El pañuelo tiene múltiples usos en cuanto a la higiene de una persona. El pañuelo de tela va perdiendo, en este sentido, injerencia frente al pañuelo de papel, mucho más higiénico y descartable.
El pañuelo tiene múltiples usos en cuanto a la higiene de una persona. El pañuelo de tela va perdiendo, en este sentido, injerencia frente al pañuelo de papel, mucho más higiénico y descartable.
El pañuelo ha servido (sirve) para elevar un canto de alabanza, para agruparse en torno a la alegría o para decir adiós en los andenes.
También ha servido como prenda de elegancia. Recuerdo aquella época en que los hombres andaban con un pañuelo en el bolsillo superior de su saco. En el campo es de uso habitual: difícil encontrar un gaucho sin su pañuelo al cuello. Muchos lo usan para cubrir la cabeza entera, tal vez por una precariedad de cabellos.
Pero el pañuelo ha servido para acciones que no tienen que ver con la higiene. En la cueca es indispensable. La palabra “cueca” deriva del vocablo “clueca” (de la gallina clueca) y dicen, los entendidos que su coreografía es el remedo de lo que ocurre en el gallinero con la persecución que hace el gallo de la gallina. Los pañuelos serían las plumas alzadas al vuelo durante tan efusivos acontecimientos.
En la zamba es indispensable. Una zamba sin pañuelo no es zamba. Se galantea a la moza con el donaire del pañuelo pájaro y ella devuelve los convites con igual galantería. Es hermoso.
Pues ahora el pañuelo se ha transformado en un símbolo, en una identidad. Sirve para fijar posiciones para decirle al mundo qué es lo que pensamos y a qué estamos dispuestos a defender.
Atados al cuello, a las muñecas, y hasta en los tobillos, colgados de carteras y mochilas, dibujados hasta el cansancio en paredes comprometidas, los triángulos de tela ganan cada vez más espacio en nuestras calles.
Esa pequeña prenda es toda una toma de posición, hace notable la pertenencia de sus portadores y su participación en diferentes luchas o empuja hacia la conquista de derechos. El mensaje que transmite es inconfundible y atrae distintos tipos de mensajes según los colores exhibidos. No sólo sirve para limpiarnos la nariz sino para sacarle brillo a nuestra conciencia, a nuestras convicciones.
El verde es la identificación de aquellos que están alineados en la interrupción voluntaria del embarazo; el celeste, por el contrario, va en contra de la legalización del aborto. El naranja es usado como reclamo por la separación del Estado y la Iglesia; el rojo para proponer cambios en el sistema de la adopción, y por supuesto, el blanco histórico de las madres y abuelas de Plaza de Mayo.
Ahora ha llegado a pedir su lugar el pañuelo azul. Cumple con varios propósitos, en defensa de las universidades pública. Otros más altruistas lo toman como un símbolo para la concientización de la diabetes y ahora se emplea también como bandera de pertenencia a la comunidad sorda.
El pañuelo ya no es una prenda de vestir o de higiene, es un sello, una identificación, un modo de decir “yo estoy por esto o por aquello y lo demuestro en todos lados y a toda hora a todos aquellos que gusten mirarme”. No hacen faltas algunas preguntas, el pañuelo las responde por su cuenta.
Faltan muchos colores todavía como para usarlos para identificarnos pero puede llegar el día en el que todos andemos con un pañuelo sobresaliendo de nuestra anatomía y no precisamente porque todos estemos resfriados.