Entre 2024 y 2026 se produjo otro cambio relevante: el Estado Nacional transfirió definitivamente su participación en YMAD, quedando la empresa integrada exclusivamente por la Provincia de Catamarca y la Universidad Nacional de Tucumán. La nueva estructura asignó el 60 % del capital a la provincia y el 40 % a la universidad, fortaleciendo el carácter regional de la empresa y otorgándole mayor autonomía en la administración de los recursos.
La reorganización también recuperó la capacidad de distribuir utilidades entre sus socios. Conforme al nuevo esquema, los excedentes se destinarán inicialmente a financiar obras de infraestructura de la Universidad Nacional de Tucumán. Cumplido ese objetivo, la distribución retomará el criterio previsto en la legislación histórica: 60 % para Catamarca, 20 % para la UNT y el 20 % restante para integrar el fondo nacional destinado a las universidades públicas argentinas.
Este mecanismo convierte a YMAD en un caso singular dentro del derecho público argentino, ya que vincula directamente la explotación de recursos naturales con el financiamiento del sistema universitario nacional.
El propósito de este trabajo no consiste en analizar las ventajas o desventajas de la minería metalífera desde una perspectiva ambiental, sino en examinar las consecuencias económicas e institucionales que produjo la explotación de esta mina y, especialmente, el impacto que tuvo la distribución de sus utilidades sobre las universidades nacionales.
En ese sentido, Bajo de la Alumbrera constituye un verdadero caso testigo de la minería moderna en la Argentina. Su trayectoria reúne prácticamente todos los elementos que caracterizan el debate contemporáneo sobre los recursos naturales: inversiones privadas, generación de divisas, empleo, infraestructura, desarrollo regional, financiamiento público y, simultáneamente, controversias sobre sostenibilidad ambiental, legitimidad social y distribución de la renta minera.
Desde el punto de vista económico, su impacto fue considerable. Durante sus años de mayor producción representó alrededor del 12,8 % de las exportaciones mineras nacionales y más del 75 % de las exportaciones de Catamarca. Además de generar miles de millones de dólares en exportaciones, impuestos, regalías y utilidades, impulsó un importante efecto multiplicador sobre la economía regional.
El cierre del yacimiento original en 2018 abrió un escenario de incertidumbre respecto del empleo y las inversiones. Sin embargo, la reutilización de la infraestructura existente constituye una estrategia destinada a prolongar la vida útil de activos construidos durante más de dos décadas y preservar parte del entramado productivo desarrollado en torno a la actividad minera.
Para comprender en toda su dimensión el desarrollo “ YMAD” es necesario referenciarlo con los preceptos amparados en el régimen jurídico establecido por la Ley N.º 14.771. Desde su creación, la empresa no fue concebida únicamente para explotar recursos minerales, sino también como un instrumento de desarrollo regional y de apoyo a la educación superior pública.
El artículo 18 de esa ley dispuso un mecanismo excepcional de distribución de utilidades. Inicialmente, el 60 % debía destinarse a la Provincia de Catamarca y el 40 % a completar la Ciudad Universitaria de la Universidad Nacional de Tucumán. Una vez alcanzado ese objetivo, ese 40 % debía dividirse en partes iguales: 20 % para la UNT y 20 % para un fondo nacional administrado por el Consejo Interuniversitario Nacional (CIN), destinado al conjunto de las universidades públicas del país.
Este esquema estableció un vínculo inédito entre la explotación de recursos naturales y el financiamiento universitario de todo el país, entre ellas la Universidad Nacional de Cuyo.
Sin embargo, esos aportes dieron origen a uno de los debates institucionales más intensos registrados en el sistema universitario argentino.
Durante el rectorado del ingeniero Arturo Somoza, la Universidad Nacional de Cuyo aceptó los fondos distribuidos por el CIN, decisión que generó un amplio debate entre autoridades, docentes, estudiantes, organizaciones sindicales y sectores de la sociedad civil.
Quienes rechazaban esos recursos sostenían que aceptar fondos provenientes de una explotación minera cuestionada socialmente resultaba incompatible con la tradición ambiental de Mendoza y con los principios consagrados en la Ley Provincial 7722.
El conflicto alcanzó su punto más alto entre 2008 y 2009, cuando comenzaron a distribuirse efectivamente las utilidades de YMAD. La recepción de esos fondos provocó asambleas, movilizaciones estudiantiles y un intenso debate público. Entre los sectores que expresaron su rechazo se encontraban FADIUNC, distintos centros de estudiantes y organizaciones ambientalistas como la Asamblea Popular por el Agua.
Tras varios meses de deliberaciones, el Consejo Superior de la Universidad Nacional de Cuyo resolvió, por diecisiete votos contra once, incorporar los fondos provenientes de YMAD al presupuesto universitario. El fundamento principal fue que la institución carecía de competencia para aceptar o rechazar recursos cuya asignación derivaba directamente de una ley nacional.
La decisión, sin embargo, no clausuró el debate. Por el contrario, puso de manifiesto dos concepciones distintas sobre el papel de la universidad pública. Una entendía que la institución debía limitarse a administrar los recursos públicos asignados conforme al ordenamiento jurídico vigente; la otra sostenía que también debía evaluar las implicancias éticas y ambientales del origen de esos fondos.
En Mendoza, esta discusión adquirió una dimensión particular debido a la histórica defensa del recurso hídrico y a la vigencia de la Ley Provincial 7722, que consolidó una cultura política orientada a establecer estrictos controles sobre determinadas modalidades de explotación minera. En ese contexto, los recursos provenientes de Bajo de la Alumbrera fueron interpretados por algunos sectores como un símbolo del modelo de desarrollo que la provincia estaba dispuesta —o no— a aceptar.
Con el propósito de reducir la conflictividad, el Consejo Superior adoptó posteriormente una solución intermedia: los recursos provenientes de YMAD dejaron de destinarse al financiamiento de gastos corrientes o salarios y pasaron a afectarse exclusivamente a proyectos de investigación científica, becas estudiantiles, equipamiento de laboratorios y mejoras específicas de infraestructura académica. La medida procuró compatibilizar el cumplimiento de la ley con las objeciones planteadas por parte de la comunidad universitaria.
Aun así, el debate continuó. Algunas unidades académicas, especialmente la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, mantuvieron una posición crítica respecto de la utilización de esos fondos, mientras que diversos docentes e investigadores optaron por no participar en proyectos financiados con recursos provenientes de YMAD. El caso evidenció la complejidad que puede adquirir la administración de recursos públicos cuando confluyen dimensiones jurídicas, económicas, ambientales y éticas.
Con el paso de los años, las utilidades distribuidas por YMAD comenzaron a disminuir como consecuencia de la reducción de la producción de Bajo de la Alumbrera. Entre 2015 y 2016 los montos distribuidos descendieron significativamente y, tras el cierre comercial del yacimiento en 2018, prácticamente desaparecieron los excedentes que alimentaban el fondo administrado por el Consejo Interuniversitario Nacional.
Antes de ese cierre se produjo un hecho institucional de gran relevancia. En junio de 2015, durante el rectorado del ingeniero Daniel Pizzi, se propuso al Consejo Superior rechazar formalmente una remesa cercana a los tres millones de pesos proveniente de las utilidades de YMAD. La iniciativa fue presentada como una decisión institucional destinada a expresar una posición política y ética frente al debate que atravesaba desde hacía años a la comunidad universitaria mendocina.
El Consejo Superior aprobó la propuesta por unanimidad, convirtiéndose en uno de los primeros antecedentes de rechazo explícito a recursos provenientes de la renta minera por parte de una universidad pública argentina. Más allá de la valoración que pueda hacerse de esa decisión, el episodio puso de relieve la dificultad de conciliar principios jurídicos, necesidades presupuestarias, preocupaciones ambientales y definiciones políticas.
Durante las gestiones posteriores de Esther Sánchez y Gabriel Fidel, la cuestión dejó prácticamente de integrar la agenda institucional. La razón fue objetiva: agotada la explotación comercial de Bajo de la Alumbrera, dejaron de existir excedentes líquidos susceptibles de ser distribuidos entre las universidades nacionales.
No obstante, el escenario comenzó a modificarse nuevamente. La reorganización institucional de YMAD, la transferencia definitiva de la participación del Estado Nacional a la Provincia de Catamarca y a la Universidad Nacional de Tucumán, junto con el desarrollo del Proyecto MARA, vuelven a plantear la posibilidad de que en el futuro se generen nuevos excedentes destinados al sistema universitario nacional.
Esta situación coincide con un contexto de fuertes restricciones presupuestarias para las universidades públicas argentinas. En los últimos años, rectores, docentes, investigadores y estudiantes han reclamado reiteradamente mayores recursos para garantizar el funcionamiento de las instituciones de educación superior. En ese marco, una eventual reaparición de fondos provenientes de YMAD podría reabrir un debate que trasciende lo estrictamente presupuestario e involucra cuestiones vinculadas con el modelo de desarrollo, la política ambiental, la autonomía universitaria y el destino social de la renta minera.
En este contexto se produce, en el marco de la alternancia institucional, la elección de la Licenciada Adriana García como rectora de la Universidad Nacional de Cuyo, quien se ubicaría políticamente y filosóficamente en las antípodas de las actuales autoridades, habiendo sido parte del cuerpo deliberativo que en aquellos tiempos tomo la decisión de rechazar los recursos provenientes de la minería
El debate también coincide con un proceso que adquiere creciente importancia en Mendoza.
La provincia ha comenzado a discutir nuevamente el papel que la minería podría desempeñar dentro de su matriz productiva, impulsada por la necesidad de atraer inversiones, generar empleo privado y diversificar una economía que enfrenta dificultades en algunos de sus sectores tradicionales, acostumbrados al pago de bajos salarios.
La experiencia internacional demuestra que los países que lograron transformar sus recursos minerales en procesos sostenidos de desarrollo no lo hicieron únicamente por su riqueza geológica, sino por la calidad de sus instituciones, la estabilidad de sus reglas de juego, la transparencia en la administración de la renta minera y la capacidad del Estado para convertir esos ingresos en infraestructura, educación, innovación y diversificación productiva.
La historia de Bajo de la Alumbrera demuestra que la minería produce efectos que exceden ampliamente la extracción de minerales. Sus impactos alcanzan al empleo, la inversión, la infraestructura, la creación de proveedores locales, la recaudación tributaria, el ingreso de divisas y el financiamiento de instituciones públicas, entre ellas las universidades nacionales. Al mismo tiempo, pone de manifiesto que esos beneficios solo alcanzan legitimidad social cuando existen instituciones sólidas, controles ambientales eficaces, transparencia en la administración de los recursos y mecanismos adecuados de participación ciudadana.
La experiencia de la Universidad Nacional de Cuyo refleja con claridad esa complejidad. Durante varios años convivieron posiciones jurídicas, económicas, ambientales y éticas diferentes respecto de la utilización de los recursos provenientes de YMAD. Ese debate no constituye una anomalía, sino la expresión de la dificultad que enfrentan las sociedades contemporáneas para compatibilizar crecimiento económico, preservación ambiental y fortalecimiento institucional.
Hoy las circunstancias son distintas. La consolidación del Proyecto MARA, la reorganización de YMAD y la posibilidad de generar nuevos excedentes para el sistema universitario coinciden con un escenario nacional de restricciones fiscales y creciente preocupación por el financiamiento de la educación superior. Resulta razonable prever, por ello, que la discusión vuelva a ocupar un lugar relevante en la agenda pública.
Calificar los recursos provenientes de una actividad lícita como la minería como dinero "contaminante" y sostener, por ese solo motivo, su rechazo, evidencia la complejidad de un debate que durante años enfrentó posiciones difíciles de conciliar. Sin embargo, la experiencia acumulada permite desplazar el eje de la discusión.
En definitiva, el caso Bajo de la Alumbrera ofrece enseñanzas que exceden el ámbito minero. Invita a reflexionar sobre la manera en que un país administra sus recursos estratégicos, distribuye la renta que generan y la convierte —o no— en oportunidades de crecimiento económico, movilidad social, fortalecimiento institucional y desarrollo federal.
En ese marco, los efectos de la Ley 7722 continuarán ocupando un lugar central. Mientras esa norma permanezca vigente, el desarrollo de determinados proyectos mineros seguirá condicionado por sus restricciones, en particular con lo preceptuado por su artículo 3* en cuanto obliga a someter la Declaración de Impacto Ambiental (DIA) de un proyecto, a las decisiones de la Legislatura, es decir sometido el mismo a la lectura y a las decisiones que haga la “política”. Para ello, resulta indispensable evitar que esta cuestión quede atrapada en la confrontación coyuntural y a la vez utilizada como contenido de campañas electorales. La experiencia de nuestra provincia demuestra que la falta de consensos y de una discusión basada en evidencia nos ha conducido a un escenario de estancamiento, mientras otras regiones avanzan en la planificación y concreción de proyectos de envergadura que aprovechan responsablemente sus recursos naturales. El desafío entonces, consiste en recuperar una mirada estratégica de largo plazo, donde el debate minero sea abordado con racionalidad y responsabilidad personal por parte de aquellos que pregonan conocimiento y opinión sobre el tema.
*El autor es además exsubsecretario de Combustibles de la Nación