Perón inició su revolución antes de su presidencia, porque la primera gran acumulación de poder la hizo durante los tres años del gobierno militar en la que ejerció muchos cargos, en particular el crucial de secretario de trabajo con el que se ganó el corazón de la mayoría obrera. Milei, en cambio, inició su" revolución" en coincidencia exacta con su llegada a la presidencia, porque tres meses antes era poco menos que nada y apenas se presentaba como un excéntrico anarcolibertario que quería poner en práctica las delirantes ideas de sus "maestros" Murray Rothbard (el de la compraventa de órganos humanos) y Alberto Benegas Lynch (h) que la única idea que propuso durante toda la campaña fue la de romper relaciones con el Vaticano porque el Papa Francisco era comunista. Todas ideas, que, para ganar las elecciones, Milei debió arrojar al tacho de la basura.
La primera etapa de una revolución, la doctrinaria, es cuando se convierten en leyes las ideas esenciales con la cuales se piensa gestionar la revolución para que transforme ciento ochenta grados la realidad existente, que para eso son las revoluciones. Con tal objetivo de cambiarlo todo, o pretender cambiarlo todo. Perón pudo empezar a imponer su doctrina (en particular las leyes laborales) durante los años 1943-46, o sea antes de llegar a la presidencia, porque formó parte sustancial del gobierno militar. En cambio, Milei, debió dedicar todo su primer año de gobierno a la etapa doctrinaria, porque para cumplir sus promesas era imprescindible cambiar todo el marco legislativo que Perón ya tenía cambiado cuando asumió. Lo inició con la ley bases y con el primer DNU que era un catálogo interminable e interesantísimo de disposiciones antiregulatorias. Lo logró apenas en parte porque, a diferencia de Perón, su gobierno era muy pero muy minoritario. Sin embargo, consiguió -con el apoyo sustancial de Mauricio Macri y el importante de muchos gobernadores y algunos bloques legislativos críticos pero tolerantes- que lo central de las bases del cambio se pudiera instalar y comenzara el país a ir dejando atrás el atroz gobierno de los dos Fernández. Terminó ese año 2024 muy bien posicionado, quizá mejor que cuando llegó, a pesar de que las dificultades de la vida cotidiana subsistían en lo fundamental en la mayoría de la población. Pero sería necio negar, tanto para los que lo apoyaban como para sus detractores, que el cambio producido era en verdad importante.
La segunda etapa revolucionaria es "la toma del poder", o sea cuando se crean todos los instrumentos gubernamentales y partidarios con los cuales consolidar en forma centralizada los logros iniciales, desprendiéndose de sus apoyos coyunturales y apropiándose enteramente y exclusivamente de los mismos el líder o el partido de la revolución. Esa etapa la inició Perón exactamente el mismo día en que llegó a la presidencia, donde lo primero que hizo fue crear el "Partido Único de la Revolución" (futuro Partido Justicialista, y muy similar en su construcción al partido La Libertad Avanza), por el cual obligó a todos sus hasta entonces aliados a afiliarse al mismo o quedar fuera del gobierno. Claro que los tiempos eran distintos y los políticos también. Perón metió presos o expulsó del país, a muchos que se negaron a ceder su identidad política propia como Cipriano Reyes y Luis Gay, dos grandes laboristas de valiosos e irrenunciables principios. Mientras que hoy con el modelo borocotista, no se necesita meter preso a nadie porque todos los aliados y hasta algunos "enemigos" (salvo, claro, dignísimas y minoritarísimas excepciones) se desviven por dar el salto voluntario a LLA. Al menos el método, con todo lo que de oportunismo pueda tener, es bastante menos cruento. Porque, entre otras cosas, los principios irrenunciables en política ya casi no existen.
El libertario, entonces a diferencia del General, inició su etapa de la toma del poder recién en el segundo año de su gobierno, en 2025. Sin embargo, no se vaya a creer que a Milei no le costó, al principio, tanto como a Perón eso de querer crear su propio partido único conducido por su hermana Karina y cooptar o acabar con todos sus aliados. Se debió pelear con casi todos los gobernadores que les votaron el cien por ciento de las leyes en 2024 pero que en 2025 no le votaron ninguna. Y la economía, que, según sus propias promesas, a mediados del año pasado ya habría enterrado para siempre la inflación, comenzó a tener cada vez más problemas. Todo ello generó una crisis política y económica de magnitud que llevó a mucha gente, incluso a muchos mileistas no tan convencidos como su líder y su hermana, de que el gobierno corría peligro. Y de todos, el que más dudó de la supervivencia de Milei, fue el más grande aliado mundial que tiene el libertario: el presidente Donald Trump, quien temiendo lo peor, lo apoyó como tal vez no hizo nunca con nadie en el mundo, tanto que hasta se atribuyó el triunfo electoral de octubre pasado al decir: "Milei estaba perdiendo las elecciones, y yo lo apoyé y ganó con una victoria aplastante”. Dos afirmaciones en las que quizá Trump no tenga toda la razón, pero cuando menos tiene gran parte de razón. Y vaya uno a discutírselo ahora, justo después de lo que acaba de hacerle al delincuente de Maduro.
Porque, es evidente que desde Davos (en enero de 2025) cuando Milei transformó su "doctrina libertaria" en un instrumento para la toma del poder a través de la "batalla cultural", no dejó torpeza por cometer. Las conexiones entre la lógica de batalla cultural y el Libragate son inmensas porque Milei quiso obtener un triunfo ideológico apoyando a una moneda privada "anti-estatal" totalmente trucha creada por un grupo de facinerosos financieros. Las conexiones entre el escándalo en discapacidad (el Spagnuologate) y la obtención de fondos para organizar en tiempo récord por todo el país el Partido único mileista (LLA) son harto sugerentes. De allí en adelante, tanto en lo político, como en lo económico, absolutamente nada le salió bien. Solo le fueron quedando, para protegerlo al menos en parte de la debacle, las cosas buenas que aún se mantenían del año anterior.
Sin embargo, por las razones que fuera, lo cierto es que Milei ganó. Y no sólo ganó una elección intermedia. También ganó la segunda etapa de su revolución en lo que se refiere a un avance espectacular hacia "la toma del poder". Trump ayudó inmensamente y el miedo casi terrorífico de una gran parte de la población hacia el posible retorno al pasado kirchnerista que insinuó el triunfo de Kicillof en la provincia de Buenos Aires el 7 de setiembre, completó el resto. Pero lo irrefutable y al fin y al cabo lo único que queda, es que Milei, como Julio César vino, vio y venció. Gracias a Cristina, sí. Gracias a Donald, sí. Lo que ustedes quieran, pero el que ganó fue él. Y eso no es una opinión, es un dato.
La realidad, que es la única verdad, entonces, nos dice lo siguiente, aunque no sea fácil de entender: Milei, a fines de 2024, habiendo hecho un buen primer año de gobierno terminó con la popularidad por las nubes. Pero Milei, a fines de 2025, habiendo hecho un segundo año de gobierno bastante horrible y muchísimo peor que el primero, también terminó con la popularidad por las nubes. Como si los efectos de la realidad no lo tocaran. Como que estuviera colocado más allá del bien y del mal. Las cosas no son por supuesto así, pero al menos metafóricamente, expresémoslas así.
En buena lógica de gobierno, Milei debió haber superado -continuándola- la etapa doctrinaria del primer año expresada en su ley bases y en los decreto desregulatorios, con una etapa de concreciones gubernamentales en el segundo año, introduciendo las grandes reformas estructurales que sus aliados también apoyarían, pero prefirió atrasarlas un año por sus ambiciones políticas personales, siguiendo quizá inconscientemente el pensamiento de Perón acerca de las revoluciones, avanzar hacia la toma del poder unipersonal pagando para ello con los peores y más desastrosos meses de su gestión. Insisto, lo admitió hasta Trump, y lo dijo mucho mejor que cualquier opositor feroz.
Hoy, casi con toda certeza, se puede suponer que el gobierno de Milei sería mucho más efectivo y estaría mucho más avanzado en las reformas de lo que está, si Milei no hubiera seguido la lógica "revolucionaria". No obstante, el presidente, nos refutaría (y con amplias dosis de razón "política") afirmando que, de no haber hecho lo que hizo, hoy estaría mucho más lejos de seguir avanzando en su objetivo de toma del poder total y seguiría dependiendo tremendamente de terceros para hacer cualquier transformación. Sufrió una cantidad de daños autoinfligidos enormes, se arriesgó hasta a que el gobierno cayera, pero a la postre nada de eso pasó. Apostó a todo o nada y ganó (aunque él dentro suyo no lo tuviera así de claro). Y hoy Milei es infinitamente más poderoso que si hubiera ganado solamente por haber hecho también en su segundo año, un buen gobierno, como en su primer año. Hay que admitirlo, mejor o peor, ganó. Pero eso hoy ya no es importante. Lo importante y peligroso es creer que, porque le salió bien una vez hacer las cosas mal, le va a salir bien siempre. Eso ni siquiera a Perón le pasó.
Si en 2026 Milei sigue con la lógica de Perón, deberá entrar en la tercera etapa, la dogmática, que así era definida por el viejo General: "la dogmática es la fase de afirmación y extensión ideológica. la doctrina llevada a la práctica militante". O sea, inculcar en los cuadros políticos propios el pensamiento mileista puro (sin infiltraciones ñoñistas, macristas, radicales, vale decir aliancistas) para que, con esos soldados leales de la revolución (que reemplacen a la Armada Brancaleone de personajes estrafalarios e inevitablemente paupérrimos con que formó sus estructuras políticas y una gran parte de su gobierno, hasta la fecha), pueda en 2027 iniciar la cuarta y última etapa de la revolución: la institucional. Que consiste en la "consolidación en estructuras políticas y sociales duraderas del mileismo". Traducido: Con casi todas las provincias en manos de gobernadores de LLA y con el Congreso con mayorías propias. Vale decir, el inicio del milenio mileista. Ese es, sin dudas, su gran proyecto político.
Pero antes de llegar a esas aún lejanas utopías, habrá que ver qué entiende Milei por "afirmación y extensión ideológica" para iniciar la etapa dogmática en estos inicios de 2026. Por ahora lo hizo de la peor de todas las formas posibles. Regalándole (suponemos que con órdenes estrictas de lectura obligatoria para su aplicación práctica) a cada uno de sus principales funcionarios un libro llamado "Defender lo indefendible" de un hasta ayer desconocido e impresentable autor llamado Walter Block, un viejo texto de manual anarcolibertario de ultraderecha, muchas de cuyas afirmaciones y recetas, aparte de inmorales están al borde de la incitación al delito (si no son de por sí un delito). O sea, un retorno empeorado de aquel Milei que cuando antes de ser presidente defendía a ese otro insostenible de Murray Rothbard, al cual debió ocultar para llegar al gobierno por no animarse a seguir reivindicando públicamente sus horrorosas ideas. Pero Block es lo mismo. Y para colmo, intelectualmente más bruto que Rothbard.
Ahora bien, si el Milei que pasó exitosamente las dos primeras etapas de su revolución, la doctrinaria y la de la toma del poder, sabe aprender de todo lo que vivió durante esos dos años, quizá las cosas no sean tan preocupantes. Y sin resignar un ápice sus ambiciones de poder (cosa natural en todo político, bueno o malo, se reconozca o no como político) en vez de dogmatizar a sus funcionarios de gobierno obligándoles a adherir a textos atroces, los "dogmatiza" para que lleven hasta las últimas instancias las propuestas programáticas incluidas en su ley bases y en sus reformas estructurales, todo, absolutamente todo, será para mejor. Y podrá, entonces, quizá en su último año lograr legítimamente la etapa de institucionalización sólida del mileismo como una nueva tradición política más en la Argentina. Que seguirá o no gobernando, según la decisión soberana del pueblo, que por ahora no está pensando en celestiales (o demoníacas) batallas culturales (y casi seguramente jamás lo hará) sino en terrestres y concretas batallas diarias de sobrevivencia. Las únicas batallas en la que importa que triunfe Milei.
* El autor es sociólogo y periodista. [email protected]