Una noticia que alguien recortó y guardó. Una fotografía donde todavía vive una persona querida. El anuncio de una obra que transformó un pueblo. En las páginas de un diario quedan fragmentos de miles de vidas. Durante 143 años, Los Andes ha reunido esos testimonios hasta convertirse en parte de la memoria de Mendoza.
El 20 de octubre de 1883 apareció su primera edición. Detrás de aquella iniciativa estaba Adolfo Calle, quien a los seis años había sobrevivido al terremoto de 1861, en el que perdió a su madre y a varios de sus hermanos. Aquel niño, marcado por la destrucción de su ciudad y de su hogar, encontraría en el estudio y el periodismo un camino para construir su porvenir.
Calle estudió en Buenos Aires y Córdoba, se formó como abogado y trabajó como corrector de pruebas. Conoció la prensa desde sus tareas menos visibles, allí donde una palabra equivocada debe corregirse antes de llegar al lector.
Cuando apareció Los Andes, Mendoza todavía llevaba las huellas del terremoto. La provincia reconstruía sus espacios y discutía su futuro. En ese escenario, el periódico comenzó a participar de una conversación que atravesaría generaciones.
Aquella primera edición anunció una próxima visita del perito Francisco Moreno a Uspallata y expresó su respaldo a Rodolfo Zapata como candidato a diputado nacional. Convivían la información y la posición política, dos dimensiones cuya distinción sigue siendo fundamental para la confianza de los lectores.
Los periódicos de entonces intervenían abiertamente en las disputas entre ideas, intereses y proyectos de país. Reconocer ese origen permite comprenderlos en su tiempo. En su primer editorial, Calle anunciaba la voluntad de “defender las libertades públicas”. Había en esas palabras una definición del papel que aspiraba a cumplir.
Con los años, Los Andes pasó a formar parte de la vida cotidiana mendocina. En sus páginas encontraron lugar las decisiones de los gobiernos, las preocupaciones de las familias, las obras públicas, los reclamos de los barrios, las celebraciones y las despedidas.
Una crónica permite reconstruir cómo era una calle antes de que la ciudad la transformara. Un aviso comercial muestra cómo se trabajaba. Una carta de lectores conserva una preocupación que los documentos oficiales quizás nunca registraron. La historia también está hecha de esas noticias que alguna vez parecieron pequeñas.
Por eso, una colección de diarios es una puerta abierta al pasado. Permite conocer lo que ocurrió y acercarse a cómo se vivió: qué despertaba esperanza, qué provocaba temor y qué palabras se utilizaban para explicar un problema. Cada edición conserva hechos y también las miradas de su época, que deben leerse con atención y espíritu crítico.
Ese valor documental entraña una responsabilidad. Lo publicado influye sobre las decisiones del presente y puede convertirse en fuente para comprender el pasado. De allí la importancia del compromiso con la verdad: verificar los hechos, contrastar las fuentes y reconocer lo que todavía se desconoce.
La credibilidad se construye en ese trabajo cotidiano. Crece cuando se distingue la información de la opinión, se escuchan distintas voces y se corrigen los errores. La independencia de criterio y el respeto por las personas dan sustento a una relación que necesita renovarse con cada edición.
La continuidad de Los Andes fue obra de generaciones. Entre ellas sobresale Elvira Calle de Antequeda, nieta del fundador, quien condujo la empresa durante décadas. Su trayectoria recuerda la responsabilidad de recibir una institución y prepararla para un tiempo diferente.
Esa transformación tuvo un hito en septiembre de 1995, cuando Los Andes se convirtió en el primer periódico argentino en publicar una edición en internet, según registra la Fundación Konex. Un medio nacido en el siglo XIX comenzaba a explorar una forma de comunicación que cambiaría nuestra vida cotidiana.
De la composición tipográfica a las pantallas, cambiaron las herramientas, los ritmos y las formas de lectura. La información circula en segundos; comprenderla sigue necesitando contexto, trabajo y criterio.
Celebrar estos 143 años significa reconocer a periodistas, fotógrafos, correctores, trabajadores de talleres, distribuidores y lectores que hicieron posible esa continuidad. Significa también valorar un espacio donde Mendoza puede informarse, discutir sus problemas y pensar su futuro.
Cada edición llega a sus lectores con una responsabilidad y deja, con el tiempo, un testimonio. Honrar esos 143 años significa cuidar ambas cosas: la confianza de quienes buscan comprender el presente y la memoria de quienes mañana querrán saber cómo lo vivimos.
* El autor es historiador y especialista en geopolítica.