Milei y la política en primera persona

Es grave que, movido por sus pulsiones, el presidente hable todo en nombre propio. Ahora, en medio de una guerra de consecuencias todavía impredecibles, posiciona a la Argentina sin consultar al Congreso. Además, Milei no tiene alianzas estratégicas con Israel y Estados Unidos sino con Netanyahu y Trump.

En “El Arte de la Guerra”, Sun Tzú explicó que el mayor logro estratégico en un conflicto es derrotar al enemigo sin haber luchado.

La captura de Maduro y la conversión del régimen chavista en subordinado de Washington es un ejemplo de lo que explicó el gran filósofo y estratega de la antigua China. Pero Trump no consiguió una Delcy Rodríguez en el régimen de los ayatolas.

Israel es de los pocos países con capacidad de lograr ese tipo de victoria. Ostenta un récord imbatible de eliminaciones selectivas de líderes y figuras claves en bandos enemigos. Pero el régimen y las fuerzas militares iraníes están preparados para que una cabeza reemplace inmediatamente a la cabeza amputada.

Israel no tiene apuro para alcanzar su objetivo, que es la destrucción total o la mayor devastación posible del régimen iraní y su aparato de guerra. Trump sí tiene apuro, porque este conflicto lo está complicando políticamente. Por eso comenzó a pedir ayuda a otros países.

Después de años denostando a los líderes europeos y a la OTAN, Trump les pidió que manden buques de guerra a desbloquear el Estrecho de Ormuz, y se encontró con el rechazo que se merecía. Sembró vientos y ahora recoge tempestades. Tampoco Australia y Japón le responden como él necesita. Pero Javier Mileí tiene que cuadrarse y decir “yes sir” a lo que le pida.

Menem se cuadró cuando George Herbert Walker Bush le pidió sumarse a la operación para liberar Kuwait del invasor iraquí. Allá fueron las fragatas Spiro y Almirante Brown. Pero aquella fue una coalición internacional inmensa que actuó con mucho consenso del mundo. Mientras que la guerra actual es cosa de Trump y (por razones más entendibles) Netanyahu.

Milei obedece porque Trump lo salvó de una derrota electoral cantada al anunciar un salvataje megamillonario y luego enviar un mensaje extorsivo a los votantes: si Milei pierde esta elección de medio término, olvídense del dinero.

A esa deuda política se suma la admiración que le profesa y declara todo el tiempo. Por eso está situando el país en la trinchera de Trump; esa en la que Europa y la OTAN rechazan ingresar.

Desde el primer día, el presidente argentino hizo política exterior en primera persona. Atacó a Xi Jinping calificándolo de “comunista”; a Gustavo Petro diciéndole “terrorista asesino”; a Lula llamándolo “comunista y ladrón” y a López Obrador llamándolo “ignorante”, además de ensañarse con Pedro Sánchez. También viaja todo el tiempo al exterior para subir a cuanto escenario ultraderechista se pone a su alcance.

Ahora, en medio de una guerra de consecuencias todavía impredecibles, posiciona a la Argentina sin consultar al Congreso y respondiendo a sus impulsos y excitaciones del momento.

Es grave que, movido por sus pulsiones, el presidente hable todo en nombre propio. Y pueden ser muy graves las consecuencias. Resulta peligroso que se exprese a sí mismo en instancias en que sólo cabe expresar a la sociedad que representa.

“No me cae bien Irán” dijo en la universidad neoyorquina Yeshiva, y añadiótengo una alianza estratégica con Israel y con Estados Unidos”. Esos “ me” ytengo deberían activar alarmas. Actúa como soberano siendo un mandatario que, en una democracia, debe cumplir el mandato que le confirió la sociedad.

En ese mandato no figuran los posicionamientos que hace del país actuando en nombre propio. En rigor constituyen una aberración política en los parámetros liberal-demócratas y una irresponsabilidad en términos geopolíticos.

Milei no tiene “alianzas estratégicas con Israel y Estados Unidos” sino con Netanyahu y Trump. Si en las próximas elecciones israelíes y norteamericanas vuelven gobiernos de centroizquierda en ambos países, el presidente entenderá que no se identifica con los Estados que menciona sino con los líderes ultraconservadores que hoy los gobiernan.

Una cosa es mantener la denuncia contra el régimen iraní por su relación con los atentados en Buenos Aires y otra muy distinta es que haya sensatez, inteligencia y responsabilidad en actuar en nombre propio en un escenario con tantos riesgos. La respuesta de la teocracia persa fue amenazante y, por sus antecedentes, debe ser tomada en serio.

Argentina debe estar más cerca de una democracia que de una teocracia oscurantista como la iraní. Pero poner el país en el escenario de un conflicto tan peligroso argumentando la oscuridad de la teocracia persa resulta controversial. Con el argumento de enfrentar regímenes villanos, debería enviar tropas a defender Ucrania y ayudar a Pakistán en su guerra contra el demencial régimen afgano. Quizá Milei lo haría, pero no por lo lunático, oscurantista y criminal que es el régimen Talibán, sino por ser obediente con lo que pide Trump. Por eso dijo lo que dijo sobre esta guerra, hablando en primera persona y con total espontaneidad.

En una recepción de embajadores extranjeros, la princesa Margarita Windsor pidió atención para leer el breve saludo protocolar que Buckingham le había dado. Pero, con la frescura de su juventud, en lugar de leerlo improvisó unas palabras que brotaron espontáneamente y sonaron cálidas y amables.

Al otro día la visitó el primer ministro y le preguntó por qué no había leído el mensaje que le encomendaron. Ella respondió: “quise ser auténtica”. Entonces Churchill volvió a preguntar: “¿y quién le dijo que su rol cuando representa al Estado es ser auténtica?”.

Si en Argentina hubiera alguien en la oposición o en el oficialismo que entendiera la democracia y el Estado como los entendía aquel estadista británico, le preguntaría lo mismo a Milei cada vez que hace política en primera persona.

* El autor es politólogo y periodista.

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