4 de diciembre de 2025 - 00:00

Elogio de la competencia

Para que haya competencia justa no sólo es imprescindible la observación de reglas claras, sino también algo que en nuestro país parece haberse en buena medida perdido: la igualdad o -mejor- homogeneidad de condiciones. Ese mismo punto de partida inicial de los competidores, décadas pasadas se encontraba claramente posibilitado por aquella maravillosa fábrica de homogeneidad social argentina que es la educación.

Hay una pregunta recurrente entre la gente que cree todavía en el bien común de este país, y es cuál podría ser aquel resorte adecuado para activar el impulso de un crecimiento colectivo nuestro.

Hace poco hubo en la Universidad de Mendoza un Congreso sobre cómo enseñar la cuestión de las Malvinas, en el que se concluía que esa era la causa más común a todos los partidos y facciones de esta bendita nación. Con todos mis respetos del caso, como causa real, la veo insuficiente. Por un motivo fundamental: su irrealidad utópica y, por lo mismo, su carácter estático, esto es, su falta de recursos para imprimir dinamismo en el obrar efectivo. Como principio de acción, una idea tiene que tener la claridad suficiente para mover a su realización. Puede que las Malvinas movilicen mucho y a muchas personas, pero me temo que ello sólo sea capaz de quedarse en el plano de los sentimientos.

Antes que la causa bélica literal, lo que demuestra una y otra vez ser factor de cohesión entre nosotros, es la causa bélica en sentido figurado: las batallas deportivas, en sus múltiples variantes. Si hay algo que revela poder unirnos es la gloria con la que todos estamos dispuestos a morir en el fútbol, basket, voley, hockey, tenis y, con particular vehemencia, en el rugby. Esto se volvió a constatar pocas semanas atrás, cuando los Pumas derrotaron heroicamente a Escocia, tras dar el partido un vuelco inesperado.

Cada vez que se presenta este tipo de «eucatástrofe» (término acuñado por J.R.R. Tolkien para indicar el giro positivo, repentino e inesperado, de los acontecimientos en una situación desesperada), todos los argentinos, más allá de los colores del club o partido que apoye, somos capaces de unirnos en un simbólico abrazo de autoconfianza colectiva, para mirarnos a los ojos y decirnos, como rezaba aquel slogan de campaña: “sí se puede”.

Con todo, no me interesa ahora ahondar en esta necesaria faceta de articulación grupal, sino en otro que, en general, se proclama mucho de la boca para afuera, siendo incierta la habitualidad de su práctica. Me refiero al factor competitivo. Los Pumas tuvieron la pericia para levantar aquel duro match en Murrayfield, en buena medida por su prolongada participación en los últimos años en la competencia al más alto nivel, que los hizo más resistentes a la adversidad.

Para ser real, la competencia ha de estar signada por la libertad, es decir, no puede tener determinado de antemano el resultado. Esto no sucedería si uno siempre gana, como aquellas empresas que lo hacen por contar de forma dudosa con situación de privilegio en las búsquedas de internet. Ya podemos estar seguros de que no compiten realmente. Y otro tanto puede decirse de aquellos que siempre pierden, como sucede en muchos casos en las universidades nacionales con los concursos docentes amañados, donde ya puede venir a presentarse Albert Einstein, que igual va a perder. Competir supone la posibilidad real de ganar o perder en base al respeto efectivo de reglas de juego justas.

Ahora bien, para que haya competencia justa (fair play, en términos deportivos), no sólo es imprescindible la observación de reglas claras, sino también algo que en nuestro país parece haberse en buena medida perdido -tal como se lamenta en nuestros días, tras toda una vida de reflexión, el sociólogo Juan Carlos Torre, en un artículo publicado en la revista Prismas, N° 29 (2025)-, y es la igualdad o -mejor- homogeneidad de condiciones. Sin una suficiente homogeneidad social, económica, cultural y educativa, ya podremos contar con un impecable aparato legal, que la competencia igualmente no tendrá lugar. Toda competencia necesita no sólo de un marco jurídico, sino de un campo donde los sujetos actuantes hablen el mismo lenguaje, para señalarlo con Wittgenstein. El jugador de rugby argentino, salido de Bermejo o Carrodilla, maneja el mismo juego del lenguaje que uno surgido en Sidney, Montpellier o Bath.

Ese mismo punto de partida inicial de los competidores, décadas pasadas se encontraba claramente posibilitado por aquella maravillosa fábrica de homogeneidad social argentina que es la educación escolar y superior -sobre todo la pública, pero también la privada-. Aceptando que hoy el papel de este factor principal de igualación está muy debilitado, ¿dónde encontraremos el “impulso igualitario”, como lo llama Torre, para nuestro crecimiento social? No creo que sea de una sinceridad despiadada reconocer que el problema es que la sociedad argentina de nuestros días, en realidad, ya no tiene como ideal colectivo avivar impulso igualitario alguno. O mejor dicho, que incluso vamos camino a no tener ideal colectivo alguno.

Pero la competencia no hace falta que sea un ideal, porque igualmente será una realidad. San Pablo una vez dijo: “el que no quiera trabajar, que no coma”. De modo semejante, el que no quiera competir, no sólo no será digno de ser tenido en cuenta en el equipo, sino que será obligado a trabajar en el equipo de otro, de aguatero o camillero. Y, ciertamente, a algunos parece no importarles demasiado que, en una competencia feroz y desbocada, favorecida por no tomar los recaudos necesarios de cultivar entre los agentes aquellas condiciones que los ponen en carrera, la idiosincrasia argentina desparezca, cual condimento prescindible, susceptible de ser echado al tacho. Gracias a Dios siempre tendremos a alguna leona, algún puma, o algún gladiador que les recuerde a esos desconsiderados: oh juremos con gloria morir.

* El autor es investigador del INCIHUSA/CONICET.

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