Un tiempo para olvidar

No es malo que caigan dictadores bananeros como Nicolás Maduro ni lo sería que caiga un régimen lunático y medieval como la teocracia persa. Pero es horrible que sus caídas alimenten el poder de un “egócrata” inmoral como el aspirante a emperador de las Américas.

Los japoneses crearon palabras para llamar fenómenos o momentos que no tienen nombre en los otros idiomas. Komorebi es como llaman al trasluz del sol en las hojas. Y Natsukashii es la palabra que se traduce como “nostalgia dulce” y denomina al instante efímero en que la memoria alumbra un momento feliz, un recuerdo amable, que hace bien.

La deriva distópica en la que ha ingresado el mundo multiplica los conflictos y los peligros de guerras apocalípticas. También multiplica los liderazgos patológicos de un ultra-conservadurismo eufórico que naturaliza la violencia política y el desprecio por los vulnerables y por los que piensan diferente.

Tomando como referencia a Vladimir Putin, por quien abandonó Rusia y se nacionalizó croata, pero también a Donald Trump y la ultraderecha europea, el célebre ajedrecista Garri Kasparov reflexionó sobre la propaganda que moldea esos liderazgos antidemocráticos, llegando a la conclusión de que su “objetivo es agotar el pensamiento crítico y aniquilar la verdad”.

Eso fue lo que logró la propaganda de los totalitarismos marxistas y nazi-fascistas en la primera mitad del siglo pasado, creando gigantescas distopías. Y es lo que está debilitando la democracia liberal y la racionalidad secular en lo que va del siglo en marcha.

Las últimas décadas están eliminando el Natsukashii colectivo. Envejece la parte de la humanidad que vivió momentos alentadores de la historia, como la derrota de la Alemania nazi y del régimen de Mussolini, la caída del Muro de Berlín esparciendo la sensación del fin del totalitarismo, el fin de las dictaduras militares en Latinoamérica; también la liberación de Nelson Mandela y el paso de Sudáfrica de una dictadura racial a una democracia multirracial, entre otros.

Dentro de algunas décadas, sólo habrá jóvenes que recuerden un mundo plagado de guerras y líderes insólitos postulando el triunfo de la mezquindad y la indiferencia. Nuevos conquistadores con delirios imperiales y menos inteligencia y formación que ego y ambición.

Nunca tendrán Natsukashii quienes nacieron cuando el cambio climático se consolidaba debido a la imposibilidad humana de superar un orden mundial inservible para los desafíos existenciales de este tiempo. En la memoria de las últimas generaciones sólo habrá gobiernos y líderes silenciados por poderosos intereses económicos basados en los combustibles fósiles y en otras actividades económicas contaminantes y generadoras de efecto invernadero.

Los pocos líderes que intentaron impulsar acuerdos internacionales para enfrentar el calentamiento global, fueron voces en el desierto finalmente vencidas por líderes “negacionistas” al servicio de los lobbies y los intereses ligados a lo que debía cambiarse para que la humanidad pueda sobrevivir.

Mientras las leyes gravitatorias de la democracia liberal se alteran hasta el punto de potenciar a líderes inconcebibles, que reivindican la crueldad y la discriminación, muchos puntos del planeta incuban guerras potencialmente catastróficas, mientras otros conflictos bélicos siguen su curso destructivo y sin razón.

Rusia continúa practicando un expansionismo que caducó catastróficamente en la segunda mitad del siglo 20 y ahora es reimpulsado por la voluntad de imperar como Pedro el Grande, pero sobre la totalidad de Europa, que moviliza a Vladimir Putin. El imperialismo regional del jefe del Kremlin atrasa, pero logró hacer metástasis en los Estados Unidos, donde Donald Trump ya posa como emperador de las Américas, mientras mantiene su beligerancia en otros puntos del planeta donde regímenes criminalmente represivos, como la teocracia chiita iraní, le dan la excusa para ampliar su gravitación sobre otros países petroleros.

No es malo que caigan dictadores bananeros como Nicolás Maduro ni lo sería que caiga un régimen lunático y medieval como la teocracia persa. Pero es horrible que sus caídas alimenten el poder de un “egócrata” inmoral como el aspirante a emperador de las Américas.

En la memoria de las actuales generaciones jóvenes habrá un mundo de espaldas a los ríos de sangre que corren por Sudán y las masacres del jihadismo en los países del Sahel. También la Franja de Gaza convertida en tierra arrasada y gigantesca tumba de decenas de miles de civiles, que fueron usados por Hamás para demonizar con sus muertes a Israel, y masacrados por orden de los personajes brutales como Netanyahu y la camarilla extremista y criminal que impera sobre los israelíes.

Quizá vean también una guerra entre dos vecinos que siempre fueron aliados: Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos.

Las generaciones que no vieron la derrota de Hitler ni la caída del Muro ni a Mandela saliendo de la prisión de Roben Island, verán la invasión de China a Taiwán, y a Japón enfrentar al gigante asiático, sabiéndose abandonado, igual que Europa, por la potencia occidental que ha tenido como aliada durante casi un siglo.

Más distópico aún: es posible que vean una guerra entre Estados Unidos y la OTAN por el control de Groenlandia. De hecho, ya están viendo al emperador egócrata apuntándoles y diciéndoles a Dinamarca y al resto de Europa “quietos, esto es un asalto, entréguenme Groenlandia”. Y como tiene voracidad por los minerales que el calentamiento global va dejando a cielo abierto por el retroceso de los glaciares, quizá después vaya por el ártico canadiense, ocupando y anexando el resto de su vecino del norte.

Las actuales generaciones verán morir la democracia con que nació Estados Unidos. Salvo que una inesperada reacción del pueblo ruso ante los crímenes del Kremlin haga caer a Vladimir Putin, mientras un juicio político con pruebas de pedofilia, sumado a una reacción de los norteamericanos frente a las señales totalitarias que dan las crueles persecuciones y deportaciones de inmigrantes, hagan caer a Trump y graben en la memoria colectiva la imagen del plutócrata esposado y en el banquillo de los acusados.

Eso haría renacer el Natsukashii.

* El autor es politólogo y periodista.

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