El estimador que mide la marcha mensual de la actividad económica volvió a caer en mayo, con un retroceso del 0,5% en la serie sin estacionalidad. No se trata de un tropiezo aislado, sino de la continuidad de una tendencia que arrancó a comienzos del año pasado. Con oscilaciones de un mes a otro, la economía argentina se encuentra estancada en su conjunto, aunque ese promedio general esconde diferencias muy profundas entre los distintos sectores. Y si bien la desaceleración de la inflación es el logro más celebrado del programa, el estancamiento de la actividad y su impacto sobre el empleo constituyen la cara más problemática del cuadro.
El fenómeno laboral tiene un rasgo que conviene subrayar. A lo largo de los últimos dos años, prácticamente todo el aumento del empleo se explicó por el trabajo por cuenta propia no registrado, es decir, la forma más precaria de ocupación. En paralelo, las empresas privadas vienen recortando sus planteles formales. Ese deterioro se traslada a los ingresos, que acumulan pérdidas en términos reales desde 2018, cuando la inflación se aceleró. Lo llamativo es que, incluso ahora, con la inflación bajo control, tampoco hubo recuperación salarial, de modo que el poder de compra de las remuneraciones se ubica hoy en un nivel parecido al de fines de 2023.
La verdadera radiografía del problema aparece al desagregar la economía por sectores. Los datos oficiales, que abarcan el período que va de noviembre de 2023 a mayo de 2026, revelan comportamientos que a primera vista resultan contradictorios. La industria, la construcción y el comercio, que en conjunto concentran cerca del 45% del empleo total, mostraron una caída de la producción del orden del 9% y una destrucción de puestos formales del 6%. Hasta aquí, la lógica es la esperable, ya que sectores que producen menos tienden a emplear menos.
Lo desconcertante surge al mirar los rubros que crecieron. La actividad financiera se expandió un 12% en ese lapso, pero aun así recortó su empleo en un 6%. El caso del petróleo, el gas y la minería es todavía más elocuente, porque esos sectores treparon un 37% en promedio y, sin embargo, redujeron su dotación de personal en un 9%. En otras palabras, la expansión de la producción no solo dejó de traducirse en nuevos empleos, sino que convivió con una reducción de la planta de trabajadores. La única excepción a este patrón es la actividad agropecuaria, el único sector que combina crecimiento de la producción con generación de empleo.
¿Qué explica semejante desconexión entre producción y trabajo? En los sectores más pujantes, la respuesta está en la reconversión y en el cambio tecnológico. Se trata de actividades intensivas en capital y no en mano de obra, donde los saltos de productividad se logran incorporando tecnología antes que personal. Un yacimiento no convencional o una operación minera moderna generan enormes volúmenes de producción y divisas, pero emplean a relativamente pocas personas en comparación con una fábrica o un comercio. Por eso el crecimiento de estos sectores, siendo una excelente noticia para las exportaciones y las reservas, no alcanza por sí solo para dinamizar el mercado laboral ni para compensar los puestos que se pierden en las actividades más intensivas en empleo.
Este diagnóstico tiene una implicancia importante, porque desmiente la idea de que la recuperación del empleo llegará automáticamente cuando la economía vuelva a crecer. Si incluso los sectores que hoy se expanden con fuerza están reduciendo su planta, entonces el problema no es únicamente de ciclo, sino que tiene un componente estructural que requiere intervenciones específicas. Revertir esta dinámica exige desarmar una larga acumulación de políticas públicas equivocadas que se fueron apilando durante décadas.
Hay que reconocer que se hicieron avances relevantes en esa dirección, entre los que se destacan el equilibrio fiscal, la ley de modernización laboral y el proceso de desregulación de la economía. Pero todavía persisten numerosos factores que obstaculizan la producción y desalientan la creación de empleo de calidad. La lista de asuntos pendientes sigue siendo extensa, y de la velocidad y el orden con que la actual administración los encare dependerá que las tendencias negativas del mercado de trabajo puedan revertirse.
Entre esas tareas pendientes, hay dos que aparecen como especialmente estratégicas. La primera es aprovechar la reforma de la carta orgánica del Banco Central para robustecer la confianza en que el equilibrio fiscal es una política de Estado, y en simultáneo, terminar de desmontar lo que queda del cepo cambiario. El momento es propicio, precisamente porque los sectores más dinámicos en la generación de divisas, el agro y las actividades extractivas, atraviesan una fase de expansión. Eliminar de manera definitiva las restricciones cambiarias, y adoptar los resguardos legales para que no puedan reinstalarse en el futuro, sería una herramienta poderosa para reactivar el crédito y, por esa vía, la producción.
La segunda reforma, quizás la más importante de todas, es alcanzar un acuerdo de coordinación fiscal entre la Nación y las provincias que permita ordenar el laberinto de impuestos y funciones que se superponen entre los distintos niveles de gobierno. Un paso central en esa dirección sería la creación de un impuesto al valor agregado unificado y ampliado, que habilitara a las provincias a eliminar Ingresos Brutos y a los municipios a suprimir las tasas que gravan las ventas, dos tributos que encarecen la producción y castigan la formalidad.
La conclusión es que los logros obtenidos en materia fiscal y de inflación, con ser genuinos, no autorizan a subestimar los problemas que quedan por resolver. La destrucción masiva de empleo formal es una alarma que suena fuerte y claro, y conviene prestarle atención no solo por las consecuencias sociales que acarrea el deterioro laboral, sino también porque erosiona el respaldo político sobre el que se apoyan las propias reformas que la actual administración está impulsando. Un modelo que ordena las cuentas y baja la inflación pero que no logra generar trabajo de calidad corre el riesgo de quedarse sin la base social que necesita para sostenerse en el tiempo.