Una interesante nota del economista Jorge Carrera analiza un cambio sustancial en los 12 países de América del Sur a partir de que Javier Milei llegó a la presidencia argentina. En ella nos informa que el 1 de diciembre de 2023, apenas 4 de los países de nuestro continente (Uruguay, Ecuador, Paraguay y Surinam) tenían gobiernos de centro derecha mientras que 7 (Argentina, Brasil, Colombia, Guyana, Perú, Bolivia y Chile) tenían gobiernos de centro izquierda, a los que se les debería agregar Venezuela, que también era de izquierda, pero no de centro, sino dura, autoritaria y fraudulenta.
Ahora, casi tres años después, en el caso bastante seguro de ganar Flavio Bolsonaro en segunda vuelta en Brasil, hay apenas 3 países con gobiernos de centro izquierda (Guyana, Uruguay y Surinam) mientras que los de derecha serían 9 si contamos a Venezuela que hoy es un protectorado trumpista (Brasil, Argentina, Colombia, Perú, Bolivia, Chile, Ecuador, Paraguay y Venezuela), con la característica que la mayoría de los nuevos que se fueron incorporando no son de centro derecha sino de derecha dura, cultural y políticamente muy influenciados por el regreso de Trump en 2025.
Sin embargo, aún más gráfico y significativo que este cambio drástico de signo ideológico en la mayoría de los países de América del Sur, es examinar la cantidad de habitantes del continente que están bajo unos gobiernos y cuáles bajo otros.
En términos redondeados, a fines de 2023 había 437 millones de habitantes en América del Sur y de ellos el 93,4% estaban conducidos por gobiernos de centro izquierda. Mientras que, a noviembre de 2026 con 442 millones de habitantes, los gobiernos de centro izquierda conducen apenas al 1,16% de toda la población de Sudamérica. Y el resto (o sea prácticamente todos) tienen presidentes de derecha, tendiendo cada vez más a la ultraderecha trumpista y menos al centro. Insistimos, esto sería así siempre que ganara Bolsonaro y considerando a Venezuela bajo la órbita trumpista, pese a que, salvo el descabezamiento de Maduro, siguen gobernando ese sufrido país todos los autoritarios fraudulentos y represores que estaban debajo de él. La única diferencia es que antes dependían políticamente de la Cuba de Fidel y ahora dependen de los Estados Unidos de Donald.
Con estos datos, con este panorama político e ideológico espectacularmente dado vuelta en apenas tres años, bien podría considerarse a América del Sur como el gran triunfo (y casi con toda seguridad, el único) de Donald Trump en su segunda presidencia. Y a Javier Milei como el adelantado y gran inspirador de tan impresionante viraje.
Es por eso que no son de ocasión, sino altamente importantes las recientes palabras de Scott Bessent, secretario del tesoro de Estados Unidos, cuando luego de las elecciones de Brasil, frente a una pregunta de si volverían a poner a disposición del gobierno de Milei todos los recursos económicos y políticos necesarios para que gane las elecciones de 2027 como hicieron en las de 2025, respondió textualmente: “Yo diría que la estabilización de la Argentina produjo un cambio profundo en América Latina, algo generacional o quizá por primera vez en la historia: nunca habíamos tenido tantos países latinoamericanos aliados con Estados Unidos. ¿Podríamos volver a hacerlo? Claro”.
O sea, así como Trump se atribuye prácticamente a sí mismo casi todo el mérito de que Milei ganara las elecciones legislativas del año pasado (frente a un Milei disimuladamente celosísimo con su jefe político imperial, porque cree que las ganaron él y su hermana y que el presidente norteamericano fue apenas una ayuda más), hoy, Bessent le reconoce a Milei que se ha transformado en la pieza central de Trump en la titánica misión de haber convertido prácticamente toda América del Sur en dominio trumpista, o cuando menos ideológicamente de una afinidad extraordinaria. Y no mediante dictaduras sino a través de elecciones limpias, excepto ese singular caso de Venezuela, donde allí nada tiene que ver Milei y todo tiene que ver Trump, quien hizo con el gobierno chavista algo que parecía inimaginable: lo trumpizó enteramente con el solo hecho de descabezar al régimen secuestrando en forma casi incruenta a su presidente Nicolás Maduro, pero dejando en sus cargos a la totalidad de los jefes chavistas, civiles y militares. Manteniendo la dictadura entera. Y decimos que lo trumpizó porque al principio parecía que el interés del presidente norteamericano sería llamar a elecciones sin fraude, lo cual lo enaltecería. No obstante, lo que viene haciendo Trump desde el secuestro de Maduro a principios de este año es tratar como a su delegada imperial a la chavista y represora Delcy Rodríguez, cubriéndola de mimos y apoyos de todo tipo, a la vez que ignora, desprecia y/o minimiza a María Corina Machado, la venezolana liberal y democrática (ganadora además del Premio Nobel de la Paz 2025, el cual Trump quería para él) que triunfaría rotundamente en las elecciones de su país si se convocara a las mismas. Pero para Trump, como para el régimen dictatorial al que hizo suyo pero mantuvo intacto, las urnas están bien guardadas.
Así, la venezolana Delcy Rodríguez devino una criatura modélica del trumpismo en América del Sur. La que está demostrando que lo importante para un autoritario no es ser ni de izquierda ni de derecha, sino simplemente ser autoritario. Tengas que obedecer a presidentes autoritarios como Chávez o Maduro, o -lo mismo da- como Trump.
A Javier Milei y a Delcy Rodríguez, los dos trumpitos más eminentes de América del Sur, aunque por razones muy diversas, si todo sigue según lo previsto, se les agregará Flavio Bolsonaro, el hijo de un golpista debidamente juzgado y encarcelado, al que no se lo debería criticar en tanto hijo sino porque prometió indultar al padre criminal. Lo que, de concretarse, lo hará cómplice del delincuente.
Lo cierto es que, con la proliferación de los trumpitos, América Latina se ha convertido, para Donald Trump, en su tierra liberada, su lugar en el mundo, donde todo le es posible y favorable (incluso más que dentro de su propio país). Algo que posiblemente ni siquiera él mismo esperaba al asumir (aunque hay que reconocer que desde que volvió a la presidencia trabajó para ello y por lo visto no lo hizo tan mal) porque sus grandes objetivos internacionales eran muy otros, según sus propias promesas: acabar en menos que canta un gallo con dos guerras, la de Israel-Hamas y la de Rusia-Ucrania. Pero le salió todo exactamente al revés: en vez de terminar con dos guerras, inició una nueva al querer hacer con Irán lo mismo que hizo con Venezuela, descabezando a sus principales dirigentes para ponerse él al frente del país. Pero en este caso le fue horrible y hoy se ha metido en un enredo colosal del cual le será muy difícil salir airoso porque todo indica que la guerra que inició no la podrá ganar, pero tampoco se puede retirar porque la humillación que habría de sufrir sería insoportable tanto para su ego como para sus ambiciones. Y fortalecería en vez de debilitar al autoritario régimen teocrático iraní. Con lo cual el fracaso internacional de Trump sería absoluto, por más que se convierta en amo y señor de América del Sur.
Sin embargo, en lo que a nosotros compete, hay que reconocer que, de eterno menospreciado patio trasero de Estados Unidos, hoy América del Sur es la única región en el mundo donde a Trump le está yendo bien porque es el primero de los presidentes norteamericanos que se interesa en serio por ella, tanto que hasta está pariendo casi todos los días un hijito nuevo.
Lo que está por verse es de si ese avance inmenso del trumpismo en América del Sur será positivo para nuestros países, porque no es que sean los Estados Unidos los que han definido institucionalmente una relación estratégica nueva de colaboración permanente con nuestro continente, sino mera y personalmente su actual presidente y solo con los gobiernos que se le inclinan sumisos. O sea que estamos hablando de pan para hoy e ignoramos si será pan o hambre para mañana.
No obstante, para el presidente Javier Milei, hoy son todas mieles en lo que se refiere a su relación con el mundo, gracias a su alianza con Trump. En un momento en que está por demás preocupado debido a la frágil situación interna de la Argentina (y no tanto en lo que se refiere a la política, sino a lo que supuestamente es su fuerte: la economía), se siente una especie de super héroe de la humanidad. Nada menos que el profeta que se adelantó a la llegada del Trump que lo erigiría en su hombre principal en América del Sur al haber sido el factor fundamental para que todo un continente, dominado hasta su llegada a fines de 2023, casi enteramente por los rojos y sucios comunistas, hoy haya pegado un giro de 180 grados y cada tres o cuatro meses un nuevo trumpito, un nuevo hijito del presidente norteamericano se fuera quedando con la conducción de un país sudamericano. Hasta llegar a fines de 2026 donde ya casi no queda más territorio para ganar. Por eso, como hace varias décadas decía el patriarca de los Campanelli en la tevé argentina: “No hay nada más lindo que la familia unida”.
Y en lo que hace a lo estrictamente argentino, para Milei, el trumpito mayor, el futuro vuelve a cubrirse de esperanzas: o bien porque se reactive la economía hoy bastante desvencijada del país y entonces su reelección sea apenas un paseo. O bien porque, aunque no se mejore la economía, Trump haga lo que prometió Scott Bessent y pongan otra vez enteramente el tesoro de los Estados Unidos a disposición de Milei en las elecciones de 2027 como hicieron en las de 2025. Al fin y al cabo, nunca está de más tener un amigo americano multimillonario. Y aún mejor si ese amigo es aparte jefe y padre del potencialmente reelegible.
En síntesis, ¿qué puede salir mal para el trumpito más querido por Trump?, afecto filial merecidamente ganado porque si bien es cierto que el presidente norteamericano hace todo lo que puede para ayudar al presidente argentino, más cierto aún es que Javier Milei ha hecho por Donald Trump mucho, muchísimo más.
* El autor es sociólogo y periodista. [email protected]