La cobertura de vacunación infantil en Argentina cayó por debajo del 75%, lejos del 95% recomendado por la Organización Mundial de la Salud. Paralelamente, los casos de sífilis aumentaron un 150% en la última década y las nuevas infecciones por VIH no disminuyen. La desconfianza en la pandemia, hoy se traduce en desinformación que enferma y mata. Frente a esto, solo una comunicación en salud basada en evidencia científica y centrada en las necesidades reales del ciudadano puede reconstruir la credibilidad.
Esta pandemia de desconfianza en la salud a nivel global encuentra su origen en decisiones políticas concretas que fracturaron la credibilidad pública. Si nos centramos en nuestro país, los vacunatorios VIP, la célebre cena en Olivos y una clara percepción extendida de que las restricciones por covid-19 se manejaron con cálculo electoral, fueron graves desaciertos sanitarios, políticos y de comunicación que sin dudas constituyeron el detonante que quebró el vínculo esencial entre la población y sus instituciones de salud.
Aquellos episodios en medio de la peor pandemia del siglo XXI transmitieron, con crudeza, que las reglas sanitarias no eran iguales para todos y que la salud podía instrumentalizarse. Este proceso de politización, que según la OMS erosionó la confianza a nivel global, dejó en Argentina una secuela profunda: un escepticismo que hoy trasciende al Covid-19 y envenena otras causas de salud pública pues la ciudadanía no solo duda de la vacuna o del preservativo, sino que desconfía radicalmente de quien emite el mensaje.
Para graficar esta desconfianza podemos observar alarmantes cifras. Si hablamos de inmunización, menos de la mitad de los niños con las vacunas de ingreso escolar en 2024, es decir, número muy lejos de lo recomendado por organismos internacionales. En el caso de Infecciones por trasmisión sexual (ITS), más de 37.000 casos registrados de sífilis en 2024, una pandemia silenciosa entre grupos sociales más jóvenes. Solo viendo estos datos nos revelan una crisis de credibilidad, no solo logística.
Según la Organización Mundial de la Salud, la pandemia erosionó globalmente la confianza en las instituciones sanitarias, un fenómeno que en Argentina se agravó con hechos que mostraron dobles estándares. Este "escepticismo sanitario" resultante explica, en parte, la caída en la adherencia a la vacunación y la prevención de ITS como también la falta de interés en la prevención de enfermedades crónicas no trasmisibles.
La politización de la salud Mundial fue el caldo de cultivo para una infodemia profesionalizada. La Organización Panamericana de la Salud (OPS), en su documento "Addressing the Covid-19 infodemic" (2023), advierte que ya no son rumores espontáneos, sino una desinformación industrial con grupos organizados y financiación. El EU DisinfoLab documentó en 2022 campañas anti-vacuna internacionales con presupuestos de más de 2 millones de euros. Estos actores manipulan algoritmos de redes sociales que priorizan el engagement (compromiso), amplificando contenido polarizante. Lamentablemente, la ciencia no compite en velocidad pues las falsedades/desinformación viajan 7 veces más rápido que la información verificada u oficiales. En este ecosistema tóxico, los mensajes basados en evidencia sobre vacunas o preservativo, por ejemplo, naufragan ante teorías conspirativas bien producidas que explotan la desconfianza preexistente.
¿Cómo reconstruimos entonces el puente derrumbado? La salida no es gritar más fuerte en medio del ruido, sino cambiar radicalmente la estrategia. Debemos volver a repensar la comunicación en salud desde la evidencia científica y el trabajo con la comunidad. Esto implica, en primer lugar, una separación clara entre la comunicación de gestión sanitaria y la comunicación política. Las campañas de salud pública deben estar lideradas por voces sanitarias reconocidas y creíbles –médicos de familia, pediatras, infectólogos, enfermeras–, no por funcionarios partidarios. En segundo lugar, hay que adoptar una transparencia radical. Comunicar no solo lo que se sabe, sino también lo que se ignora, explicando por qué las recomendaciones pueden cambiar a la luz de nueva evidencia. Finalmente, es crucial trabajar con y desde las comunidades, co-creando mensajes con líderes barriales, organizaciones sociales y la propia población objetivo. No hay dudas que un joven escuchará más a un par entrenado como promotor de salud que a un anuncio institucional frío.
El camino, aunque difícil, es claro: debemos reconstruir la confianza, un bien público esencial. Como resume con lucidez un informe de la Sociedad Española de Salud Pública y Administración Sanitaria (Sespas) en 2022 sobre lecciones pandémicas: "La mayor lección que nos deja es que necesitamos menos portavoces políticos y más voces sanitarias, menos ruido mediático y más conversaciones comunitarias, menos certezas aparentes y más honestidad sobre lo que sabemos y desconocemos". Esto exige una comunicación de gestión sanitaria, inequívocamente separada de la coyuntura política, que priorice el diálogo con la comunidad y frene la desinformación profesionalizada. En un mundo de ruido digital, la comunicación en salud basada en ciencia y ética no es un complemento sino la intervención fundamental para recuperar la credibilidad y, con ella, la eficacia de todas las demás herramientas de salud pública.
* El autor es especialista en comunicación organizacional.