Los liderazgos viles envilecen a sus seguidores, del mismo modo que los liderazgos criminales criminalizan a la parte de la sociedad que los apoya. Por eso en los años de la Argentina sombría que comenzó hace exactamente medio siglo, la frase que retumbaba en los barrios y en muchos hogares era desoladora: “en algo habrá andado”.
Esa sentencia de tanta gente implicaba complicidad con los atrocidades que cometía la dictadura y dejaba a la intemperie la ausencia de cultura democrática.
La incultura jurídica e institucional ya era visible. Buena parte de la dirigencia democrática aceptaba un golpe de Estado como solución frente a un gobierno fracasado. Pero la dictadura que iniciaron el general Videla, el almirante Masera y el brigadier Agosti implicó tocar fondo porque causó la mayor tragedia de la historia al hacer cómplice de sus aberrantes crímenes a parte de la sociedad.
La tragedia sumó un crimen más y otra postal de la vergüenza nacional: la Plaza de Mayo colmada aclamando la operación militar ordenada por Galtieri en Malvinas. El último crimen de la dictadura fue enviar miles de jóvenes pobremente pertrechados y sin el adiestramiento necesario, para una aventura negligente. A pesar de la razón histórica y geográfica que asiste a la Argentina, aquel régimen actuaba en defensa propia frente a las protestas que se multiplicaban.
Cuando un Falcon verde se llevaba encapuchado a un vecino, aún sabiendo que no era una detención sino un secuestro, siempre había una voz diciendo “en algo habrá andado”. Otro paso en la degradación que causó al país aquel momento oscuro.
La dictadura fue el desenfreno de la crueldad. Había que remontarse a las guerras decimonónicas entre facciones para encontrar tanta saña. El ejército se criminalizó al responder con secuestros, torturas, violaciones, robo de bebés, asesinatos y desapariciones a los crímenes cometidos por organizaciones armadas.
Perón regresó con la intención de promover la unidad nacional junto con viejos adversarios, como Balbín, pero el Frankenstein que había creado para combatir a los anteriores regímenes militares ya no le respondía.
Debido a que se trataba de regímenes militares, los crímenes de las agrupaciones armadas tuvieron algún marco entendible, incluido el asesinato de Aramburu por el golpe y los fusilamientos que había ejecutado. Pero perdieron toda lógica cuando continuaron matando a pesar de que Perón estaba de vuelta.
Ese Perón que se abrazó con Balbín estaba demasiado viejo y enfermo para controlar las tempestades en las que se habían convertido los vientos que sembró contra los regímenes militares.
El asesinato de Rucci fue la forma criminal de avisarle a quien los había creado que debía obedecerles. Y la reacción del líder fue dejar que personajes deleznables como López Rega armaran a la ultraderecha peronista para que extermine a la ultraizquierda peronista.
El baldío político que dejó la muerte del general Perón, el desgobierno de su negligente viuda, el oscurantismo de López Rega y la ausencia de una oposición capaz de buscar el reemplazo de ese gobierno fallido mediante instrumentos institucionales, sumado a la violencia mesiánica de los grupos armados, abrieron las puertas del infierno.
Lo que vino fue siniestro. La dictadura de Videla lanzando chacales a saciar sus instintos retorcidos secuestrando, violando, torturando, asesinando y haciendo desaparecer cadáveres.
El desenfreno de la crueldad imperó durante el sexenio más sangriento del siglo 20. Fue alentador que se recuperara la democracia de la mano de Alfonsín, quien generó cultura de la juridicidad y de los Derechos Humanos. Hubo un retroceso cuando Menem indultó a los criminales que, aunque salvando las diferencias entre terroristas de Estado y simples terroristas, había en ambos bandos. Néstor Kirchner dio un paso positivo al anular los indultos a los militares, pero también un paso negativo: mantener los indultos a los crímenes de las organizaciones armadas. Y a renglón seguido, bastardeó la universalidad de los DD.HH. al convertir a Madres, Abuelas e Hijos, en brazos del kirchnerismo.
El uso político de esas entidades fue señal de que la más cruel de las dictaduras logró que el pueblo aprendiera que los militares no deben gobernar, pero también que la cultura democrática siguió siendo muy débil. Algo que sigue presente hoy, con un presidente que reivindica aquella dictadura, conduce con ideologismos extremos el país, fomenta el odio político y postula la crueldad social como fórmula para el desarrollo.
Por eso en el actual oficialismo hay muchas voces que, sobre las víctimas de aquella atroz dictadura, murmuran sin avergonzarse “en algo habrá andado”.
* El autor es politólogo y periodista.