¿Qué queda de una guerra cuando sus protagonistas envejecen? Quedan las heridas, los nombres de los compañeros y los recuerdos que vuelven. También quedan papeles: una orden, una carta, un parte escrito cuando todavía nadie sabía cómo terminaría la jornada.
Para Gerónimo Espejo, aquellos documentos estaban ligados a hombres con quienes había marchado y combatido. Conservarlos era una manera de mantener abierta la posibilidad de contar lo que habían vivido.
Había nacido en Mendoza y tenía quince años cuando ingresó al Ejército de los Andes. Un año antes lo habían rechazado por su edad. Insistió hasta que, en noviembre de 1816, fue admitido como cadete al Cuerpo de Ingenieros.
Cuesta detenerse en esa edad sin pensar en todo lo que le faltaba conocer. Apenas dejaba atrás la infancia y se preparaba para atravesar una cordillera, combatir lejos de su hogar y confiar su vida a compañeros que también ignoraban si regresarían.
Mendoza trabajaba para hacer posible aquella empresa. En los talleres se preparaban armas y equipos; en los depósitos se reunían alimentos y pertrechos. Había animales que conseguir, caminos que reconocer y cargas que transportar. La Independencia declarada en Tucumán necesitaba sostenerse con ese esfuerzo.
Espejo comenzó entre aquellos preparativos. Su incorporación a Ingenieros nos acerca al trabajo paciente que precedió a las victorias. Antes de combatir en Chile, el ejército debía llegar hasta allí.
Después vino la guerra. Cruzó los Andes, estuvo en Chacabuco y participó en las operaciones del sur de Chile. Conoció la derrota de Cancha Rayada y la recuperación que culminó en Maipú. Todavía no había cumplido diecisiete años.
En poco tiempo había aprendido lo que ninguna enseñanza podía transmitirle por completo: el cansancio de la marcha, la incertidumbre del combate y la fragilidad de una victoria.
También escribía. Registraba acontecimientos, movimientos y circunstancias de la campaña. En Cancha Rayada perdió sus primeras anotaciones. Entre las pérdidas de aquella noche estuvieron esos papeles donde había comenzado a guardar su experiencia.
Volvió a reunir información.
Ese gesto pequeño permite reconocer una perseverancia que acompañaría toda su vida. Fue escribiente del Diario de Operaciones del Ejército y del Libro de Anales del Estado Mayor. Su trabajo lo acercó a los registros oficiales y le dio herramientas para ordenar lo que presenciaba.
La expedición al Perú amplió su recorrido. Después llegaron otras guerras, los enfrentamientos civiles y el exilio. El joven que había combatido por la Independencia vio a los argentinos luchar entre sí por la organización del país.
Los años fueron dejando vacíos entre sus compañeros. Cada muerte significaba una voz que ya no podría responder, un recuerdo que no sería posible consultar. Espejo siguió conservando documentos y atendiendo preguntas sobre aquellas campañas.
Había una responsabilidad en ese trabajo. Sus recuerdos eran valiosos, pero necesitaban contrastarse. Escribir sobre hombres a quienes había conocido exigía distinguir lo vivido de lo que otros le habían contado.
Así ocurrió con Guayaquil. Espejo no presenció la conversación privada entre San Martín y Bolívar. Para reconstruir aspectos de la visita recurrió a testimonios de otros protagonistas. Esa precisión nos permite valorar su aporte sin pedirle que hubiera visto todo.
Cuando publicó El paso de los Andes, habían transcurrido más de seis décadas desde el cruce. El adolescente era ya un anciano. En sus páginas explicaba los preparativos y las operaciones, incorporando documentos que ayudaban a comprender cómo se había realizado aquella marcha.
También respondió consultas de Bartolomé Mitre y le proporcionó materiales para sus investigaciones. Los papeles conservados por el veterano encontraban nuevos lectores y nuevas preguntas.
Espejo murió en Buenos Aires. Sus restos regresaron después a Mendoza y hoy descansan en el Liceo Militar que lleva su nombre. Volvió a la tierra donde había insistido para ingresar al ejército.
Su historia nos invita a pensar en cuánto debemos a quienes guardaron una carta o escribieron un recuerdo. Gracias a ellos podemos acercarnos a las personas que hubo detrás de los nombres.
A los quince años, Gerónimo Espejo partió de Mendoza para ayudar a conquistar la Independencia. En su vejez seguía trabajando para contar aquella experiencia.
Había acompañado a sus compañeros en la marcha. Con sus escritos, ayudó a que su esfuerzo siguiera siendo conocido mucho después de que ellos ya no pudieran contarlo.
* El autor es historiador y especialista en geopolítica.