Planificar para el largo plazo, ¿buena o mala idea?

Son tantas las dudas que es inevitable plantearse si realmente es posible elaborar y, sobre todo, ejecutar planes.
Son tantas las dudas que es inevitable plantearse si realmente es posible elaborar y, sobre todo, ejecutar planes.

Son tantas las dudas que es inevitable plantearse si realmente es posible elaborar y, sobre todo, ejecutar planes.

Pensar, planificar y actuar mirando el largo plazo es siempre una práctica beneficiosa, sobre todo para aquellos sectores que tienen aspiraciones de crecimiento para el futuro. En Mendoza se han desarrollados clústers de ciruela, de durazno y de frutos secos, entre muchos otros, a lo que se suman los planes estratégicos sectoriales, como el impulsado por la vitivinicultura, primero a 2020 y ahora a 2030.

El problema, es que estamos en un país muchas veces impredecible, que no ofrece garantías de estabilidad económica, política ni institucional. Hoy mismo hay incertidumbre respecto de qué va a pasar con el dólar, de cuánto será la inflación del año que viene, cómo se comportarán las tasas de interés y hasta qué ocurrirá con las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional.

En ese escenario es muy difícil planificar, incluso para el corto plazo. Son tantas las dudas que es inevitable plantearse si realmente es posible elaborar y, sobre todo, ejecutar planes cuyos objetivos se piensan cumplir dentro de diez, quince o veinte años.

En la práctica se puede ver con facilidad que, salvo excepciones, no hay inversiones significativas en Argentina que apuesten a negocios de largo plazo, como sí las hay en otros países del mundo y de la región. Sin embargo, esto no quiere decir que no se pueda, ni se deba planificar para dentro de una década o dos. De hecho, algunos economistas advierten que la solución a los grandes problemas estructurales del país requieren del sostenimiento de ciertas políticas públicas en el largo plazo.

En la administración pública es más difícil de lograr, porque los cambios de gobierno suelen implicar un “borrón y cuenta nueva” que atenta contra las políticas de Estado pero, a nivel privado, sí puede haber consenso para que al menos todos apunten en la misma dirección.

Sortear las crisis y las fluctuaciones económicas constantes es un desafío enorme pero, si todos los actores de una misma cadena saben a dónde hay que ir, el camino se vuelve más claro y menos peligroso.

En resumen, la “niebla” que provoca la inestabilidad del país no debe generar temor. Hay que seguir la brújula e ir en busca de objetivos claros, que garanticen algún nivel de desarrollo sin importar qué pase en el camino.

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