Potenciada por las redes sociales que toman alguna frase, algún decir de personas con cierta notoriedad y que los algoritmos usan fomentando la polarización y el odio, apareció en el último mundial la idea de la Argentina como el pueblo más racista de la tierra.
Tal vez contribuya a esa imagen las vulgaridades de nuestro presidente y sus agravios a jefes de estado y simpatías por cuanto neofascista anda pululando por el mundo y que días pasados en Brasil demostró que no sabe cómo debe comportarse un presidente.
Antes del mundial una periodista cuestionaba en el Washington Post que en la selección no había jugadores de origen africano, ignorando que la población argentina que se reconoce como afrodescendientes alcanza solamente a trescientas mil personas, lo cual no quiere decir que muchas más tengan sangre africana en sus venas. Hemos tenido descendientes de africanos en la selección como el Jugador de River Plate Ramos Delgado en los sesenta. Es que en nuestro país el mestizaje está en el ADN nacional. Los estudios de la UBA han probado que un 58 % de los argentinos tenemos sangre de los grupos étnicos que habitaban este suelo antes de la llegada de los europeos. Aquí un apellido ya no identifica con un origen, la mayor parte de los argentinos cuando se remonta a los abuelos y aún más a los bisabuelos, descubre que tiene sangres diversas.
El ejército de los Andes tuvo como organizador y jefe a San Martín, admirador de Napoleón, que fomentó el ascenso de los soldados por mérito, a diferencia del ejército español donde ascendían inútiles porque eran de familias de la nobleza o compraban los ascensos, y entre esos unos cuantos nacidos como esclavos llegaron a escalar en el ejército a grados altos como vemos en esta lista: Coronel José María Morales, nacido esclavo en Mendoza, Coronel José Gregorio Barcala, mendocino; Teniente Coronel Santiago Albarracín de San Juan. Capitán Domingo Sosa, edecán de San Martín. Capitan Manuel Belén, Capitan Francisco Bardales y Tenientes como Juan Baustista Arce, Pedro Regalado, José Santos Guzman, Manuel Corvalan. Se estima que unos quince llegaron a oficiales y otros a cabos y sargentos. Salvo Albarracin al que un Departamento de San Juan rinde homenaje, estos oficiales murieron en las guerras civiles, en el caso de Barcala, fusilado por orden del Fraile Aldao.
Sin duda que el éxito en las invasiones inglesas, el hecho de ser la única parte del Imperio Hispano que nunca pudo ser reconquistada por Fernando VII, influía en la autoestima criolla junto a cuestiones de la vida diaria como que las damas de Lima preferían alternar con los oficiales argentinos más que con los arribados con Bolívar. Famosa es la anécdota de Bolívar molestando a Lavalle por un incidente protocolar y su respuesta.
EL que esto escribe puede contar escenas vividas en Bolivia como observador de la OEA en 2005 con un ingeniero peruano que le llamaba la atención que este argentino se sentaba al lado del chofer u otro chofer boliviano que le costaba creer que en un restaurant de Tupiza al bajar a almorzar lo invitara a la mesa. Lo saben algunos mendocinos que se encuentran con un mozo cuyano que lo reconoce y sus contertulios trasandinos tan no entienden la familiaridad del trato, que hasta piden el libro de quejas para señalar su disgusto.
En 1883, en visita a la Argentina, Edmundo D’Amicis -el autor de “Los Apeninos a los Andes”- se maravillaba porque en un agasajo en un campo los peones estaban a caballo y al llegar el presidente Roca desde sus cabalgaduras saludaron con una leve inclinación del sombrero. Es que en Italia cuando llegaba el terrateniente sus campesinos le besaban las botas.
Mejor que el que esto escribe, lo hace Sarmiento en el "Facundo", para referirse a esa manera de ser que irrita a muchos en esta parte del mundo y a los qué en países desarrollados les molesta que el argentino no tenga complejo de inferioridad ni de servilismo como algunos oriundos de estados de esta región. Y así lo dice:
“Este hábito de triunfar de las resistencias, de mostrarse siempre superior a la Naturaleza, de desafiarla y vencerla, desenvuelve prodigiosamente el sentimiento de la importancia individual y de la superioridad.
Los argentinos de cualquier clase que sean, civilizados o ignorantes, tienen una alta conciencia de su valer como nación, todos los demás pueblos americanos les echan en cara esta vanidad y se muestran ofendidos de su presunción y arrogancia.
Creo que el cargo no es del todo infundado y no me pesa de ello.
¡Ay del pueblo que no tiene fe en sí mismo!¡Para ese no se han hecho las grandes cosas! ¿Cuánto no habrá podido contribuir a la independencia de una parte de la América la arrogancia de estos gauchos argentinos que nada han visto bajo el sol mejor que ellos, ni el hombre sabio ni el poderoso?
El europeo es para ellos el último de todos, porque no resiste a un par de corcovos del caballo".
* El autor es presidente de la Academia Argentina de la Historia.