Vuelve a ponerse sobre la mesa el tema Malvinas. Por parte de Argentina, no sorprende. Lo que irrita es la regularidad con que nuestros presidentes y sus secuaces descubren la cuestión cuando sus reelecciones empiezan a tambalearse. Es un recurso viejo como el mundo: si las castañas se queman adentro, busquemos un enemigo afuera para sofocar el incendio.
Y así, los verdaderos patriotas se ven en la abyecta compañía de los oportunistas a quienes Malvinas les importa un carajo, y usan la causa como excusa de sus divagaciones reeleccionarias. Y del lado de los piratas ingleses, las cosas no pintan mejor. Los ingleses de hoy, azotados desde hace décadas por el wokismo, parecen haber perdido hasta el gusto por la franqueza. Si quisieran defender las Malvinas como auténticos patriotas, podrían decir sencillamente: las islas son nuestras porque las ganamos en una guerra. Es un argumento brutal, pero al menos es un argumento. La guerra ha sido, durante buena parte de la historia, un modo de conquistar territorios, aunque eso no convierta la conquista en moralmente plausible.
Pero no. Londres prefiere un argumento más elegante: las islas son británicas porque sus habitantes quieren ser británicos. O sea, el árbitro “imparcial” para decidir el asunto es parte del problema.
Esto no resuelve nada. Si la voluntad de quienes ocupan un territorio fuera suficiente para decidir su soberanía, cualquier conquista podría terminar legitimándose mediante un plebiscito entre los conquistadores.
Supongamos que los marroquíes continuaran con su invasión de Ceuta, expulsaran a sus habitantes españoles y poblaran sus casas con ciudadanos marroquíes. Pasados unos años, éstos votan masivamente que quieren seguir siendo marroquíes. ¿Habría que concluir que Ceuta dejó de ser española porque sus nuevos habitantes así lo decidieron?
El absurdo salta a la vista.
Por eso sería preferible que Londres terminara con sus fábulas progresistas políticamente correctas y defendiera su posición con honestidad: las Malvinas son británicas porque Gran Bretaña las ocupa después de una guerra y está dispuesta a defender esa ocupación. Es una posición discutible, incluso moralmente incómoda. Pero, por lo menos, no pretende convertir al ocupante en árbitro de su propio derecho.
Y quizá ésa sea la diferencia entre el cinismo argentino y la hipocresía británica: unos invocan Malvinas cuando necesitan votos; los otros invocan a los isleños cuando necesitan justificar la ocupación y tienen miedo de llamar a las cosas por su nombre. De estas dos posiciones, me atrevería a decir que, si los ingleses insisten con su argumento pueril, no veo tan lejos que podamos volver a cantar, como Atahualpa Yupanqui: “Ay hermanita perdida / Hermanita: vuelve a casa”. Y esta vez con esperanza de ser escuchados.
* El autor es académico argentino en la Universidad Gabriela Mistral Santiago de Chile.