sacerdocio, será de género masculino: "El orden dórico es el más arcaico de todos", "Los animales del orden de los artiodáctilos eran herbívoros" y "El orden sacerdotal constituye uno de los siete sacramentos del catolicismo". Pero diremos 'la orden', como femenino, cuando nos refiramos a un mandato que se debe obedecer, observar y ejecutar: "No discutí las últimas órdenes de la autoridad". También se hablará de 'la orden' cuando se aluda a un instituto religioso cuyos individuos viven bajo las reglas establecidas por su fundador: "orden mercedaria".
¿Y cómo se debe usar la locución 'orden del día'? El Panhispánico y la Fundéu nos dicen con claridad que esta expresión tendrá carácter masculino cuando tome el valor de "lista ordenada de temas que se deben tratar en una reunión": "El Consejo no trató ese asunto porque no figuraba en el orden del día". En cambio, se dirá 'la orden del día' cuando signifique "orden que se da cada día a los cuerpos del Ejército". Asimismo, es femenina la expresión 'estar a la orden del día', que toma el significado de "estar de moda, ser muy usual": "Está a la orden del día raparse el cabello en partes".
Hay otra pareja de términos que resultan homófonos (iguales en el sonido), aunque no homógrafos (iguales en la escritura): se trata de 'ojear' y 'hojear'. El verbo 'ojear' posee dos entradas en el diccionario: la primera hace derivar el vocablo del latín "oculus" = "ojo"; tiene varias acepciones: la primera, "mirar a alguna parte", la aplicamos al decir "Fuimos a ojear el lugar para ver sus dimensiones". La segunda es equivalente a "aojar", esto es, "hacer mal de ojo": "Le ponían una cinta roja para evitar que lo ojearan". La tercera acepción tiene que ver con la primera, ya que es "lanzar ojeadas a algo", siendo la ojeada una mirada pronta y ligera. La última acepción, que suele confundirse con 'hojear', es "mirar superficialmente un texto":
"Señor, usted se ha limitado a ojear el texto, no lo ha leído en profundidad".
El diccionario académico nos da una segunda entrada para 'ojear', relacionado con la onomatopeya 'osh', usada para ahuyentar la caza.
Por otro lado, encontramos 'hojear', vinculado al sustantivo 'hoja', con el significado de "pasar ligeramente las hojas de un libro o de un cuaderno"; allí es donde se produce el entrecruzamiento con 'ojear', pues se acercan semánticamente por el hecho de indicar el acercamiento a un texto de manera superficial y ligera.
¿Cuál es la diferencia entre 'lóbrego' y 'lúgubre'? 'Lóbrego' deriva del adjetivo latino "lubricus", con el significado de "resbaladizo"; nuestro vocablo español toma el valor de "oscuro, tenebroso" y, por esa razón, también, "triste, melancólico": "Me generaba angustia pasar por ese sitio tan lóbrego".
No se aleja demasiado del valor semántico de 'lúgubre' que, en la actualidad, significa "sombrío, profundamente triste". En su origen, este adjetivo se vinculaba al vocablo latino "lugubris" ("funesto, luctuoso") y al verbo "lugere", cuya traducción es "estar de luto, lamentarse, deshacerse en llanto"; por eso, 'lúgubre' es también "fúnebre". Según el CORDE (Corpus diacrónico del español), 'lóbrego' está en nuestro idioma desde el año 1250, mientras que 'lúgubre' aparece desde 1552.
¿Es lo mismo hablar de un 'modelo de urbanismo' que de un 'modelo de urbanidad'? Parece un juego de palabras porque 'urbanismo' y 'urbanidad' tienen un origen remoto en común: el sustantivo latino "urbs", que se traduce como "ciudad". Pero, hablamos de 'urbanismo' para referirnos al "conjunto de conocimientos relacionados con la planificación y el desarrollo de las ciudades", a la "organización u ordenación de los edificios y espacios de una ciudad" y a la "concentración y distribución de la población en ciudades". Entonces, se puede hablar de 'urbanismo de Roma' o de 'congresos de urbanismo'. En cambio, la 'urbanidad' se referirá a las personas y a sus hábitos ya que implica "cortesía, comedimiento, atención y buen modo". Así, se habla de "reglas de urbanidad" para aludir a las formas de comportamiento de las personas.