Todavía no está claro, pero todo indica que Argentina, y la vitivinicultura en particular, está iniciando un proceso de concentración. Esta crisis está dejando a muchos fuera del sistema. En el largo plazo habrá que analizar quiénes sobrevivieron y con qué estrategias, pero hay coincidencia en que este es un momento bisagra.
Hay muchas conversaciones en el sector sobre la crisis que atraviesa la vitivinicultura. Los casos de Bodega Norton y Bodega Bianchi funcionan como emblemas visibles, pero detrás hay una realidad más extendida, menos expuesta y mucho más profunda de lo que se admite públicamente. Lo cierto es que la crisis ya dejó fuera de juego a casi 200 bodegas que este año ni siquiera iniciaron la temporada.
Según el parte de cosecha del Instituto Nacional de Vitivinicultura correspondiente a la semana 16, al 22 de marzo había 1.219 establecimientos inscriptos en todo el país, pero sólo 699 estaban elaborando. En otras palabras, 520 bodegas y elaboradoras de mosto —el 43% del padrón— permanecen inactivas mientras la vendimia avanza.
La brecha entre bodegas inscriptas y activas no es nueva. Siempre existió un desfasaje entre las que figuran en los registros y aquellas que efectivamente ponen en marcha sus lagares. Sin embargo, la proporción que muestra 2026 marca un piso histórico. Si se compara con 2025, cuando elaboraron 896 establecimientos, el dato es aún más contundente: casi 200 bodegas dejaron de recibir uva en apenas un año.
El contraste se vuelve más evidente en Mendoza, corazón productivo del vino argentino. Allí, sobre 878 establecimientos inscriptos, sólo 515 están elaborando. Es decir, 363 bodegas —el 41%— no participan de la vendimia esta campaña. En San Juan, si bien el panorama es más moderado en términos relativos, también refleja la tensión del sector: de 150 inscriptas, apenas 72 están activas.
Al desagregar los datos dentro de Mendoza, el impacto se percibe con mayor nitidez. La Delegación San Martín, la de mayor volumen del país, acumula 4,09 millones de quintales a la semana 16, pero tiene 328 establecimientos inscriptos y sólo 197 en actividad. En tanto, la Delegación Mendoza registra 265 elaboradoras sobre un total de 445 inscriptas. No se trata de casos aislados, sino de un fenómeno extendido.
Durante casi una década, entre 2016 y 2025, la cantidad de bodegas elaboradoras se mantuvo relativamente estable, en una franja que osciló entre 856 y 896. Esa estabilidad se quebró este año: los 699 establecimientos en actividad implican una caída de 197 unidades productivas respecto del pico reciente.
Las causas de este quiebre son múltiples y, sobre todo, convergentes. El mercado interno continúa en retroceso: en 2025 el consumo cayó 2,7% y el consumo per cápita se ubica en torno a los 16 litros, su nivel más bajo histórico. A esto se suma el frente externo: las exportaciones de vino cerraron el año con una baja del 6,8%, con caídas del 4,6% en el fraccionado y del 13,6% en el granel.
El resultado es un cuello de botella difícil de descomprimir. Las bodegas acumulan stock, los precios en góndola encuentran límites para ajustarse en un contexto de demanda retraída, los costos continúan presionando y el mercado no logra absorber lo que se produce. En ese escenario, muchas optan por no elaborar directamente, antes que asumir pérdidas mayores.
Lo que hasta hace poco era interpretado como una oscilación más del ciclo vitivinícola empieza a mostrar rasgos de algo distinto: una reconfiguración estructural. Menos actores, mayor selectividad, escalas que se vuelven determinantes para sobrevivir.
La pregunta, entonces, deja de ser coyuntural y pasa a ser de fondo: ¿estamos frente a una crisis transitoria o ante el inicio de un proceso más profundo? ¿No será, en definitiva, el comienzo de una concentración inevitable, como ya ocurrió en otras industrias?
El proceso de abandono de viñedos y, en algunos casos, de reconversión hacia otras producciones comenzó hace mucho tiempo en el eslabón más débil de la cadena: el productor. No es novedad ver estructuras con rindes por debajo de lo recomendado y unidades productivas en modo supervivencia. Pero desde hace años también se observa el ajuste en el sector industrial.
Muchos optimistas estiman que, como este es un mercado de elaboración, es probable que a mitad de año el precio del vino repunte y, con ello, mejore la cuenta final de las bodegas. A esta altura de la vendimia, y con los datos disponibles para analizar, parece una apuesta compleja.
* La autora es periodista. [email protected]