La película que escribió y protagonizó Sylvester Stallone y dirigió John Avildsen en 1976 llegó a clásico del cine porque aborda una épica bélica que atraviesa la historia. La del más débil que afronta al más poderoso.
La lógica estratégica de Irán al atacar a sus países vecinos es hacer que esas monarquías árabes entren en pánico y reclamen a Trump y a Netanyahu que acabe la guerra cuanto antes.
La película que escribió y protagonizó Sylvester Stallone y dirigió John Avildsen en 1976 llegó a clásico del cine porque aborda una épica bélica que atraviesa la historia. La del más débil que afronta al más poderoso.
En Rocky I, el éxito o el fracaso de cada uno de los contrincantes estaba determinado por quien alcanzaba y cual no el objetivo que se había propuesto y que los espectadores del combate esperaban de cada uno. Al supercampeón Apolo Creed tenía que lograr lo que se supone lograría: noquear en el primer o segundo round al contrincante, un boxeador marginal elegido como presa fácil para el favorito en todas las apuestas. Para Rocky Balboa, ese desafiante elegido como “paquete” para ser derribado en el inicio de la pelea, la victoria se medía en la cantidad de rounds que pudiera mantenerse en pié. Como el boxeador que inventó y encarnó Stallone llegó en pié y lanzando golpes al campanazo del último round, aunque en el puntaje de los jueves ganó Apolo Creed, en la sensación dominante el gran ganador fue el desafiante que logró llegar hasta el final.
A diferencia de Balboa, que era humilde y bondadoso, el régimen iraní es una dictadura oscurantista, fanática y criminal, pero en esta guerra está en la situación de Rocky.
Los Apolo Creed de esta guerra son Netanyahu y Donald Trump, con sus enormes arsenales de misiles y drones, sus poderosos escuadrones de cazabombarderos y el imponente despliegue naval norteamericano. El objetivo que proclamaron y que la sensación general del mundo dio como descontado cuando el primer ataque decapitó la teocracia chiita matando al líder supremo Alí Jamenei, era la destrucción total del régimen o su capitulación incondicional suplicando a sus vencedores no recibir el tiro de gracia. En cambio, el objetivo del régimen es mantenerse respondiendo ataques con ataques sin capitular ni ser destruido.
Con esos parámetros de la victoria y el fracaso, el conflicto pasó por tres etapas en un tiempo récord. La primera fue una ola de certeza sobre una inminente victoria israelo-norteamericana porque el primer ataque decapitó al régimen y los inmediatos posteriores evidenciar el control del espacio aéreo iraní por parte de estadounidenses e israelíes y la destrucción de cantidad de blancos militares importantes. La segunda etapa fue la desconcertante estrategia que puso en marcha el régimen, como marchando a contramano de la lógica estratégica.
En una guerra, lo primero que hace el país que enfrente a un enemigo súper-poderoso, es salir a buscar aliados, pero el régimen iraní hizo todo lo contrario: salió a multiplicar sus enemigos.
¿Por qué atacar a los países árabes que estaban pidiendo a Trump y a Netanyahu que no inicien una guerra? La respuesta: no es por las bases norteamericanas que están en esos países. Omán no tiene bases y lo mismo fue blanco de ataques iraníes.
La lógica estratégica es hacer que esas monarquías árabes entren en pánico y reclamen a Trump y a Netanyahu que acabe la guerra cuanto antes. Y la lógica de atacar Chipre, o sea Europa; Turquía (Europa y la OTAN) y Azerbaiyán (Asia Central), así como el bloqueo del estrecho de Ormuz, es crear un incendio de dimensiones apocalípticas para que su impacto negativo en la economía global genere presiones externas e internas sobre la Casa Blanca para que Trump cese el fuego lo antes posible.
En síntesis: la estrategia del régimen iraní es crear un caos global para refugiarse en él hasta que el conflicto acabe, sin haberse rendido ni destruido. En el camino debe dar señales desafiantes, como la unción de Muqtada Jamenei a pesar de la advertencia de Trump.
El hijo del ayatola muerto en el primer bombardeo tenía muchas trabas para llegar al liderazgo. Empezando por no ser un ayatola y no haber alcanzado en sus estudios teológicos el grado de Marja al-Taqlid (fuente de emulación), ni de jurisconsulto experto en sharia.
Ni siquiera ser hijo del líder anterior lo beneficiaba, porque el régimen de los ayatolas se jactaba de haber acabado con el traspaso del poder de manera hereditaria, de padre a hijo, como era en la monarquía a la que derrotó el ayatola Jomeini.
Lo que lo catapultó al trono que dejó baldío la muerte de su padre, fue que apareciera públicamente Donald Trump advirtiendo a los ayatolas que no se les ocurriera nombrar como nuevo líder supremo a Muqtada. En ese momento, los que se oponían a su encumbramiento no tuvieron más alternativa que ungirlo nuevo líder, porque ungir a otro habría sido visto en Irán y en el mundo como el cumplimiento de la orden que les había dado el líder enemigo.
Quizá Muqtada murió en el ataque que mató a toda su familia, o quedó tan malherido que no puede aparecer en público ni liderar el país. Pero el régimen puede hacer de cuenta que vive y lidera, mientras la cúpula de los pasdarán (cuerpo militar de la Guardia de la Revolución Islámica) sigue conduciendo esta guerra.
En esta tercera etapa, la sensación general viró desde ver una clara ventaja norteamericana-israelí, a sospechar que el régimen iraní puede lograr su objetivo de prolongar el conflicto atacando a sus enemigos hasta que la presión interna y externa haga desistir a Trump. O sea, como Rocky Balboa, llegar de pie y lanzando trompadas hasta el campanazo final.
* El autor es politólogo y periodista.