31 de octubre de 2026 - 00:15

Stefan Zweig, el de los libros

Stefan Zweig defiende la tesis de que los libros no sólo se escriben para ser leídos o disfrutados, sino para unir a los seres humanos y así defendernos de la inexorable fugacidad y olvido de toda existencia.

    La Europa del siglo XX ha dado al mundo escritores notables por su estilo, profundidad, producción y belleza literaria, cuya estética narrativa puede considerarse hoy dentro del canon literario de ‘clásicos’. Uno de ellos ha sido el escritor austríaco Stefan Zweig, cuyo legado alcanzó diversos géneros como la poesía, los ensayos, el cuento, las obras de teatro y el género biográfico, este último con una enorme cantidad de personajes literarios, artísticos y políticos. Llegó a ser uno de los escritores más conocidos y traducidos en la primera mitad del siglo XX. Entre sus obras más celebradas tenemos las novelas Carta de una desconocida de 1922 y Novela de ajedrez de 1942; respecto a sus ensayos, se podría citar Momentos estelares de la humanidad de 1927 y, de sus biografías, Tres maestros (Balzac, Dickens, Dostoievski) de 1920, entre otras. También es muy conocida su autobiografía publicada póstumamente, titulada El mundo de ayer. Memorias de un europeo de 1942.

    Una de las características de su obra fue su amor literario por los libros, como lo demuestra con su ensayo titulado Encuentros con libros, donde dice: “En esos raros momentos de reflexión lo miramos con respeto y somos conscientes de la magia que insufla a nuestra alma, de la fuerza que proyecta sobre nuestra vida, de la importancia que hoy, en el siglo XX, tiene el libro, hasta el punto de no poder imaginar nuestro mundo interior sin el milagro de su existencia”. Tópico reiterado en su novela Mendel, el de los libros, que hemos utilizado para graficar en el título el motivo de esta nota: Stefan Zweig, el de los libros, para representar a un hombre enamorado del libro como símbolo y apertura al mundo.

    En el presente artículo, quisiéramos reflexionar sobre el aprecio, el valor y la defensa de los libros, de esa “extensión perdurable de la imaginación y de la memoria, …de todo el pasado”, como le gustaba decir a Jorge Luis Borges, como un tributo y un reconocimiento al autor europeo.

    El libro como acceso al mundo

    En un párrafo hermoso, lleno de sentido y aprecio, el autor nos dice: “Desde que existe el libro, nadie está ya completamente solo, sin otra perspectiva que la que le ofrece su propio punto de vista, pues tiene al alcance de su mano el presente y el pasado, el pensar y el sentir de toda la humanidad. En nuestro mundo de hoy, cualquier movimiento intelectual viene respaldado por un libro; de hecho, esas convenciones que nos elevan por encima de lo material, a las que llamamos cultura, serían impensables sin su presencia”. Como se puede ver, el libro, para el autor, no representa solo un recurso artístico, de gozo y placer, sino un acceso al mundo; pasado, presente y futuro, cuyo cultivo ha cosechado la cultura europea y americana.

    Su experiencia personal sobre la educación media recibida en Viena no fue buena y tuvo que canalizar sus inquietudes intelectuales en otros lugares. En su libro El mundo de ayer. Memorias de un europeo, nos cuenta esa experiencia: “…no oímos nada nuevo ni nada que se nos antoje digno de saber, mientras que afuera palpitaba una ciudad llena de incentivos sugerentes, una ciudad con teatros, museos, librerías, universidades, música y que cada día proporcionaba nuevas sorpresas. De esta manera, nuestro afán de aprender, que estaba estancado, nuestra curiosidad intelectual, artística y de ocio… nos lanzó a una búsqueda apasionada de todo aquello que se producía afuera”.

    En otro apartado de su autobiografía afirma: “...leíamos, leíamos todo lo que nos caía en las manos. Sacábamos libros de todas las bibliotecas públicas y, unos a otros, nos dejábamos prestados los hallazgos que conseguíamos encontrar. Pero la mejor academia, el lugar donde mejor se informaba uno de todas las novedades, era el café”. Efectivamente, el café vienés era una de las instituciones culturales más importantes donde no solo se disfrutaba de buena compañía y se informaba sobre los acontecimientos del mundo, sino que a través del diálogo se iban saboreando las palabras, las poesías, las percepciones artísticas y musicales, donde el café vienés era aquello que promovía esa atmósfera intelectual que pudo capitalizar y gozar durante toda su vida, pero sobre todo en su querida infancia.

    Esa capacidad de entusiasmo le permitió al escritor vienés una experiencia literaria sin parangón desde muy joven. Todo era motivo para hablar de literatura, de cuadros, de filosofía, de música, de poesía; cualquiera fuera el lugar, el tiempo y el público en el que estuviera, con o sin amigos, en un grupo reducido o amplio, nada de eso era sustancial. Lo importante era ese diálogo sostenido en el tiempo donde la belleza estética del arte era la medida del tiempo y el escenario que lo cobijaba. Todo ello se podría resumir en una frase: ‘exaltación de la pasión literaria’, que reitera en algunas de sus obras llenas de emoción y regocijo espiritual.

    El libro, ser animado dotado de voluntad que sale a nuestro encuentro

    El autor, desde muy joven, había podido escribir y publicar muchos de sus libros; por eso conocía esa misteriosa transformación que experimenta un escritor cuando una idea burdamente concebida empieza a tener forma, vida propia, y las posteriores fases por las que atraviesa hasta que termina transformándose en ese objeto que llamamos libro. En esa experiencia, él pudo observar que: “…ese producto al que le asignamos un precio y que colocamos como una mercancía más tras el cristal de un escaparate, como si no tuviera alma, cuando, en realidad, cada ejemplar, aunque se compre y se venda, es un ser animado, dotado de voluntad, que sale al encuentro del que lo hojea por curiosidad, del que lo termina leyendo y, sobre todo, del que no sólo lo lee, sino que también lo disfruta”.

    Ese vínculo que se genera con el libro, con ese ser animado dotado de voluntad que sale a nuestro encuentro, es lo que ha convertido a la lectura en otra función vital, casi automática y física. En este sentido, afirma: “Del mismo modo que no somos conscientes del oxígeno que introducimos en nuestro organismo cada vez que respiramos ni de los misteriosos procesos químicos con los que nuestra sangre aprovecha este invisible alimento, tampoco advertimos la materia espiritual que absorben nuestros ojos y que nutre (o debilita) nuestro intelecto continuamente”.

    Esa función vital se puede apreciar en la ampliación de miras que permite la lectura y su apertura al mundo, dilatando la existencia con otras vidas en el tiempo y en el espacio. Al respecto, dice: “El poder del libro para expandir el alma, para construir el mundo y articular nuestra vida personal, nuestra intimidad, suele pasarnos desapercibido salvo en raras ocasiones, y cuando cobramos conciencia de su importancia, tampoco lo manifestamos”.

    Libros, fugacidad y olvido

    En Mendel, el de los libros, Zweig narra ese culto a los libros a través de la historia de Jacobo Mendel, que leía en uno de esos típicos cafés de arrabal de la antigua Viena, donde uno respiraba cultura y una cierta distinción intelectual. En ese café lo conoció y pudo observar cómo un hombre leía con un ensimismamiento tan fuera de lo común que no parecía humano. En un pasaje notable, afirma: “En Jakob Mendel, aquel pequeño librero de viejo Galitzia, contemplé por primera vez, siendo joven, el vasto misterio de la concentración absoluta, que hace tanto al artista como al erudito, al verdadero sabio como al loco de remate, esa trágica felicidad y desgracia de la obsesión completa”.

    En dicha obra, además de narrar el encuentro con ese ser increíble, lleno de misterio y admiración, el autor defiende la tesis de que los libros no sólo se escriben para ser leídos o disfrutados, sino para unir a los seres humanos y así defendernos de la inexorable fugacidad y olvido de toda existencia. Tomemos entonces esta máxima y recurramos a los libros para lograr, a través del encuentro literario, una existencia llena de vida, plenitud, goce y humanidad.

    * El autor es docente Universitario UM – UNCuyo.

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