Enseñanzas y (no) aprendizajes de 50 años del Día Mundial del Medio Ambiente

Frente a esta realidad, la mejor alternativa pasa por transformar la urgencia y la desesperación en acciones y políticas concretas en materia ambiental.

Enseñanzas y (no) aprendizajes de 50 años del Día Mundial del Medio Ambiente
Imagen ilustrativa / Gentileza

Hace medio siglo que la comunidad internacional formalizó la protección del Día Mundial del Medio Ambiente, en la Conferencia sobre Medio Humano de Estocolmo del 5 de junio de 1972. En dicha ocasión se sentaron las bases de la agenda ambiental. En medio siglo hemos aprendido (¿?) sobre el ambiente, hemos construido herramientas, conceptos, acuerdos, políticas públicas y medidas, entre otros. Hoy en día a todos nos resulta familiar el concepto de sostenibilidad o sustentabilidad (en su variante latinoamericana) y, entre las principales preocupaciones de muchos, aparece el cambio climático, la pérdida de biodiversidad o la contaminación, las cuales se filtran entre las siempre presentes de nuestra realidad nacional (inflación, inseguridad).

No obstante, más allá de los avances y de las lecciones aprendidas, impera la percepción de que el estado del ambiente, a 50 años de ese primer hito, más que mejorar, ha empeorado. Esta sensación de deterioro y urgencia se esgrime como una realidad asentada sobre las innumerables evidencias científicas, las cuales se han incrementado en los últimos años. Al alarmante reporte sobre la pérdida de biodiversidad global de la Plataforma Intergubernamental Científico-normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios Ecosistémicos (IPBES) de 2019, se suman en meses recientes los del Grupo de Trabajo 2 (WGII) del Panel Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC). En su reporte Cambio Climático 2022: impactos, adaptación y vulnerabilidad sostiene que en todos los sectores y regiones se observa que las personas y los sistemas más vulnerables se ven afectados de manera desproporcionada y los extremos climáticos han provocado algunos impactos irreversibles a medida que los sistemas naturales y humanos se ven empujados más allá de su capacidad de adaptación. Los países en desarrollo se ven particularmente afectados, existiendo en el caso de América Latina una alta vulnerabilidad y, por lo tanto, un elevado nivel de confianza en que, producto de los fenómenos meteorológicos y climáticos extremos como inundaciones y sequías, se enfrenta un aumento de la inseguridad hídrica, inseguridad alimentaria y desnutrición, entre otros riesgos. Hacia el futuro y, particularmente, bajo un escenario donde no se dé cumplimiento a la meta de 2 grados del Acuerdo de París, la región enfrenta una profundización de estos y otros riesgos, tales como las enfermedades transmitidas por vectores.

Esta situación se debe, en parte, a la complejidad de las problemáticas ambientales, entrecruzadas por aspectos sociales, económicos, político - administrativos y ecosistémicos. Esta multidimensionalidad se complejiza ante la necesidad de articular sectores y niveles de acción.

Frente a esta realidad, la mejor alternativa pasa por transformar la urgencia y la desesperación en acciones y políticas concretas en materia ambiental con la ambición suficiente para articular niveles, sectores y actores sociales educados en el que supone uno de los grandes desafíos de la humanidad: la redefinición de la vinculación entre el hombre y su soporte natural.

La coyuntura de la crisis sanitaria - ambiental global de los últimos dos años, sigue exhortando a reflexionar sobre nuestra vinculación con los ecosistemas en el sentido de enfermedades infecciosas que se transmiten de forma natural de los animales a los seres humanos. De acuerdo al IPBES, entre 631.000 y 827.000 de virus desconocidos en la naturaleza aún podrían infectar a las personas. Las pandemias en el futuro surgirán con más frecuencia, se propagarán más rápidamente, tendrán mayor impacto en la economía mundial y podrían matar a más personas que la COVID-19.

Resulta claro y enormemente penoso, que los desafíos de la agenda internacional postpandémica, a 50 años de Estocolmo, continúa sumida en la deforestación, el alto consumo de combustibles fósiles, el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y de glaciares, los desplazados ambientales, las consecuencias ambientales de conflictos armados, la competencia por la posesión de recursos naturales, la contaminación de aguas, la inseguridad alimentaria; denotando esfuerzos y responsabilidades evidentemente escasos.

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