Javier Milei, el Cristóbal Colón de las Pampas

Javier Milei cree que Cristóbal Colón viajó a América en 1492 para traernos la civilización europea y acabar con la barbarie indígena. Por eso, en retribución, esta semana se disfrazó de Colón e hizo el viaje inverso, de América a España, para llevar al decadente continente europeo las ideas de civilización y libertad a fin de acabar con la barbarie comunista y musulmana. Aunque le fue bastante peor que a Colón.

El presidente Javier Milei partió hacia España el lunes 19 de octubre de 2026 (a las 23:10) y aterrizó en Madrid el martes 20 de octubre de 2026.

Una semana antes, el 12 de octubre, celebró en la Argentina el día en que España “descubrió” América, ya que eliminando todas esas denominaciones que él considera “wokes” y “comunistas” como “Día del Respeto a la Diversidad Cultural” o “Día del Encuentro entre Culturas”, la gestión Milei volvió a nombrar la fecha como “Día de la Raza” justificando oficialmente, este año, del siguiente modo el regreso al nombre anterior: “Colón se encontró con un mundo sumido en la barbarie y gracias a su liderazgo pudo establecer las primeras estructuras sociales y políticas fundamentadas en el derecho, la fe cristiana y los valores occidentales. De esta manera, promovió el orden y sentó las bases del progreso en el nuevo mundo y así la civilización prevaleció sobre el salvajismo”.

Con una lógica similar a esa antigualla por la que volvemos al perimido concepto de razas superiores e inferiores, cultas y bárbaras, obviando toda referencia a la integración cultural entre América y Europa que es la única síntesis histórica racional que se debe hacer hoy (sin caer en la estupidez de que esa es una cuestión de derechas o de izquierdas), el presidente Javier Milei decidió, 534 años y 1 semana después del 12 de octubre de 1492, realizar el viaje inverso. Porque ahora no se trató de los españoles descubriendo al nuevo mundo, sino de Javier Milei, quien, al modo de un revivido Cristóbal Colón, pero al revés, viajó al viejo mundo para intentar conquistarlo con sus ideas libertarias supuestamente civilizatorias frente a la decadencia indeclinable de una Europa woke copada por los musulmanes, según sus propias definiciones. Como diciendo: “Ahora los civilizados somos nosotros y los que cumplen el papel de los bárbaros indígenas aborígenes con que se encontró Colón, son los salvajes europeos, que, particularmente en España, la Madre Patria, son liderados ya no por los continuadores de la Reina Isabel la Católica sino por sus negadores absolutos, por los representantes del anticristo que tienen en el presidente Suárez a su expresión fundamental”.

A derrotar al anticristo y lograr que España retome el sendero de la cristiandad occidental con la que descubrió América, es que nuestro Colón de las Pampas desembarcó en las costas hispánicas, con idéntica misión salvífica y civilizatoria a la que hace poco más de medio milenio se propuso para con nuestros bárbaros pueblos originarios, el genovés al servicio de la corona española. Milei, esta semana, reencarnó literalmente en Colón. Y que se no se crea que estamos hablando metafóricamente, por el contrario, lo estamos haciendo literalmente. Estamos narrando hechos, no relatos. O cuando menos, todo aquello que pasó por la cabeza de Milei para efectuar tan ímprobo y fallido viaje.

Cuando hizo algo parecido en Brasil para ayudar a Flavio Bolsonaro en su lucha por imponer la libertad contra el demonio comunista de Lula, el candidato presidencial lo recibió con efusivos abrazos y le permitió insultar al presidente de ese país desde su propio escenario electoral con toda tranquilidad.

Pero en España no ocurrió eso. Porque no lo invitó nadie, ni sus amigos defensores de la libertad, ni los del PP ni los de Vox, ni tampoco el Rey. Es que ninguno de ellos quería que fuera porque todos lo consideran piantavotos en esta ocasión. Por lo tanto, su íntimo amigo de Vox, Santiago Abascal, se borró aduciendo “compromisos contraídos con anterioridad” y apenas se comunicó con él telefónicamente. El líder y candidato del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, no sólo se negó a recibirlo, sino que lo criticó públicamente por su lenguaje soez, afirmando que los españoles no están acostumbrados a tanta vulgaridad. Y conste que Milei viajó a la Madre Patria con la finalidad de apoyar la candidatura de ese hombre de la derecha contra la del actual presidente izquierdista Pedro Sánchez. Apenas lo recibió, por compromiso, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, con más pena que gloria.

Así, toda la decadente España rechazó el intento del nuevo Cristóbal Colón americano, de ayudarla a recuperar sus valores occidentales ilustrados. Las milenarias civilizaciones americanas aborígenes en 1492 trataron mucho mejor a Colón que lo que la civilización hispana trató a Milei, incluyendo hasta sus mejores amigos. Milei debió haber sentido el impulso de, como Sarmiento, gritarle a todos esos ingratos: “Bárbaros, las ideas no se matan”.

Lo cierto es que el presidente argentino no pudo evitar el papelón de no haber sido recibido por prácticamente nadie en el país donde no lo llamó nadie. Pese a haber intentado conquistar España con la misma logística, aunque modernizada, a la que usó Colón para iniciar la conquista americana. Porque en ese entonces las tres carabelas españolas representaban y fueron pagadas por la corona española, mientras que el avión con que Milei aterrizó en España fue el avión oficial, pero el viaje más que costearlo la corona argentina, lo pagaron todos los argentinos de a pie con sus impuestos, pese a que el presidente no llegó a España en su papel de tal sino de modo puramente personalísimo y proselitista. Es que, para el libertario, todo vale si de lo que se trata es de imponer las ideas de la libertad a fin de hacer que España y toda Europa en general no abandonen los valores de la cristiandad occidental con las que Colón vino en 1492 a América y que ahora Milei les intentó devolver desde América a Europa. Devolución que los ingratos “gallegos” no agradecieron.

Después de este verdadero papelón internacional, Javier Milei debería pensar hacer algunos ajustes en su política exterior porque eso de querer apropiarse de todos los triunfos de la derecha por el mundo tiene patas cortas. El presidente argentino es el efecto y no la causa de esta tendencia de época. Si gana Bolsonaro y pierde Lula, si gana el PP y pierde el PSOE, no se deberá en ninguno de los casos al proselitismo de Milei, aunque él pretenda adjudicarse los éxitos ajenos.

Nuestro presidente debería aprender del vicesecretario de Estado de Donald Trump, Christopher Landau, que dijo respecto al proyecto de ley argentino sobre la soberanía de las Malvinas (que busca sancionar a empresas que operen en las islas sin autorización de nuestro país) que: “Nosotros estamos, obviamente, viendo con interés los intereses de nuestras empresas. Es natural que cualquier país se preocupe por eso”.

Exactamente lo mismo que piensan los chilenos, que no tienen ningún problema en apoyarnos moralmente en nuestros reclamos soberanos sobre las Malvinas, pero que no están dispuestos a dejar de negociar absolutamente nada de lo que están negociando en su comercio con los kelpers por mera solidaridad con nosotros.

Es del todo cierto que el trumpismo adora a Milei. El embajador de Estados Unidos en Argentina, Peter Lamelas, condicionó el apoyo financiero y las inversiones de su país de cara al año electoral 2027 a que la Argentina mantenga un rumbo político "hacia la derecha, no hacia la izquierda" (dijo “derecha”, no Milei, por las dudas -hoy remotísimas pero no imposibles- de que el candidato de la derecha sea otro u otra).

El presidente Donald Trump y su secretario del tesoro, Scott Bessent, están embelesados con el gobierno argentino actual. Todo eso es verdad, pero para los trumpistas, como es lógico, su país es más importante que cualquier presidente extranjero, por más aliado suyo que sea. Eso es lo que no entendió Milei cuando Trump insinuó que con él Estados Unidos podría rever su apoyo tradicional hacia Inglaterra en el conflicto con Malvinas y, en una de esas, apoyar a la Argentina en su reclamo. Solo Milei (porque ni siquiera sus propios chupamedias son tan ilusos) se creyó tamaña tontería. Trump insinuó eso para apretar a Andy Burnham, el primer ministro del Reino Unido, quien con absoluta razón se negaba a apoyarlo materialmente en su loca guerra contra Irán. El apriete funcionó, Burham negoció con Trump y desde ese día el presidente norteamericano se olvidó completamente de que las Malvinas son argentinas.

Sin embargo, en el interín de la negociación entre Estados Unidos y Reino Unido, Javier Milei, al modo de un nuevo Ulises con el sitio de Troya (como nos explayamos extensamente en un artículo anterior) armó su propio sitio de Malvinas e intentó aislar económicamente a las Islas del mundo. La paradoja es que los primeros que se quejaron de eso fueron sus aliados, Estados Unidos y Chile porque la decisión argentina les afectaba sus negocios con los kelpers. Y entonces, de hecho, el sitio quedó roto. El de Ulises en Troya duró diez años y fue triunfal. El de Milei con Malvinas duró un par de semanas y va camino a ser un colosal fracaso.

Entre tanto, el ideólogo de este intento de recrear en términos no violentos la guerra galtierista de Malvinas, Santiago Caputo, en pleno delirio místico y psicótico, le reclamaba a todo Occidente que debía apoyarnos en la recuperación argentina de Malvinas porque Inglaterra ya había sido tomada por los musulmanes y que, por ende, si las Islas seguían en poder británico, se convertirían en un califato. Con lo cual nos queda la duda de si el asesor Caputo está rematadamente loco, o si cree que el loco es Milei y por eso dice tamaños disparates para quedar bien con él.

En fin, todas estas pavadas de creerse un Ulises o un Colón americanos y actuar en consecuencia, son propias de una política exterior que privilegia la ideología del que preside el gobierno de turno por sobre los intereses nacionales permanentes del país que conduce. Los trumpistas o los de Vox comparten ideológicamente casi todo con Milei, pero cuando éste cree que eso alcanzará para que renuncien a sus intereses nacionales por tales afinidades conceptuales, no está entendiendo nada de política en general y absolutamente nada de política exterior.

Fue precisamente un inglés, Lord Palmerston, quien el 1 de marzo de 1848 siendo entonces ministro de Asuntos Exteriores del Reino Unido, pronunció un célebre discurso ante la Cámara de los Comunes en el que declaró de manera textual: «No tenemos aliados eternos ni enemigos perpetuos. Nuestros intereses son eternos y perpetuos, y nuestra obligación es vigilarlos». A lo largo del tiempo, la frase se ha sintetizado de manera popular como "las naciones no tienen amigos ni enemigos permanentes, solo intereses permanentes".

Esa es la lección política básica que debería aprender Milei antes de creerse un moderno Ulises imaginando ilusamente que el emperador Trump lo ayudará a conquistar Malvinas, o un posmoderno Cristóbal Colón soñando con que podrá reeditar el 12 de octubre de 1492 porque se le metió en la cabeza que ahora los civilizados somos nosotros, los latinoamericanos, y que los bárbaros decadentes son los españoles y el resto de los europeos. Con esos delirios, ni sus amigos de España lo pueden apoyar como se acaba de demostrar esta semana.

En síntesis, personalizando lo que alguna vez nos dijo el gran pensador español José Ortega y Gasset a todos los argentinos, hoy podríamos decirle a nuestro presidente: “Milei, a las cosas”.

* El autor es sociólogo y periodista. [email protected]

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