En ese punto, todo estalló: salió empapada, desnuda, jugando la última carta frente a todos los que allí estaban, en esa casa tan querida y ahora detonada por la locura y la ausencia que la innecesaria muerte había cavado allí, como quien olvida con desdén una trampa en un corredor oscuro. Caminó entre nosotros, que estábamos queriendo salvarla y salvar a quienes estaba lastimando. No era nadie para los demás: seis o siete policías que desde hacía horas, en una noche insoportable, trataban de calmarla, de pedirle que se dejara ayudar, de exigirle que cesara con la violencia. Era todo en vano, pero qué otra cosa podía hacer yo, el único que era alguien para ella en esa escena. Tan destructor había sido su desvarío (no el de este momento en el que nada podía ser peor, sino el acumulado por los años) que no quedaba un puente en pie. El mío había caído una y otra vez y, agotado, estuve a punto de no volver a cruzarlo de nuevo hacia ella. No iba a volver a hacerlo hasta que unos meses después la bomba reiniciara su conteo y estallase en un lugar también imposible, provocara nuevas heridas interiores con las esquirlas del descontrol. En ese momento no sabía que aún quedaban más capítulos en este drama destructivo.
Después de todo ese intenso y desolador suceso (viajes al hospital psiquiátrico, desdén de los médicos, familias destrozadas por el duelo y por esa usina productora de más daño), tocaba otra vez reconstruirse. Pero, qué difícil es cuando para sanar a veces haría falta no rehacer las relaciones, sino romperlas, desintoxicarse de todo el veneno ya recibido, evitar el contagio del dolor y honrar —incluso— con eso los otros daños, los que ya no podían repararse y se traducían en un castigo de años jamás redimidos y una tumba recién abierta.
A esa altura no sé si había modo de redención. Tampoco de venganza, tampoco de indulgencia. A mi oído Borges decía: “Yo no hablo de venganzas ni perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón”. Pero no estaba (ni estoy) seguro siquiera de que el olvido sea una voluntad para ejercer. ¿Cómo olvidarse de las heridas que aún están abiertas y lo estarán por siempre? ¿Cómo olvidar a los hacedores del daño si son, de alguna manera, un eslabón familiar? ¿Cómo, si tenemos asumida una ética personal que nos haría volver una y otra vez a tender la mano a quien muerde la mano? El olvido no era ético, sino apenas poético. No: el olvido tampoco iba a venir en mi ayuda.
Con escenas más o menos desoladoras que la del escándalo con agentes policiales, hospital psiquiátrico y llanto en vano, el año continuó sin solución hasta que otra explosión, como dije, provocó más destrozos meses más tarde. Esa vez al fin fue atrapado el torbellino, anestesiada la pulsión destructora, detenido el mecanismo destructivo y convertido en un delicado objeto al que hay que tratar con cuidado.
Sin embargo, de nuevo, a esas heridas, ¿cómo curarlas? ¿Cómo invocar al olvido? ¿Cómo traer a la realidad ese imposible que consistiría en borrar el error del daño ya hecho? Cuando somos dañados, esas preguntas nos acompañan como un tambor que ejecuta su ritmo implacable en el ánimo. No hay venganza, no hay perdón, no hay olvido, ya lo dijimos. Y no hay viajes en el tiempo (tan necesarios) para corregir, justamente, a tiempo, lo que ya no tenemos, lo que ya nos destruyó.
Como aquellos que pierden un miembro, o se dañan la espalda y conviven con las secuelas hasta el fin de los días, lo único que resta es el aprendizaje, a veces inaceptable, de la aceptación. Porque de otro modo caemos, irremediablemente, en un error duplicado, que es el de considerarnos culpables de haber recibido el daño, justo cuando más hay que rehacerse. Corremos el riesgo de ser eso que en un poema dice Liliana Lukin: “el daño que provoco en mi cuerpo / cuando tiene que sostener el follaje / a punto de caer”.
Si vamos a rehacernos, si vamos a hacer la prueba de convocar al olvido —la única venganza, el único perdón— tal vez habremos de saber, para empezar la faena, que esa llaga que quedó no puede devolverse al que la produjo. Y que si se pudiera, provocaríamos una nueva llaga que no quitaría esta que cicatriza con bordes negros en nuestra piel de adentro.
Eso es un buen comienzo. Después, quizás, la resignación la traiga la verdad, en la forma de un descubrimiento que nos haga ver nuestra propia herida, nuestro propio carácter de víctimas, con una mirada nueva. Y quizás nos crucemos al azar, cuando menos lo esperábamos y más lo necesitábamos, con esta cita de Cioran: “Las personas que nos han humillado, que nos han hecho daño, no nos guardan el menor rencor por ello; han olvidado la herida que nos han infligido”. Ese olvido, el que está del otro lado, es el que acaso precisábamos. Porque, de nuevo Cioran, “sólo las víctimas tienen memoria”.
* El autor es periodista y escritor. [email protected]