El 2026 inició con estelas de un fin de año agitado, antesala de las elecciones desdobladas de febrero en seis municipios, pero también, la reconfiguración del escenario político con proyección -incluso- hasta 2027.
Los sectores más clásicos del peronismo mendocino parecen haber caído en la cuenta que -efectivamente- el “riesgo kuka” existe y que tal vez, un turno electoral acotado y minimizado como el que viene es la perfecta ocasión para dejarlo atrás ¿definitivamente?
El 2026 inició con estelas de un fin de año agitado, antesala de las elecciones desdobladas de febrero en seis municipios, pero también, la reconfiguración del escenario político con proyección -incluso- hasta 2027.
La exposición pública de las diferencias entre La Cámpora y los intendentes abre un proceso de insospechadas consecuencias en el Partido Justicialista (PJ), así como el retorno del Pro al consorcio cornejista. En cada caso primaron razones de diversa índole: un marcado ideologismo en la disputa peronista; un exacerbado pragmatismo en la marcha atrás del demarchismo.
Cada uno a su modo utiliza un puñado de comicios distritales como los del mes próximo, de escaso interés más allá de los propios límites comunales, para dar señales que exceden el juego contable de un concejal más o menos. No hay dudas de que estamos frente al desperezamiento de los relegados, aquellos que no tienen tiempo que perder y cuya quietud podría postergarlos aún más.
Si bien el virtual quiebre del peronismo se palpó a lo largo del 2025, el estallido producido en el cierre de alianzas de diciembre se transformó en la escalada de una fractura expuesta. De ambos bandos no aflojan las tensiones y el cruce de declaraciones en off y en on confirman que -efectivamente- algo se rompió. Y que a esta altura de los acontecimientos no hay ánimo de reconstrucción, al menos en el corto plazo.
La embestida de impugnaciones por la denominación de estudiantina con la que el kirchnerismo se presentó ante la Justicia para competir echó por tierra aquel Manso Frente Mendocino con el que los seguidores de la senadora nacional Anabel Fernández Sagasti querían usar como plataforma electoral.
Primero fue Cambia Mendoza (CM) que consideró que hacía referencia a la campaña de promoción turística provincial, aquella del “manso destino” en la voz e imagen magnética de Mike Amigorena. Luego, desde el propio PJ cuando destronada la picardía, el nombre mutó a Fuerza Patria, lo que despertó la ira de Emir Félix y una nueva observación pues invitaba a la confusión con Fuerza Justicialista (FJ), la última denominación peronista aquí. Finalmente, los camporistas competirían como Frente Patria (FP).
Como se ha dicho, las fricciones al interior del universo pero-kirchnerista no son nuevas ni exclusivas de Mendoza. Responden a una disputa nacional que pone en tela de juicio el liderazgo de la ex presidenta condenada por corrupción, Cristina Fernández, quien mal que le pese a propios y extraños, todavía no tiene una clara (ni diferenciada) sucesión.
Por lo pronto, los sectores más clásicos del peronismo mendocino parecen haber caído en la cuenta que -efectivamente- el “riesgo kuka” existe y que tal vez, un turno electoral acotado y minimizado como el que viene es la perfecta ocasión para dejarlo atrás ¿definitivamente?
Las forzadas celebraciones de la vuelta sobre sus pasos del Pro al anunciar su incorporación al exitoso acuerdo que conforman La Libertad Avanza (LLA) y los radicales dejó más tela para cortar en las entrelíneas de declaraciones y posicionamientos de ocasión.
Quedó claro que a Alfredo Cornejo sólo le interesaba Luján de Cuyo y su intendente Esteban Allasino. Y que los macristas locales que reportan a Omar De Marchi sólo deseaban estar en línea con la construcción de Javier Milei. De hecho, repasando el comunicado oficial del Pro, ni siquiera se menciona al gobernador, pero sí el liderazgo del presidente. En síntesis, los demarchistas siguen desconociendo la conducción de Cornejo, pero se allanan a la de Milei. Aclaran, parafraseando, que suben a un auto al volante del hombre de la motosierra, que en todo caso, tiene un copiloto local.
Tras una rápida autocrítica por los serios errores de los últimos dos años, el Pro asemeja las transformaciones nacionales a la probada gestión lujanina. Dicen que el reclamo social en el país y en Mendoza es de “transformación, sí, pero también velocidad”. Todo un mensaje de velado cuestionamiento para la administración provincial sobre que “el cambio no sólo es posible, sino que puede hacerse más rápido y con resultados concretos”.
Los amarillos meten presión en 2026 sobre un eje de campaña del 2023, ese que unía a De Marchi con Omar Parisi (y hasta Luis Petri en las PASO) cuando insistían en la supuesta parálisis de una Mendoza a la que había que volver a poner en marcha.
Si bien el cornejismo nunca aceptó ese diagnóstico en público, es cierto que algunas cosas han cambiado desde entonces: el múltiple plan de obras de diversa índole en todo el territorio con los fondos del resarcimiento por la Promoción Industrial y la posterior caída de Portezuelo del Viento tiene la capacidad de hacer rodar un motor con síntomas de estancamiento como consecuencia de la macroeconomía o las decisiones vernáculas (lo que se elija culpar). Además, la minería puede ser en breve otro impulsor capaz de sincronizar los tiempos y demandas de la política con las necesidades del desarrollo.
Tal vez más allá de la velocidad del cambio, lo que sea urgente es más voluntades empujando en la misma dirección. Y desde allí, el encarrilamiento del Pro es un objetivo del oficialismo que también se puede dar por cumplido.
Camporistas y demarchistas, desde extremos doctrinarios, se activaron en el cierre del año para evitar una dilución impostergable si no mediaba una rápida reacción de su parte. Fue un chispazo. Apenas un impulso, un reflejo entre la supervivencia y la convicción, casi una tenue señal de vida. La mínima que les asegure mantener latentes sus aún módicas expectativas de futuro.
* El autor es periodista y profesor universitario.