8 de abril de 2026 - 00:15

¿Es moralmente aceptable la eutanasia?

Frente al caso de la joven española, Noelia Castillo Ramos, que acaba de recibir la eutanasia, el autor nos habla del acalorado debate que tal decisión ha generado desde el punto de vista social, legal y religioso. Los planteos a favor y en contra.

En relación con el caso de Noelia Castillo Ramos, de 25 años, que el jueves 26 de marzo recibió la eutanasia, tuve una “discusión”, por llamarla de alguna manera, con mi madre acerca de la moralidad de la eutanasia. Espero poder aclarar este punto a mi madre y, también, al lector interesado en el tema.

Recordemos el caso desgarrador: la joven española fue víctima de una agresión sexual múltiple y, como consecuencia de ese trauma, en octubre de 2022 se arrojó desde un quinto piso para quitarse la vida. Pero aún faltaba lo peor: “sufrió una grave e irreversible lesión medular completa, una paraplejia que le impide moverse de cintura para abajo y le provoca fuertes dolores neuropáticos e incontinencia”, según constató el diario El Mundo. Sí: a la desgracia de haber sido abusada se suma el hecho de que Noelia terminó parapléjica. La vida no es fácil para nadie. Pero para algunos es además trágica y desdichada.

De ahí que la joven, frente a su diagnóstico atroz e irreversible, solicitara la muerte asistida en 2024, lo cual ha generado un acalorado debate desde el punto de vista social, legal y religioso.

Vayamos ahora al punto que discutía con mi madre: ¿es moralmente aceptable la eutanasia? La primera objeción de mi madre fue religiosa: para ella Dios existe y también la vida después de la muerte; en otras palabras —aunque no lo dijo expresamente— quiso decir que Dios da la vida y, por tanto, también la quita a su antojo. Ningún ser humano, en su visión, podría arrogarse la decisión de poner fin a su propia vida. Luego añadió un segundo argumento: que las personas, incluso en las circunstancias más adversas, pueden encontrar sentido a su existencia. Antes de examinar los argumentos a favor de la eutanasia, tratemos de analizar estas objeciones.

Es sabido que muchos cristianos se oponen a la muerte asistida porque, según la Biblia, Dios aparece como dueño de la vida humana. Sin embargo, este argumento suscita varias dificultades. Si se pretendiera condenar la eutanasia apelando directamente a la letra de los textos sagrados, también habría que aceptar otras prescripciones bíblicas que hoy nos resultan éticamente inadmisibles: la legitimación de la esclavitud, la subordinación de la mujer o incluso la pena de muerte por adulterio, blasfemia o por la homosexualidad. El problema, por tanto, no es simplemente lo que dicen los textos, sino la manera en que son interpretados a la luz de una reflexión moral posterior.

Por otra parte, sostener que Dios estaría necesariamente en contra de la eutanasia conduce a una consecuencia difícil de aceptar: convertiría a Dios en un ser que preferiría el sufrimiento insoportable de quienes padecen enfermedades devastadoras o depresiones irreversibles antes que una supuesta falta moral cometida contra Él. Pero si nosotros, simples seres humanos, somos capaces de compadecernos ante el dolor ajeno y de admitir la eutanasia en circunstancias extremas, resulta difícil entender por qué un Dios infinitamente misericordioso no habría de hacerlo. ¿Acaso seríamos nosotros más compasivos que Dios?

Pasemos al segundo argumento de mi madre. Es cierto que una persona, aun en las situaciones más atroces, puede encontrarle sentido a su vida. Y no podemos más que aplaudirla y admirarla. Pero ¿desde cuándo eso es un parámetro para juzgar la vida de los demás? El hecho de que algunas personas sean capaces de sobreponerse al dolor, a la enfermedad o a la pérdida y seguir viviendo con serenidad —incluso con felicidad— no significa que todos deban poder hacerlo. Las experiencias humanas son radicalmente distintas. Allí donde unos encuentran todavía motivos para seguir adelante, otros solo encuentran agotamiento, sufrimiento o una sensación de vacío imposible de soportar.

Por eso, convertir el heroísmo de algunos en una exigencia moral para todos resulta profundamente injusto. Que haya quienes, aun en medio de circunstancias extremas, logren seguir viviendo con sentido es algo digno de admiración; pero no puede convertirse en una vara con la que medir la vida de quienes, en esas mismas condiciones, ya no encuentran ningún sentido en continuar.

Queda, por último, un argumento decisivo a favor de la eutanasia. La vida humana es un bien inmenso, pero precisamente por eso no puede convertirse en una obligación impuesta bajo cualquier circunstancia. Nadie eligió venir al mundo. Mientras la vida conserva para nosotros algún sentido —vínculos, proyectos, algún horizonte de alegría— la defendemos naturalmente. Pero cuando ese horizonte desaparece por completo y la existencia se reduce a un sufrimiento constante e irreversible, no es posible sostener que una persona esté moralmente obligada a seguir viviendo. Reconocer la posibilidad de una muerte voluntaria en situaciones extremas no significa despreciar la vida, sino respetar la dignidad y la libertad de quien, en medio del sufrimiento, desea poner fin a su existencia.

Respetar la vida humana significa, en última instancia, dejar que conserve su humanidad hasta el final.

* El autor es licenciado en Recursos Humanos y docente.

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