La querida tierra que dejó Manuel Belgrano

Manuel Castro dejó testimonio de los últimos momentos de Manuel Belgrado. Él deseaba instantes de soledad, y en uno de ellos en que lo hallamos en profunda meditación, pálido y los ojos casi extintos notamos al mismo tiempo una tierna inquietud en su semblante, y pareciendo reanimarse al vernos nos dijo” -Pensaba en la eternidad a donde voy, y en la tierra querida que dejo. Yo espero que los buenos ciudadanos trabajarán por remediar sus desgracias.

La querida tierra  que dejó  Manuel Belgrano

“Me es sensible separarme de vuestra compañía, porque estoy persuadido de que la muerte me sería menos dolorosa, auxiliado de vosotros, recibiendo los últimos adioses de la amistad. Pero es preciso vencer los males, y volver a vencer con vosotros a los enemigos de la Patria que por todas partes nos amenazan…”.

Con estas palabras, el general Belgrano, aquejado gravemente en su salud, se despedía de sus hombres en el campamento de Pilar (Córdoba). Embargado por la congoja, Belgrano vio por última vez a aquellos sobrevivientes que lo habían acompañado en Tucumán, Salta, Vilcapugio y Ayohuma. Serían también, las últimas manifestaciones de cariño grupal que recibiría.

Testigo de esos momentos Manuel Antonio Castro dejó constancia de lo duro de la vida en campaña y como ésta había mellado su cuerpo pero no su espíritu: “lo encontré acampado en la Cruz Alta sobre las márgenes del río Tercero en una estación lluviosa y fría, por el mes de mayo. Acababa de asaltarlo el primer ataque de la enfermedad de que murió: dormía en su tienda desabrigada y húmeda: observé que pasaba la noche en pervigilio, y con la respiración anhelosa y difícil. Sospeché gravedad en la enfermedad y le insté encarecidamente se fuese conmigo a Córdoba a medicinarse y reparar su salud: se excusó firmemente, contestándome, que las circunstancias eran peligrosas y que él debía el sacrificio de su vida a la paz y tranquilidad común. Tenía todos los síntomas de una hidropesía avanzada: le insté, le supliqué porque fuésemos a la ciudad, y me contestó: la conservación del ejército pende de mi presencia; sé que estoy en peligro de muerte, pero aquí hay capilla en donde se entierran los soldados, y también se me puede enterrar a mí”.

A fines de agosto de 1819 Belgrano solicitaba licencia pues “no habiendo podido conseguir en medio del sufrimiento de cuatro meses de enfermedad un alivio conocido, y aconsejándome los facultativos la variación de temperamento, debiendo ir al del Tucumán...”. Preocupado más por la Patria que por su enfermedad partió en silencio. Al llegar a la primera posta le escribió al gobernador Castro diciéndole que ese había sido un dia de abatimiento.

Quizá Buenos Aires hubiese sido la mejor opción pero algo más poderoso lo llamaba de regreso a Tucumán... la sangre: el 4 de mayo había nacido su hija Manuela Mónica del Corazón de Jesús Belgrano y Helguero, a quien no conocía. Es su edecán Gerónimo Helguera, quien junto a su esposa Crisanta Garmendia, concurren con frecuencia a la casa de Belgrano a llevarle de visita a la niña y poder disfrutarla.

Luego de una breve estancia en Los Lules y ya muy enfermo decidió que era hora de volver a su tierra natal... Buenos Aires. Asistido económicamente por sus amigos José Celedonio Balbín y Carlos del Signo, pues el gobernador tucumano Bernabé Aráoz adujo falta de fondos para auxiliarlo, y acompañado por los fieles Helguera y Salvigni, el propio Balbín y el cura Villegas emprendió el viaje de regreso a principios de febrero de 1820.

Belgrano se instaló primero en la chacra familiar de San Isidro el 1 de abril. Desde allí escribió su última carta conocida del día 9 a su amigo y compadre tucumano Celestino Liendo solicitándole que “no dejen de darme noticias de mi Ahijadita: V puede figurarse cuánto debe interesarme su salud y bienestar por todos aspectos”.

Pocos días después, llegaba a su casa natal. Desde allí reclamaría al gobierno los sueldos adeudados, dictaría su testamento y últimas disposiciones familiares y recibiría algunas pocas visitas; entre ellas la de su amigo Balbín a quien manifestó su preocupación por no tener dinero para pagarle sus préstamos, pero que había dejado órdenes de que se le satisfaga la deuda con los primeros pagos que recibiera del Gobierno, pues: “Me hallo muy malo, duraré pocos días. Espero la muerte sin temor”.

Manuel Castro dejó testimonio de sus últimos momentos Él deseaba instantes de soledad, y en uno de ellos en que lo hallamos en profunda meditación, pálido y los ojos casi extintos notamos al mismo tiempo una tierna inquietud en su semblante, y pareciendo reanimarse al vernos nos dijo”:

-Pensaba en la eternidad a donde voy, y en la tierra querida que dejo. Yo espero que los buenos ciudadanos trabajarán por remediar sus desgracias.

A las siete de la mañana del día 20 murió Belgrano, en la casa paterna donde naciera cincuenta años atrás. Sus últimas palabras fueron para su querido país:

- ¡Ay Patria mía!

* El autor es miembro de número del Instituto Nacional Belgraniano @robertocolimodio

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