El arte de la traición

Una analogía donde se contraponen las ideas del científico John Nash acerca de la cooperación humana y las prácticas del presidente Donald Trump, político que ha hecho de la traición un arte. Sabemos que el mundo no es un rosedal. Pero había reglas, diálogo, vergüenza. Cuando desaparecen, lo que queda no es la libertad, sino la posverdad. El todos contra todos. El engaño.

Hay algo profundamente inquietante en la celebración del engaño. No me refiero al engaño piadoso de un amante furtivo o un niño que esconde una mala nota, sino a ese otro, el que se ejerce desde el poder con la impunidad de quien sabe que no habrá consecuencias. O peor: de quien cree que no las habrá.

John Nash (foto), el matemático cuya mente brillante navegó entre la genialidad y la locura, nos legó una verdad incómoda. Recibió el Nobel por describir un equilibrio matemático que Alejandro Dumas intuía en El Conde de Montecristo: que la civilización es un equilibrio frágil, sostenido por la cooperación tácita de millones de personas que han decidido, sin saberlo, no traicionarse mutuamente.

El dilema del prisionero, ese experimento mental que tanto nos fascina a los economistas, puede leerse como una parábola moral. Dos acusados, incomunicados, deben elegir entre callar o delatar. Si ambos callan, ambos ganan. Si uno delata mientras el otro calla, el traidor obtiene la libertad y el leal, la condena máxima. Si ambos delatan, ambos pierden.

La tentación de la traición es comprensible. Mientras los demás sigan jugando limpio, el tramposo cosecha todas las ganancias. Puede violar las leyes de la guerra y presentarlo como astucia estratégica. Puede engañar a sus aliados y llamarlo negociación. Puede ignorar las cortes y celebrarlo como soberanía recuperada. A corto plazo, funciona. Los titulares se multiplican, los seguidores festejan, Wall Street rompe récords.

Pero la teoría también profetiza lo que viene después. Cuando un jugador traiciona sistemáticamente, los demás aprenden. Dejan de cooperar. Adoptan la misma estrategia. Ojo por ojo, como en el código de Hammurabi y las venganzas sicilianas.

Quien observe hoy a Washington verá este patrón. Una administración que deportó a cientos de inmigrantes a una prisión salvadoreña sin debido proceso, en lo que un juez federal describió como "clara contravención de sus derechos constitucionales." Que ordenó ataques militares contra embarcaciones en el Caribe matando a más de 60 personas que expertos de Naciones Unidas calificaron de "ejecuciones extrajudiciales”. Cuyos fiscales presentaron ante los tribunales declaraciones que un juez designado por la propia administración calificó de “evasivas y demostrablemente falsas" Que abandonó el Acuerdo de París, la OMSE, y ahora la Convención sobre Cambio Climático, el primer país en dejar el tratado fundacional de cooperación climática. No es un vicio exclusivo de una bandera. Pero cuando el país que diseñó el orden internacional de posguerra lo rompe, el estruendo es mayor.

No se trata de ingenuidad. Sabemos que el mundo no es un rosedal. Pero había reglas, diálogo, vergüenza. Cuando desaparecen, lo que queda no es la libertad, sino la posverdad. El todos contra todos. El engaño.

Nash murió en un accidente de tránsito, con su esposa, cuando volvía de recibir el Premio Abel, a menudo descrito como el “Premio Nobel de Matemáticas”. La vida tiene estas ironías. Pero su legado intelectual permanece como advertencia: en el juego de la traición generalizada, no hay ganadores. Solo perdedores: los que lo saben y los que lo ignoran.

* El autor es doctor en Economía.

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