Fue el año en el que Latinoamérica vio la muerte y resurrección de Javier Milei. Una seguidilla de escándalos de corrupción manchó al presidente y a su poderosa hermana. Posteriormente, el oficialismo sufrió duras derrotas en las urnas correntinas y bonaerenses. A renglón seguido, el país quedó al borde de un colapso financiero del que fue rescatado por Donald Trump. Pero en los comicios legislativos que parecían un certificado de defunción política, lo que se produjo fue el milagro de la resurrección de Milei por obra y gracia del presidente norteamericano.
Trump hizo el milagro al pronunciar la fatal advertencia: si el gobierno pierde estas elecciones “nosotros nos retiramos”, o sea, olvídense del rescate mega-millonario cuyo mero anuncio evitó el colapso financiero.
A partir de esas palabras, el voto de millones de argentinos ya no tenía que ver con apoyar o castigar al presidente ni con compartir o no su ideología, sino con conjurar una de esas hecatombes que han vivido tantas veces y que los pone en pánico recordar.
Lo extraño fue que Milei se enorgulleciera de una victoria en la que no tuvo mérito. En todo caso, Trump tuvo derecho a enorgullecerse por haber ganado una elección en otro país.
En el resto de la región el 2025 terminó con dos ultraderechistas electos presidentes y con un flamante mandatario centrista que se peleó en tiempo récord con su vicepresidente y se distanció del partido con el que ganó la elección.
En Honduras, el candidato del conservador Partido Nacional, Nasry Asfura, con un desmesurado apoyo de Trump, terminó siendo declarado ganador tras un interminable escrutinio que dejó más dudas que certezas sobre el resultado de la elección presidencial. Lo único que quedó en claro es la derrota del oficialismo, cuya candidata, Rixi Moncada, designada a dedo por el ex presidente Manuel Zelaya y apoyada por su esposa y actual presidenta, Xiomara Castro, quedó en un remoto tercer puesto.
La duda está en cómo exactamente se dividieron el 80% de los sufragios los dos candidatos que quedaron cabeza a cabeza hasta el recuento del último sufragio. Según el resultado oficial, Salvador Nasralla, del centroderechista Partido Liberal, quedó menos de un punto por debajo de Asfura. Y la injerencia de Trump en este proceso electoral fue tan alevosa que justifica la sospecha que quedó flotando cuando, casi un mes después de la votación, se anunció el resultado oficial.
El otro presidente electo ultraconservador surgió de las urnas de Chile, donde también gobernaba la izquierda, pero no sectaria y populista como la hondureña, sino una izquierda anti-sistema que, con Gabriel Boric en la presidencia, acabó gobernando de manera moderada, sin propaganda ideológica y sin fomentar odio y polarización.
La polarización ocurrió en la interna de la coalición gobernante cuando se impuso como candidata la dirigente del Partido Comunista Jeannette Jara. Ella ganó la primera vuelta, pero seguida por quien, en el ballotage, absorbería los votos del candidato libertario Johannes Káiser y de la derechista moderada Evelyn Matthei. Por eso no hubo sorpresa en que el segundo en la primera votación, José Antonio Kast, se impusiera holgadamente en el ballotage.
De este modo, por primera en democracia llega a la presidencia de Chile un conservador de posiciones extremistas. Por cierto, Pinochet también lo fue, pero no llegó al poder por las urnas sino por un golpe de Estado y gobernó con una dictadura.
Boric fue un presidente moderado. Ahora se verá si Kast da la misma sorpresa. ¿Gobernará como ultraderechista o retomará la centroderecha con que gobernó Piñera?
En Bolivia, por el contrario, la opción centrista venció primero a la izquierda populista de Luis Arce y de Evo Morales, y en el ballotage a la derecha dura que siempre representó Jorge Quiroga.
El triunfo de Rodrigo Paz también fue una sorpresa por haber ganado la elección como candidato del Partido Demócrata Cristiano (PDC), una fuerza política que lleva décadas en vía de extinción en Europa y Latinoamérica.
Pero la sorpresa mala no tardó en llegar: el vicepresidente Edmond Lara rompió públicamente con el hombre al que acompañó en la fórmula vencedora y le declaró una suerte de guerra política.
No es novedoso que un presidente y su vicepresidente se enfrenten entre sí. Más bien parece la regla. Alberto Fernández y Cristina Kirchner se enzarzaron en una pelea bochornosa, igual que ahora Milei con Victoria Villarruel. Y uno de los casos más resonantes en los últimos tiempos fue el del presidente ecuatoriano Daniel Noboa y su vicepresidenta Verónica Abad.
Noboa inicia el segundo año de su segunda presidencia, tras haber derrotado por segunda vez al correísmo. De ese modo se consolida en Ecuador la derecha dura y trumpista que puso fin al poderío electoral de la izquierda populista y autoritaria que lidera Rafael Correa.
En Uruguay, por el contrario, al gobierno centroderechista y moderado de Lacalle Pou lo siguió la moderada centroizquierda del Frente Amplio y el ganador de la elección del 2025: Yamandú Orsi.
Uruguay y Bolivia están, de momento, entre los pocos países gobernados por líderes centristas. En el caso boliviano resulta preocupante que, a renglón seguido de la ruptura con su vice, Rodrigo Paz haya forjado un acuerdo para las elecciones autonómicas que incluye al Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) con que gobernó en los ’80 su padre, Jaime Paz Zamora, y al líder derechista de Santa Cruz, Luis Camacho, dejando afuera nada menos que al partido con el que llegó a la presidencia: el PDC.
* El autor es politólogo y periodista.