La pregunta correcta con relación a la crisis en Ucrania no es si Vladimir Putin se quedará donde está tras tomar Crimea, sino si le será posible no seguir avanzando con las consecuencias imaginables.
La pregunta correcta con relación a la crisis en Ucrania no es si Vladimir Putin se quedará donde está tras tomar Crimea, sino si le será posible no seguir avanzando con las consecuencias imaginables.
Éste no es un dilema que debería suponerse distante. Una conflagración en esa región modelaría al mundo en su fuego. A un siglo del inicio de la Primera Guerra Mundial, el aniversario en julio debería servir para iluminar la cercanía en la que suelen hallarse los abismos.
La forma en que la controversia de Crimea ha dañado la mítica unidad latinoamericana alrededor del contencioso de las islas Malvinas, entrega otra potente advertencia sobre hasta qué punto la realidad global se mide de a metros.
Esta semana los países del ALBA se sumaron en Naciones Unidas al carro de Rusia respaldando el derecho de Moscú a apropiarse de la península ucraniana y haciendo tabla rasa con la estrategia regional de condenar cualquier precedente de anexión territorial por parte de otra potencia.
La propia Argentina habilitó ese paso al abstenerse en un tema crucial para sus intereses junto con Brasil y el resto no caribeño del Mercosur. Los países del Pacífico sostuvieron la mayoritaria postura condenatoria de EEUU y el Norte Mundial.
El resultado fue un espejo regional en pedazos reflejando una multitud errática de miradas donde debería existir sólo una.
Esto sucede, por cierto, en algo más (pero no demasiado más) que apenas el prólogo del conflicto que se ha encendido en la región.
Hacia adelante se erige un vértigo cuya dinámica puede producir movimientos aún más profundos, como una montaña que de pronto se balancea.
El arenero que se ha formado en el área, que se suele simplificar como un regreso de la Guerra Fría, ha construido un equilibrio inestable que depende, como en aquel conflicto, de la tensión mutua establecida entre los dos lados. Si un bando retrocede el otro inevitablemente avanzará.
Para el Kremlin, este trance es aún más existencial porque aunque recuperó iniciativa con el zarpazo sobre su antigua tierra de Crimea, en el balance principal ha perdido.
El líder ruso Vladimir Putin reconstruyó a lo largo de su extenso gobierno la vitalidad política y económica de la Federación Rusa, pero el saldo de este diferendo y su apuro por anexar la península, esmeriló su aspiración de enhebrar los trozos de la antigua Unión Soviética desbaratada cuando aquella guerra oscura se zanjó a favor de Occidente.
Su influencia hoy corresponde sólo a una parte de la Ucrania que antes cabía de modo central en aquel mapa. Ya no hay regreso a la escena previa: la principal ficha en el tablero del Kremlin es impedir que ese país y los restantes donde Rusia asume su patio trasero, como Georgia o Moldavia, pierdan su neutralidad.
Eso sucedería si esas naciones acaban incluidas en la OTAN, la alianza atlántica que retoma la importancia que había perdido las últimas dos décadas tras la debacle del campo comunista.
Esa estructura militar, aunque más raquítica que antes en especial en su chequera, es la herramienta de la tensión con la que el norte mundial pretende cuadrar al Kremlin. La réplica ostensible a esa presión son las versiones de un significativo despliegue de 50.000 o más soldados rusos frente a Ucrania que Barack Obama estimó como ciertas, al reclamar a Moscú un inmediato retiro.
Hasta qué punto Occidente extenderá su frontera por esos suburbios bajo la bandera del acuerdo atlántico, es la incógnita que debería responderse con especial urgencia.
La reconstrucción del antagonismo Este-Oeste suena exagerado, pero es esgrimido en EEUU y Europa como el argumento de legitimación para un avance bíblico, como si hubiera regresado de pronto la bipolaridad y Rusia hubiera dejado de ser un país con una economía más pequeña que la de Brasil y convertido mágicamente en el otro platillo de la balanza del equilibrio global.
Putin en su circunstancia puede apostar a un sinnúmero de escenarios.
Uno de ellos es la previsible furia ciudadana que promete Ucrania, luego de que el FMI le facturara un formidable ajuste a cambio del salvataje que evite la bancarrota. Como un salto entre la sartén y la hornalla, esa crisis social aliviaría la figura satanizada de Putin en ese país.
Pero lo que debe observarse es que el otro bando puede ralentizarse porque hay múltiples intereses que hacen imposible amputar a Rusia de los objetivos más amplios occidentales, desde el nuevo vínculo con Irán a la crisis siria, la contención de China o la salida de Afganistán.
En ese caso, Moscú se planteará si no debería expandirse a nuevos espacios. Lo haría si entiende que debe construir un cordón de seguridad que, a la vez que proteja su proyecto de potencia regional, haga inviable la expansión de la OTAN.
Los halcones en EEUU hablan ya de la necesidad de rearmar los arsenales en los Estados Bálticos, Polonia, Rumania y en el restante puñado de países del entorno moscovita, desde Azerbaiján, aliado carnal de la Turquía integrada a la OTAN, hasta la misma Ucrania, Georgia o Moldavia donde la región del Transdniéster hace 14 años votó en un referéndum por la anexión con Rusia.
Obama alzó la apuesta al plantear que se “garantice una presencia regular de la OTAN entre aquellos Estados que podrían sentirse vulnerables”. Aclaró, al menos, que ni Ucrania ni Georgia “actualmente” van camino a ingresar a la OTAN, pero fue un aviso que el Kremlin no respondió.
La alternativa a este desfiladero es que Washington y Moscú reconozcan que la otra parte tiene legítimas demandas e intereses, lo que abriría un diálogo en la senda que han planteado con un poco más de serenidad figuras como Henry Kissinger o Zbigniew Brzezinski.
En este sentido la revista The Nation recordó, en un comentario de su próxima edición, que Helmut Kohl, el padre de la Alemania reunificada, recelaba de las “grandes omisiones” que notaba en las políticas de la Unión Europea hacia Ucrania y de la “falta de sensibilidad” de la UE en el vínculo con Putin y Rusia.
Quizá lo más grave es que ya entonces el estadista alemán alertaba sobre la imprudencia de una escalada armada.