8 de junio de 2026 - 17:37

Luces y sombras de una recuperación

La recuperación está liderada por sectores intensivos en recursos naturales con alta productividad y baja generación de empleo masivo. La demanda interna mejora de manera gradual pero sin el impulso necesario para generar un círculo virtuoso que se retroalimente.

Profesor de la Universidad del CEMA

La economía argentina de mediados de 2026 presenta una dualidad que resulta difícil de simplificar en un solo titular. Hay datos genuinamente positivos que merecen ser reconocidos sin condescendencia. Y hay señales de fragilidad que merecen ser nombradas sin catastrofismo. La tarea del análisis es distinguir unos de otros con precisión, porque de esa distinción depende buena parte del pronóstico sobre lo que viene.

En el frente de la actividad, el dato más relevante es el rebote del EMAE en marzo de 2026: el indicador mensual de actividad económica subió 5,5% interanual y 3,5% mensual desestacionalizado, compensando la caída acumulada de enero y febrero. Mirado en perspectiva, la economía argentina atravesó cuatro etapas bien diferenciadas desde que asumió esta administración. Una caída inicial entre noviembre de 2023 y abril de 2024, asociada al fuerte ajuste fiscal; un rebote entre abril de 2024 y febrero de 2025; un amesetamiento entre febrero y noviembre de 2025, en plena tensión cambiaria preelectoral; y una mejora moderada desde noviembre de 2025, con una expansión acumulada en cinco meses de 1,8%, equivalente a un ritmo anualizado de 4,4%. La recuperación no es uniforme. Los sectores que traccionan con más fuerza son los vinculados a recursos naturales —agropecuario, energía y minería—, que entre los tres explican más de 2 puntos porcentuales del crecimiento interanual de marzo. Construcción y manufactura también aportaron, pero la actividad de abril llegó floja, y el arranque de mayo tampoco fue alentador.

En el frente externo, los números son más contundentes. En abril, las exportaciones alcanzaron un récord de 8.914 millones de dólares, con un salto de 33,6% interanual, mientras las importaciones caían 4%. El superávit comercial del mes llegó a 2.711 millones de dólares, acumulando 8.277 millones en el primer cuatrimestre de 2026. Lo que distingue a este resultado es que la mejora no fue solo de precios: el tonelaje exportado creció en todos los rubros, lo que indica un aumento genuino de volumen y no una mera ganancia estadística por el alza de los commodities. A eso se suma una cosecha agrícola que apunta a niveles sin precedentes: la proyección oficial para los cuatro cultivos principales —maíz, trigo, soja y girasol— fue revisada al alza a 155,2 millones de toneladas, con el maíz alcanzando un estimado récord de 70 millones de toneladas, ampliamente por encima del pico histórico anterior de 60,5 millones.

El Banco Central capitalizó ese excedente comercial con una efectividad notable. En mayo compró 2.601 millones de dólares, acumulando casi 10.000 millones en lo que va de 2026, con 99 ruedas consecutivas de saldo positivo. Bajo la metodología del FMI, la acumulación de reservas netas llegó a 6.081 millones de dólares, a solo 1.919 millones de la meta anual, con la meta de junio ya sobrecumplida. Las reservas brutas rondan los 48.427 millones y las líquidas los 24.000 millones. El dato negativo dentro de este cuadro es que las reservas netas siguen siendo negativas en 9.407 millones, lo que limita la posición real del BCRA a pesar de la acumulación reciente.

En el plano financiero, el riesgo país perforó los 500 puntos básicos, lo que empieza a acercar al soberano a condiciones de emisión más razonables. Las provincias ya funcionan como termómetro de esa mejora: colocaron 2.250 millones de dólares en los primeros cinco meses de 2026, el mayor ritmo en casi una década. Ciudad de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, Entre Ríos y Chubut emitieron en el mercado internacional a tasas de entre 7,4% y 9,6% anual. La variable a monitorear es si el riesgo país logra consolidarse por debajo de 450 puntos, nivel que históricamente ha operado como umbral a partir del cual el soberano puede evaluar un regreso gradual al mercado internacional de deuda.

Pero no todo es color de rosa. Hay datos que preocupan, y vale la pena detenerse en ellos con la misma atención que en los positivos. El primero y más estructural es la ausencia de monetización. Desde marzo de 2025, el M2 privado transaccional deflactado por índice de precios cayó 11,7%, equivalente a casi un punto del PIB. Desde junio de 2025, el M3 privado real bajó 5,1% y el M3 total real cayó 7%, más de un punto del PIB. Que la demanda real de dinero siga contrayéndose en un contexto de desinflación gradual es una señal de alerta: indica que los agentes económicos aún no están reconstruyendo su tenencia de pesos de manera sostenida, lo que limita el canal monetario de transmisión hacia la actividad.

El segundo problema es el crédito privado. El crédito al sector privado cayó 1,1% en términos reales en los últimos tres meses, y hoy se ubica en torno al 9,1% del PIB, muy por debajo del promedio histórico de 7,6% que ya era bajo en perspectiva comparada. El problema no es solo de demanda. Los bancos siguen destinando una proporción elevada de su capacidad prestable a financiar al Estado —vía BCRA y Tesoro—, lo que reduce el impulso que el crédito podría generar sobre el consumo y la inversión privada. Sin crédito que fluya hacia el sector privado, la recuperación de la demanda interna tiene un techo estructural difícil de superar.

El tercer freno es la inflación. Abril cerró con un IPC de 2,6% mensual y mayo podría ubicarse en torno a 2,2%, lo que marca una desaceleración respecto de los registros de los meses anteriores. Sin embargo, la inflación anual sigue moviéndose cerca del 30%, un nivel que erosiona el poder adquisitivo de manera sostenida y que resulta incompatible con una recuperación robusta del consumo. El salario real dejó de caer y podría mejorar gradualmente con la desaceleración inflacionaria y las paritarias que en varios sectores superaron la inflación. Pero el proceso es lento, y el impacto de los ajustes de tarifas sobre el ingreso disponible de las familias opera en sentido contrario, reduciendo el margen de mejora real.

El cuadro completo es el de una economía que avanza, pero con un motor que sigue siendo estrecho. La recuperación está liderada por sectores intensivos en recursos naturales con alta productividad y baja generación de empleo masivo. La demanda interna (consumo privado, crédito, salario real) mejora de manera gradual pero sin el impulso necesario para generar un círculo virtuoso que se retroalimente. La confianza del consumidor mejoró 1,3% en mayo, el primer alivio después de tres meses consecutivos de deterioro, pero la confianza aún no logró estabilizarse. Una recuperación económica concentrada en pocos sectores, con baja creación de empleo formal y con una inflación que sigue alta, conlleva riesgos políticos que el análisis económico no puede ignorar: el respaldo social al programa es una variable de la ecuación, no solo el resultado de ella.

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